Recomendaciones en Delicious · Agenda de exposiciones en Facebook
Arterego es un magazine quincenal con actitud. La nuestra.
Un tema, tres interpretaciones.
El resto, aquí.

Biolay se bebe la soberbia {Nº24 Decadencia}

“No fui yo quien te perdió a ti”, debería cantar Benjamin Biolay si esa letra existiera realmente. Porque aunque su último disco (doble) nace de las cenizas de su relación con Chiara Mastroianni (búsquenla, espléndida, en las campañas de APC de primavera y verano), es un ejemplo magnífico de soberbia bien entendida. Si el talento se pone delante, sólo toca sentarse a admirar. Y tragar lágrimas por no haber sido tú o no haber estado junto a él.

Puede que su disco sea un Robert Smith en toda regla; el cantante de The Cure reconoció tras Disintegration que él compone mejor sobre la tristeza cuando está feliz porque así se tiene la cabeza (enmarañada) mucho más fría. Quién sabe si el desamor -más interesante que las cenas y los cines cuando todo va bien, sin duda- de Biolay no ha sido el empujón perfecto hacia su grandeza luminosa.

Biolay no sólo canta mejor en directo que en sus grabaciones, sino que es perfectamente comprensible que un tipo así se joda a Carla Bruni cuando le apetezca. En Murcia, una de sus paradas de su reciente gira española, lució impecable de negro espigado; con todo lo bueno de la nouvelle chanson y el flequillo por detrás de las orejas mientras cogía la segunda copa de vino a lo Gainsbourg. Llama la atención verle entrar al escenario desde un lateral mientras su banda comienza a hacer sonar los primeros acordes de Pour écrire un seul vers.

Una banda impecable de seis músicos que tocan de todo, con un bateria que tiene una baqueta con eslabones de cadena en la punta y una chica con arpa (Audrey Blanchet) que canta y toca el cello si es necesario. Músicos del mundo, pongan una joven con arpa y botas de cuero hasta las rodillas en sus giras. Por favor. Le apoyó compartiendo versos en el cierre Brandt Rhapsody y lució solvencia durante las más de dos horas anteriores.

biolaydentro

Biolay intentó animar al público en un concierto a medio camino entre el éxtasis saltarín y la devoción de cámara, la que obliga al respetable a mantenerse en su asiento. Con arsenal tremendo: Cerfs volants, A L’Origine, Qu’est que ça peut faire, o, incluso, el Jardin d’hiver que compuso para Henri Salvador (respeto). Aunque el grueso de la selección salía de La Superbe; Padam, L’espoir fait vivre, Tout ça me tourmente, Prenons le large

Por encima de todas, quizás, Ton heritage, canción para su niño, y la larga La Superbe, que sonó espléndida y grandilocuente (a pesar de las cuerdas pregrabadas y un extraño acople de sonido); una sólo al piano, otra con toda la dinamita en los altavoces. Salió dos veces a saludar cuando ni siquiera debería; él es grande, reconocido. Pero necesita el aplauso. Serán cosas de la decadencia.

Porque el principio de la debilidad siempre es reconocerla. Y Biolay no duda en decir que sigue queriendo a su chica. Que no ha olvidado, que las noches no callan. Y se viste de media etiqueta para cantarle que ha sido un no, pero casi. Que sólo faltó que uno de los dos también amara. Con la cabeza alta, volviendo a por más burdeos a backstage; pero dolido. La decadencia es una canción en francés. Y una tentación. Ya lo decía Santo Tomás, todos nos sentimos extrañamente atraídos hacia el fracaso.

Fdo. Daniel Borrás

Moda y lecturas para hombres {Nº23 Normas}

Preface

Reglas no escritas: si eres hombre y te gusta la moda eres gay; si eres hombre y te gusta la moda irás disfrazado por la calle; si eres hombre y te gusta la moda es muy probable que en algún momento te vistas de mujer o uses alguna prenda femenina. Y yo me cago en las reglas no escritas, en las Clubmaster y en los escaparatistas con ínfulas y pitillos rojos. Ser hombre es otra cosa; negaré haber dicho que Scott Schuman hizo algo importante pero vaya, quizás sí lo hiciera: por una vez retrató a hombres que entendían la moda como cuidado y elegancia, a aquellos que buscaban el detalle, a catrines urbanos con entradas que se peinan hacia atrás y llevan zapatos de Grenson sin calcetines.

La moda es sólo un tema de conversación. Debería serlo, al menos. Pero los hombres tienen derecho a vivirla si quieren. Sin consejos de belleza a modo de publirreportaje, sin Sexo en Nueva York. Y sin los tópicos del otro lado, que también algunos están hartos de ver a Pilar Rubio no enseñando nada en las (supuestas) revistas masculinas. Los editoriales de moda de las publicaciones que te ponen a punto el six-pack (si todos sabemos cómo se hace: corriendo y cambiando el Stilton por el arroz moreno) tampoco cuentan.

La verdad (la nuestra) es muy distinta. El hombre y la moda dependen de otras normas y, por suerte, hay editores que lo ponen un poco más fácil. Porque leer en domingo sigue teniendo su gracia y porque además de los preservativos, también podemos llevar una revista en la bolsa y leerla cuando nos sentamos a tomar un té negro con canela. Cinco normas (las nuestras) y cinco revistas que te ayudan a cumplirlas:

mandentro

El hombre…

…sabe lo que ocurre a su alrededor.
Monocle, Monocle, Monocle. Tyler Brûlé es dios y lo sabe. Hizo lo que le pidieron con Wallpaper, triunfó, y después se marchó para hacer lo que le dio la gana. Su criatura es una revista sobre asuntos sociales, políticos, económicos y culturales. Que habla sobre un pequeño museo en Japón que es la hostia, sobre cómo viste Lula y sobre cómo están los ejércitos en el mundo. Todo con sentido del humor y contando cosas que de verdad interesan, no vendiendo titulares. Tiene programa de radio, tiendas y listado impecable de colaboradores. Todo el mundo la conoce y se vende en todos los aeropuertos… pero da igual. Sigue siendo la mejor. ¿En qué otra publicación puedes encontrar un reportaje sobre la atención de los dependientes en las tiendas? Y tiene editoriales de moda, claro. Pero con hombres con chaquetas de Watanabe. Como toca.

…mira la moda y lee sobre moda.
Man about town es sólo un ejemplo (hay bastantes magazines de interés) pero es bastante bueno. La publicación se enmarca en el roído cajón de sastre de las revistas de ‘estilo de vida’ pero dedica mucho espacio a la moda por dentro. A la industria, a los nombres, a los sitios. Un ejemplo es su último número: es casi un monográfico sobre París y se adentra en Balmain o Charvet. Aunque también deja espacio para estudios con más o menos calado (sociología; ¿hay un tipo de hombre parisino?), curiosidades (cómo preparar un Whisky Cobra) y buenas fotografías. Un retrato de Slimane a Charlotte Gainsbourg, por ejemplo. Casi todo en riguroso y favorecedor blanco y negro.

…tiene estilo propio.
Eso es justo lo que propone Fantastic Man, revista prima hermana de Butt y pareja estable de The Gentlewoman. No habla sobre moda y sí sobre estilo. El que ellos quieren proponer. Se articula alrededor de perfiles sobre hombres relevantes pero no especialmente mediáticos; y propone un peculiar juego de referentes: la palabra del mes, la prenda de la temporada, un listado donde nombres conocidos cuentan qué hacen o qué compran y debates aparentemente imposibles. En su último número, un a favor/en contra sobre los desayunos del McDonald’s.

mandentrodos

…se ríe de sí mismo
The Manzine es una revista que se publica en un formato físico poco convencional y que se rie de ella misma y de todos nosotros. Es como una metarevista que habla sobre otras revistas recurriendo a firmas de otras revistas. Todas de campanillas, eso sí. Sus artículos juegan con el sentido del humor y un diseño cuidadamente descuidado. Hicieron, incluso, una parodia de Monocle. Rebautizada Manocle, claro.

…es hedonista.
E, inevitablemente, se preocupa por la moda y por los cuerpos que la lucen. Existe toda una nueva colección de revistas eróticas (o casi) donde el desnudo es un placer habitual, algunas de ellas ya reseñadas. Pero no sólo de pezones vive el hedonista. Apartamento es una revista maravillosa sobre decoración e interiores que no se parece a ninguna, que incluye recetas de cocina, opciones de papel pintado y entrevistas con Chloe Sevigny en su propia casa. En su último número hay un artículo titulado Post sex and relaxation. Nada más que decir.

Y como todas las normas están para romperlas, es posible que algún hombre quiera ser también transversal. Candy es la (arriesgada) opción para ellos. Una revista que no tiene ni precedentes ni imitadores. No es posible. Obra de Luis Venegas, artífice de maravillas como Fanzine 137. Lejos de la estética Arterego, si es que existe, pero altamente recomendable.

Fdo. Daniel Borrás

Nouvelle Vague o los últimos románticos {Nº22 Romance}

“Me quieres de forma insana”, me dijo. Y yo, estúpido, pensaba que sólo había una forma de querer: la de verdad. Pero igual que no hay una sóla manera de vivir (quizás sí sólo una de hacerlo bien), tampoco el amar tiene imagen común para todos los casos. El tiempo me hizo ver que sí, que el romance de mordiscos y surcos que dejan las lágrimas no es el más adecuado. Y también que es mejor mirar a los maestros antes de lanzarse a sentir. La Nouvelle Vague cumplió en 2009 50 años de producción fílmica; Al final de la escapada celebra estos días el medio siglo. Un movimiento que dejó lecciones políticas, morales y sobre todo estéticas todavía vigentes… y que enseñó a los menos vividos nuevos discursos amorosos. El ‘aire de su tiempo’ pasando entre los labios y las piernas.

Vale que Godard contextualizó a sus personajes en la guerra de Argelia (Le petit soldat, 1951) o que Hiroshima mon amour (Alain Resnais, 1963) tenga un poso histórico importante. Pero el fenómeno tiene sentido por entender la modernidad de otra forma. Quizás desde la pasión de sus directores por la escritura, principio de todo. Umbral decía que él no había leído demasiado en su vida. Ya. También Miguel Bosé se declaró fan de Vainica Doble. Ambos mentían; su producción nunca hubiero sido igual en ese caso. Leer cuenta.

vaguedentro

Hay signos de las novelas de Laclos en estas nuevas historias de vidas nuevas, y hasta los estudiosos han conseguido desmentir que Godard improvisaba tanto como decía. Todo estaba (bien) escrito. Sobre todo la nueva realidad. La ciudad cambia y sus gentes también: casas para solteros, Gin Tonic por la mañana, periódico y café en soledad y camas para tres. Distinta lluvia, distinto amor. Los problemas sexuales de Jean Eustache en Le pere Noel a les yeus bleus (1966); el cortejo fácil en Les dragueurs de Jean-Pierre Mocky; el triángulo de desnudos bizarros de La belle noiseuse (Jacques Rivette, 1991).

¿Amor? No reflexioné mucho sobre eso. Me llega al espíritu la frase de Lacan: el amor es querer dar algo que no se tiene, a alguien que no lo quiere. En realidad la palabra amor no debería utilizarse. La palabra amistad es más fuerte”. (Jean-Luc Godard)

El primer contacto, la conversación determinante (con fines amorosos o puramente estéticos; qué bonita es la almohada con un cuerpo sobre ella) siempre como punto de partida. El de un Rohmer, recientemente desaparecido porque la edad no perdona ni a los modernos, que nos enseñó que la paciencia y la carne en bikini es material de primera. La historia de casi infancia en Pauline en la playa o esa reflexión sobre el futuro del romance que es La rodilla de Clara: dos personajes ‘juegan’ a descubrir como será el cuerpo adolescente cuando el tiempo haga estragos malos. Maravilla.

“Quiero volver a acostarme con usted”, le dice Belmondo a una Seberg maravillosamente bella. Y ella no se fía mientras él intenta por todos los medios que le regale una sonrisa más. Siempre ocurre. En una cena, puede que jamás llegues a escuchar lo que dice esa chica porque en tu cabeza sólo suena un ‘qué guapa está’ amplificado. Y todo estará bien. Regalar el orden de tus lunares y el secreto de tus cosquillas una y otra vez ya no es un problema porque, al final, cada romance es distinto. Las confidencias se pierden al multiplicarse, claro, pero siempre será mejor que n0 contarlas nunca. Que salga bien o mal, que dure o no dure, es secundario. Vivir es más importante.

Fdo. Daniel Borrás

Alexander McQueen y la vida {Nº21 Honestidad}

Honestidad Vulgar

“Ser inmortal… y después morir”. Impulso vital último aportado en Al final de la escapada que pone las cosas en su sitio para aquel que sólo quiera quedarse en la superficie. Y el crítico de la frivolidad se relame: un (supuesto) suicidio pone el lazo estampado con calaveras a la vida de mentira de un diseñador de moda con delirios de grandeza.

Pero qué va. McQueen era más de caminar sobre un hilo, de desprenderse como el alfiler que nadie escucha cuando cae; una mente pespunteada, al límite, que aspiraba a la sorpresa de cada segundo. Los acontecimientos y las mañanas de domingo le superaron porque los genios son más frágiles. Sólo así se explica que alguien tan grotesco fuera capaz de destilar tanto encanto. El talento, dicen, se impone por arrogancia, sale como sudor por los poros. Ensucia. Su ropa era de club y de vaso ancho sin limpiar, de inspiración cercana a la vulgaridad… y también de confección angulosa pero perfecta, agresiva y sartorial, de brutalidad atemperada con lirismo. No es cierto que estuviera tan cerca de lo gótico y lo oscuro.

Puede que los hermanos Grimm fueran un referente más próximo para una mente lo contrario a estanca: Una mujer de ojos separados lucha contra una camisa de fuerza del color de la yema tostada mientras, justo detrás, una criatura de carnes prietas emerge de una caja cerrada que dispara mariposas. Y es sólo un ejemplo al azar de un desfile al azar. ¿Qué cita de agenda o qué fragmento de canción puede servir como referencia para algo así? Imposible pensar en la autocomplacencia, en que estaba todo hecho.

Todavía tenía que hacer el vestido sin costuras perfecto, todavía le quedaban mujeres por inventar y telas que ceñir a unas cinturas que nunca entendió del todo. McQueen se marchó porque veía ideas en cada rincón, porque cosía con una cuchilla entre los dedos. Intentó fabricarse un nuevo aspecto físico y casi lo consigue, pero no supo vigilar una cabeza llena de ideas. Y tanta belleza junta explotó, que siempre hay que pagar un precio muy alto por el romanticismo.

mcqueendentro

Honestidad brutal

No me inspiro en cosas concretas, sólo visualizo ideas en mi cabeza”.

Podrían ser más (modelos sobre el agua, el matadero de María Antonieta, los armadillos…), pero aquí cinco momentos de genial comunión entre moda y espectáculo firmados por Lee McQueen:

1. El encuentro entre una mujer y un robot no siempre es de acero frío: al final de su desfile para la primavera de 1999, McQueen colocó a la modelo Shalom Harlow en una pieza circular giratoria mientras dos brazos mecánicos disparaban pintura. Vestido freehand, recreación cool de un episodio de los Jetsons o, simplemente, espectáculo aplicado a la pasarela. (Vídeo)

2. Dos años después fue colocando sus propias piezas de ajedrez sobre un tablero luminoso. Un desfile poco común en forma y, sobre todo, distribución (aunque al principio las modelos pasaron de forma habitual). Pero la segunda parte del show no fue una recreación obvia de los roles y las piezas. Ni caballos ni alfiles, mujeres en movimiento. El ajedrez es la guerra, dicen. Como la vida. Y la moda. (Vídeo)

mcqueendentrodos

3. Otoño de 2003. Nómadas, tundra y la boca llena de arena. Suficiente para inspirar a Lee y colocar a las modelos en una suerte de túnel del viento a medio camino entre el futurismo y lo victoriano. No se podía andar y las prendas (con telas que inspirarían al viento; sedas, chiffones) medían varios metros de largo para crear un efecto de movimiento único. (Vídeo)

4. Bailar hasta morir, cantaba Tino Casal. Inspirado en una escena de baile de la película They Shoot Horses, Don´t They?, puso a las modelos a bailar. Literalmente. Tuvieron que aprender. La idea se inspiró en las maratones de baile durante la Depresión americana, donde la gente bailaba hasta caer en redondo con la única intención de sacar dinero. (Vídeo)

5. Mejor que la camiseta de Free Winona: un holograma con Kate Moss de cuerpo (casi)presente apuntaba a todos que es más fuerte el que consigue salir de los problemas que el que los evita. Excesos para recordar que la chica de los excesos lo estaba pasando mal pero nadie se olvidaba de ella. Colección etérea de 2006 y la Moss en una pirámide de azules virtuales. (Vídeo)

Fdo. Daniel Borrás

Richard Kern. Mujeres para no amar {Nº20 Erotismo}

Entre tu cintura y la mía, el filo de un cuchillo

El hueso marca, tanto como los que aparecen próximos a su cintura y hacen de escala que mide justo la mitad del espacio que -intuyes- habrá en línea recta hasta su vientre. Y soprende a la física con más volumen de lo que el resto presagia; nunca a los ojos, que la silueta siempre sobresale por arrogancia. Después, anuncia que sabe a leche con martini y se retira, caminando, callando los errores con su cadencia. Creo que todavía me pone. Un poco.

Una de las chicas de Richard Kern, digo. Artista total que me pilló al vuelo: el cuerpo es lo que nos hace a todos iguales; el erotismo no escapa de ninguna esfera social. Propone mujeres de rabia y dolor con cara angelical, chicas de la puerta de al lado, pecas y lunares. Todas con causa común, la de un cuerpo que agrede o es agredido. La del sexo como miseria porque la cama se ensucia y el ambiente se pudre.

kern_interior

Mujeres que en sus cortos se trasvisten, bailan con armas en la mano, transgreden los roles sexuales. Hasta se queman la cara con una plancha ardiendo para parecerse a su amado, también desfigurado. Y que en fotografías lucen muslos suaves metidas en bañeras. Mujeres que cambian de forma, de sentido, de idea, de cóncavo a convexo. Humedad y hematomas en las piernas.

Con aliento en un cristal escriben sus perversiones y atraen como sirenas en mares de plomo. 7.000 segundos después decides que no sabes qué decidir y cuando pasan otros tantos recuerdas que te diste sólo 7.000 de plazo. Y llegarás a tercera ronda igual que al principio, 348 horas después. Sin saber si su cuerpo (el que retrata Kern y que existe y pasea por las calles y las noches) merece la pena. La penitencia, después de, es beber veneno.

Pintar de color mi ombligo sobre tu última vértebra

La diferencia entre el querer y el comerte son sus chicas de Nueva York. Fotografías y películas (algunas con la imapagable presencia de Lydia Lunch; hoy apetecible mujer mayor, antes diosa sucia) que confirman que ya no es necesario amar de forma insana. Que el erotismo queda. El poso de almizcle, la boca mordiendo dedos. Te deseo, te necesito. Pero no habrá forma de que alguna vez llegue a quererte. Y no hay que ponerse triste. Dos de tres no está tan mal.

separador

Libro recomendado: Model Release; para acercarse a su filmografía, el DVD The Hardcore Collection. De nada.

Fdo. Daniel Borrás

Moda y sensación de procedencia {Nº19 Terruño}

Si la mano no es distinta de lo que crea, la misma mano tampoco será ajena al espacio donde duerme. Importa la silla en que te sientas, la hora en la que ponen de comer, el tiempo que ha pasado desde que se generalizaron las urnas y el valor de tu moneda. Hasta la forma de preparar el café. Aun a riesgo de caer en los tópicos (las francesas no se depilan, los italianos gustan de la licra), lo cierto es que la historia ha demostrado que la moda (un juego, sí, pero con demasiada apuesta sobre la mesa) ha conocido reglas diversas según su origen. El terruño, la sensación de procedencia. Pues eso.

Sueño americano

El país en el que nueve de cada diez especialistas en economía hablan de privatización y libre mercado (como modelo y como salvación casi religiosa) no podía sino inventar el negocio: Es cierto que a finales del siglo XIX ya existía el ready-made; pero durante el periodo de entreguerras en Estados Unidos se despachaba prêt-à-porter antes que las grandes casas francesas optaran por la segunda línea. Los catálogos de venta por correo daban la posibilidad de crear, en apenas 24 horas, el traje que una semana antes había lucido Joan Crawford en la alfombra roja; la maquinaria lo permitía. También la crisis tuvo mucho que ver, ya que en los años 30 la importación tenía suplemento en aduana. Sin embargo, los patrones no, y comenzó la reproducción de prendas de todas partes en materiales sintéticos y más baratos. Resultado: más ventas. Estados Unidos no inventó nada, como casi siempre, pero elevó la ropa de no costura a límites nunca alcanzados hasta ese momento.Vera Maxwell y, más tarde, Tina Leser o Anne Klein (maestra, verdugo y luego maestra de nuevo de Donna Karan) lo hicieron posible. Dinerito, barras y estrellas, negocio.

Nada en Italia

Lo dijo Mussolini: “No existe una moda italiana”. Y todavía tuvieron que pasar más de veinte años para poner remedio a la queja. En los 50, Italia aprovechó lo que tenía, esto es, su apertura vital al resto de europa, su política de salarios bajos y pocas cargas sociales, y su industria autóctona (punto artesanal al pie de los Alpes, industria lanera en Florencia). Así, vendieron a los americanos y crearon una forma de hacer especial: era ropa de producción, pero añadiendo un plus de lujo que forma parte de su idiosincrasia. El resto son reseñas en manuales fashion; los salones de Milán, la alta moda de Roma, Valentino, la familia Missoni en los primeros años cincuenta, Cerruti, Ferré y Versace. O la frase de Eugenia Sheppard que mejor define el bolso Fendi y otros tantos con similar acento italiano: “Para ser elegante hay que ser como todo el mundo”.

terrunodentro

Antimoda japonesa

Durante la semana de la moda parisina de 1983, las mujeres se rompieron las uñas apretando fuerte contra sus sillas y los hombres goteaban de sudor frío: dos japoneses, Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto, hicieron explotar el imaginario femenino de laca, taconazo y hombro marcado. Adiós a la mujer fatal, viva el harapo y la miseria. Y el zapato plano. La introspección y, por qué no, cierta vanguardia, llegó cuando estos dos estilistas decidieron que la moda podía ser rentabilidad pero también un acto conceptual. Ropa que incluso hoy día (la propia Comme des Garçons, Watanabe, Haversack…) le da la vuelta a la moda tal y como el neófito cree conocerla. Cuando parece que la propia silueta es la que definirá la prenda, ellos inventan otra superpuesta. Más o menos, como fabricar ropa aflojando ligeramente el tornillo de una maquina. Imposible saber qué saldrá de ahí. ¿Será cosa del manga interestelar, Hiroshima quizás?

Patadas adolescentes en Londres

Si Francia (que no está en el listado porque Francia es principio y final de todo) elevaba la alta costura y comenzaba a coquetear con las segundas líneas, el Reino Unido prefería sucumbir al movimiento de caderas pop de los años sesenta. Pelo largo en los chicos y corto para ellas, Carnaby Street, exhuberancia adolescente. Hormonas alteradas por obra y gracia de Foale&Tuffin o por la wikipédica Mary Quant, ¿inventó ella la minifalda o fue Courrèges? Sea como fuera, Londres fue testigo de un nuevo modo de vestir y entender la moda que se retrató como en una fotografía de David Bailey y bailó al son de The Beatles. La Westwood y el Sex vinieron (poco) después; que el frío londinense siempre ha sido muy de salvajes cambios de humor.

Misticismo español

Es un hecho: al español medio no le dará vergüenza que alguien suba a su coche y le descubra escuchando a Fito o a El Barrio; si tienes a Nacho Vegas en el mp3 puede que dudes a la hora de darle al play. Extrañamente temerosos de parecer creativos, la moda hecha aquí (la de verdad, la reseñable) tiene mucho misticismo detrás, mucha leyenda urbana, muchos ángulos muertos. Y, sobre todo, poco sol y mar y tapas y toritos. Balenciaga, dios, se marchó pronto y se hizo el huidizo; no concedía entrevistas, dejó de crear cuando la costura fue herida de muerte. Pero fue el mejor, todos lo saben. Tampoco la obra de Mariano Fortuny es tan conocida como merece. Nació en Granada en 1871 pero fue hombre de mundo y de arte, pintor, creador de escenarios para teatro y artífice de los primeros vestidos plisados, como túnicas griegas. Más reciente el caso de Miguel Adrover, suerte de bohemio ermitaño tan esquivo como talentoso y con algo de mala suerte; su vida es ejemplo perfecto del rise&fall. Una pena porque la moda (española) pide a gritos que regrese a su rescate.

Fdo. Daniel Borrás

Valencia, miniguía de la ciudad invisible {Nº18 Desde aquí}

Te regalo un día. Presente a medio camino entre querer ser ingenioso (las cintas de cassette pintadas a mano ya las regalaste antes) y no tener un clavel en el bolsillo. Un día en la ciudad capaz de lo mejor y de lo peor; la urbe invisible. Ni tan grande como para destacar, ni tan pequeña como para despertar ternura. Como una rata meando sobre algodón, Valencia está ahí pero tampoco demasiado.

Un invitado llega a casa por sorpresa y tú no tienes apenas compra en el frigorífico… pero hay que sacar de donde sea. Pues eso:

Mañana en el mar

Los pecados se redimen en las calles, no en las iglesias. El Cabanyal es triste, duro y violento si no aciertas con el cruce de calles (el comprometido que defienda casas de colores y arcoiris y osos con piruletas en un saquito que le sale de la tripa es que nunca ha estado allí), pero es un barrio tan bueno y malo como el resto de barrios del mundo. Aunque más auténtico. Perfectamente disfrutable un paseo por el paseo de la Malva-rosa, un par de abrazos con tu chica con los pies descalzos entre la arena fría y un aperitivo a media mañana. Vermú y anchoas en Casa Montaña; bocadillo de panceta y café tocado en La Pascuala. Tú eliges. Un Perucchi en la terraza del Balneario de Las Arenas tampoco está mal.

¿Comida?

Es un tópico decir que algo es un tópico, avisarlo. Pero es que, vaya, la realidad manda: Valencia no es Madrid. Más allá de la paella y el arroz a banda, las estrellas (Michelin) no brillan como deberían si no es por el reflejo del clip sujetabilletes. Para comer, bien, estamos jodidos. Y Quique Dacosta (el cielo es azul y su restaurante, el mejor de la Comunidad) no está en la ciudad. Así que mejor pasarse por Sangonereta, todavía un templo por descubrir y de increíble relación calidad-precio. O de tapeo en La Pilarica, si eres bohemio y luego quieres comprar unas Munich en el Carmen, o Casa Mundo si lo tuyo es el fútbol: Mundo fue miembro de la delantera eléctrica del Valencia C.F. Amadeo, Mundo, Asensi, Epi, y Gorostiza. Casi nada.

Glamour internacional (sarcasmo)

Buscando y buscando de nuevo después de haber buscado encontramos un selecto grupo de tiendas en las que pasar la tarde de compras. Está la media milla de oro con Hermés, Vuitton, Bulgari y el nuevo Loewe de Peter Marino; pero como (espero) ya tienes tu monogram o tu damero en grises mejor seleccionar un poco. En Chapeau, tiendas para hombre y mujer, hay Burberry Prorsum, Balmain, Tom Brown, Tom Ford, Undercover, Current&Elliott ,Prada. Dinamita. En Linda vuela a río perfumes de Byredo, Comme des Garçons o Robert Piguet y ropa de Watanabe (ojo, puede que tengan todavía cosas de la extinta Luella, todo un mito ya). En Alfredo Esteve, YSL, Margiela, o Rick Owens para hombre. En Eleven hay cositas del valenciano Ramón Gurillo, por aquello de hacer patria. No hace falta buscar mucho más.

valenciadentro

Café y libro

Ahora lo que se estila es la librería café. Y ahí sí que nos hemos sumado, en masa además. El barrio de Russafa tiene tres sitios de capuccino, fiambre italiano, y El País semanal: Slaughterhouse, Ubik, y Cosecha Roja. Puedes coger prestado el Manhattan Transfer, o puedes pasarte antes por la Casa del Libro y comprar uno propio (y, de paso, ver la exposición de fotografías a boli bic de María Gea), o pasarte por la Libreria Soriano y comprar el último Monocle, que además luce bajo el brazo una barbaridad. Y bueno, sí, también han llegado los Starbucks a Valencia.

Tierra de artistas

Centrándonos en el aquí y ahora, un paseo hasta el Centro del Carmen puede ser útil y didáctico. Y muy local: la exposición 100% valencianos cartografía el estado de la cuestión artística actual, 100 artistas, 300 obras. Hay pintura, escultura, fotografía, graffiti y hasta moda y ninots falleros. No hace falta siquiera pasarte por el Museo Fallero si eres turista. Cerquita está el IVAM, con una propuesta multidisciplinar llamada Malas Callas en las que se filosofa sobre la identidad callejera de las ciudades. Suenan los Smiths. Si se hace de noche y no has comprado ese bolso de Miu Miu que te gustó en la fase tiendas, puedes acabar cenando en La Sucursal, restaurante en el propio museo que, aunque sólo sea por su sumiller, merece la pena.

Into the night

Valencia es la ciudad que pervierte a futbolistas con noches interminables, paisaje habitual de reportajes sobre parkings de discotecas, y polaroid de eso que llamaron Ruta del Bakalao. Pero más allá de la macrodiscoteca en el polígono industrial, la noche no confunde. Puedes pasarte por el Excuse Me, que es el must de esta semana y puede que de la que viene; o ir a las Ánimas a ver si te topas con algún concursante de Mujeres, hombres y viceversa. O, mejor, dejarte caer por el Chaston o el bar del hotel Westin y hacerte un Martin Miller’s como toca; y aprovechar fechas para ver en directo a Richard Hawley, Miguel Poveda, Maga, o Kitty, Daisy & Lewis, que pasarán por la ciudad durante los próximos días.

Y sí, es visión subjetiva, listado incompleto y recopilación de filias. Pero ni hay patrocinios de por medio ni vocación completista. Valencias hay muchas; tan lejos, tan cerca.

Fdo. Daniel Borrás

Carlos Berlanga: Paracetamol para el alma {Nº17 Actitud}

Ambición estética

Llevaba un traje plateado y holgado. De Prada. Y estaba nervioso por ver en persona a Siouxie. Siempre era así, dicen, con esa pose de dandi frágil tan manida por las semblanzas, sublimando su tristeza en trozos de papel. Una hamburguesa vegetal. Una contradicción en sí misma y acertijo sin respuesta. ¿Cómo puede alguien tan brillante llevar dentro la semilla de la autodestrucción?.

Carlos Berlanga fue un genio. Punto. Tan poco valorado, eso sí, como leer. Como el tópico: sentarse con un libro entre las manos parece cosa de tiempo libre pero no lo es, requiere mucho esfuerzo. Leer un libro es algo grande. La obra de Carlos, nunca sobre el podio y de apariencia frívola, también.

Más cerca del politono que del underground, Berlanga, que quería ser reconocido pero no famoso, tuvo un poco de todo. Le pilló la Movida en tiempos en los que parecía obligado aparentar modernidad, y todos compraron, quizás por inercia, los discos que luego le dejaron acumular en las estanterías. Castigándole.

berlangadentro

Cuentan que en los manuscritos de sus canciones ponía notas en los márgenes; ‘hit seguro’, escribió junto a A quién le importa. Siempre quiso trascender. Y crear. Pablo Sycet, pintor, íntimo y comisario de la exposición que puede verse estos días en Madrid sobre Carlos (hasta el mes de marzo en la Sala de Exposiciones El Águila), lo tiene claro. “La muestra pretende recrear y ensalzar la producción multidisciplinar del que, para mí, es sin duda el artista más completo y brillante de su generación».

Su hermano Jorge Berlanga da en el blanco. «Mucho se ha hablado de su particular carácter, complicado, impredecible, airoso y en ocasiones airado. Capaz de la mayor ternura y la más hiriente aspereza. Quizás tenía más reacciones viscerales de las que él quisiera, con su aspiración de dandi adicto a las virtudes del distanciamiento. Puede que sus afectos fueran contados, pero eran profundos», relata en el católogo editado para la ocasión.

Una persona capaz de ir a un programa televisivo de cocina y cantar, sin apuro, Mari Luz, de Vainica Doble, está por encima de cualquier crítica; no merece que nadie juzgue sus contradicciones. «Las drogas son algo satánico, te afectan muchísimo. Detesto estar enganchado. Detesto la coca y el caballo. Cuando me metí en estos temas era consciente de lo que hacía», reconoció una vez.

Yo, que sólo fui para ti Paracetamol. El arte, tal vez, Ibuprofeno para un alma que nunca encontró su lugar. Demasiada actitud.

Diez canciones imprescindibles

1. y 2. Cómo pudiste hacerme esto a mí / Qué sería de mí sin ti (melodrama en dos partes)

3. 120 años sin ti

4. En el volcán

5. Lady Dilema

6. Indicios de arrepentimiento

7. Noches entre rejas

8. Impermeabilizado

9. Bailando

10. A Cannes (adaptación de un tema de Françoise Hardy)

Fdo. Daniel Borrás

Una década de editoriales de moda {Nº16 Imágenes}

La profecía auto-realizadora, escrita por Robert Merton, define una cualidad exclusiva del ser humano (no busques en la naturaleza) perfectamente aplicable a la moda. Casi la retrata por completo, vaya: Es suficiente querer que suceda una cosa para que, finalmente, suceda. Pensar que hoy te gustaría que hubiera una lluvia de estrellas no cambiará el mecanismo de los astros; pero decir que en tu restaurante favorito ya no cocinan como antes podría traer consecuencias a corto plazo sobre ese negocio.

No hace falta abstraerse demasiado: La importante editora de una revista de moda combina para un editorial (que llamaremos, por ejemplo, Fiebre Animal) una decena de prendas aisladas con estampado de leopardo. Podría bastar para que pocas semanas después algunos diseñadores comenzaran a utilizar las manchas en sus trabajos. Se puede creer en un zeitgeist fashion que define las tendencias de la temporada; en un comité de expertos que se reúnen en el Lago Como a deliberar y ponerse de acuerdo; en prescriptores todopoderosos.

Se puede, con más lógica, pensar que el editorial de moda tiene un valor fundamental. Como catálogo y como proceso creativo, juego artístico que legitima la publicación y engrandece, por concepto, algo tan efímero como una colección. Fotógrafos maravillosos, localizaciones de escándalo. Ideas. Grace Coddington gastándose 50.000 euros en una sesión sobre Galliano inspirándose en Brassaï de la que finalmente sólo se publican tres páginas (vean The september issue).

Más allá de editoriales tipo Jungla de asfalto o Explosión Geométrica (esto es, obvios), hay algunos que marcan diferencias. Por controvertidos, bonitos, extraños o imposibles. Por repercusión, por caras, por nombres. No es una colección de favoritos (yo, sin duda, me quedaba con los primeros de Terry Richardson para la revista Purple), no es un podio de los mejores; es, que no es poco, una lista de imprescindibles de la década:

A Sexual Revolution

Fotógrafo: Steven Meisel

W Magazine; Septiembre 2004

Modelos: Boyd Hollbrok, Elise Crombez, Hannelore Knuts, Harry Kinkead,

Jessica Stam, Karen Elson, Kiam Mitchum, Missy Rayder, Roland JRogenski

editodos

Reality Show

Fotógrafo: Mario Testino

Vogue Paris; Agosto 2008

Estilismo: Carine Roitfeld

Modelos:Raquel Zimmermann

editocinco

Nun Head

POP; Otoño/ invierno 2008

Estilismo: Katie Grand

Modelos: Angela Lindvall, Missy Rayder, Maryna Linchuk, Magdalena F, Jourdan Dunn, Guinvere Van Seenus,Andres Segura

editocuatro

Silent

Fotógrafo: Steven Meisel

Vogue Italia; Agosto 2008

Modelos: Linda, Karen, Iris Guinevere

editouno

L’éternel Fantasme

Fotógrafo: Cédric Buchet

Vogue Paris; Noviembre 2009

Estilismo: Julia von Boehm

Modelo: Eniko Mihalik

editotres

Religión, un maniquí enamorado, sexo sin etiquetas, cementerios. Todo vale. Pero con ironía, por favor. “Las palabras moda e importante no deberían ir nunca unidas”, dice Marc Jacobs. Pensemos en un mundo de bellos imposibles, de excesos bien entendidos. La moda como tema de conversación. Como objeto de disfrute.

Fdo. Daniel Borrás

Boxeo, el ¿deporte? del miedo {Nº15 Miedo}

Dos hombres pegándose son sólo eso, dos hombres pegándose. El boxeo no es un deporte. No podría serlo. Pero si lo fuera, vaya, sería el más perfecto de todos: Uno contra uno, con tus puños y tu mente como único elemento. Igualdad. Honor. Competición, espectáculo y elemento cultural tan antiguo como el hombre y sus pulsiones. No hay viento en contra, ni máquinas más caras que otras, ni estrategias extrañas.

Si no hubiera tenido que comer, jamás habría subido a un ring a pegarme”.

Cita a modo de legado familiar (no busquen la reseña en ningún sitio, viene de casa) que define el porqué de las narices rotas. El boxeo es necesidad, jóvenes en la calle. Y puestos a buscar escenarios cinematográficos, también lumpen, chicas en bikini, Sinatra en primera fila y mucho Dry Martini. Luz de excesos sobre el ring, sombras sobre la (imposible) naturaleza humana.

Pero es, sobre todo, la práctica del miedo. El que pierde el púgil a lo largo de su vida cuando ha de enfrentarse a problemas; nadie que se pega tiene miedo a pegarse otra vez. El que tiene la sociedad (y qué cojones será eso de la sociedad) al detestar lo que no comprende, lo pretendidamente correcto, la plástica que no alcanzan a entender. Y, sobre todo, el que tienen todos los que suben a un cuadrilátero cuando exponen su combaten, su título… y su orgullo.

Aquí no hay hombres que cuelgan las pelotas en el perchero antes de salir de casa, junto a la puerta, con el sombrero y el paraguas. Aquí nadie quiere perder, ni caer antes que su rival, ni tirar la toalla. Dato confirmado: Durante años, en el contestador automático de Frazier, el mensaje que podía escucharse era un escueto (y orgullosísimo, chulesco) “yo fui el hombre que lo hizo”. Porque realmente lo hizo.

boxeodentro

Guantes del color del albero

En España, el boxeo es una madrugada sin dormir esperando ver caer a Poli Díaz. O, como mucho, Castillejo participando en un reality. Poco más. Relegado a un segundo plano, ni funciona como deporte al uso ni la gente ve en su violencia el confeti del fútbol americano o el maquillaje del wrestling.

“A nadie le interesa ya el boxeo”, dice Eduardo Arroyo, pintor, escritor, aficionado loco. Por suerte. Escribió las biografías de Panamá Al Brown y Bantam; retrató casi hasta la obsesión los rostros deformados de Arthur Cravan (sobrino de Oscar Wilde, por cierto) y Jack Johnson. Arroyo, en solitario, saliendo en defensa del arte solitario.

Estos días recoge sus pinturas, los textos y una nutrida colección de piezas asociadas al mundo de la lucha. Con referencias de escándalo, para sorpresa de detractores y sesudos: Páginas manuscritas donde Cocteau loa a Panamá, retratos fotográficos de Ernest Hemingway con Kid Turnero, un libro de Gómez de la Serna sobre Antonio Ruiz.

Arte cruel y elemento de la cultura popular moderna, el boxeo no es trivial ni chusco ni simple. Sirva un ejemplo y recomendación final: La mejor crónica (deportiva, periodística, de todo tipo) que servidor ha leído jamás cuenta cómo José Legrá se alzó con el título. Firmada por Manolo Alcántara, consigue lo que todos (sin miedo, con el ego ligero) los que escriben intentan alguna vez. Convertirse, casi, en literatura.

La literatura del miedo. Del gancho en la mandíbula. De la única competición real. Estética como pocas cosas en la vida; honesta como jamás creerías.

Un directo de izquierda y un crochet corto y exacto con la derecha son suficientes”

separador

La exposición Eduardo Arroyo, boxeo y literatura, puede verse en em MuVIM de Valencia hasta el próximo 14 de febrero.

Fdo. Daniel Borrás

Bauhaus: Música y diseño en tres colores {Nº14 Geometría}

El diseño

La Bauhaus debe ser historizada más que invocada o exorcizada”

La Bauhaus tiene una web donde poder comprar lápices de colores. Su fantasma, sí, camina como alma en pena por los pasillos del diseño y los pósters de estudiantes. Pero recordad que todos, alguna vez, tuviesteis la carne firme: Fue creadora de conceptos hoy tan normales como el diseño gráfico o el industrial. Impregnó lo cotidiano de ideas, a veces románticas, en ocasiones prácticas.

No se puede ser buen alcalde y mala persona; el trabajo y la vida personal eran lo mismo en la Bauhaus. Tan importante como el triangulo amarillo eran las fiestas. La fiesta blanca, la fiesta del metal, la fiesta de los cometas. Todas las excusas eran bienvenidas para relajar y celebrar. Llevarse bien con los vecinos que miraban con recelo, recordar una buena clase. Había disfraces y bebida. Y más bebida.

Forma de vivir y de crear única que sirvió de inspiración para todo tipo de manifestaciones culturales posteriores. Para reventar desde dentro, incluso, el denostado punk inglés más preocupado por que los imperdibles los firmara Westwood que por escupir sobre esa ’sociedad’ que siempre es otra distinta a la nuestra. Bauhaus, punto de partida y nombre de la primera banda gótica de verdad.

bauhausdentro

La música

Parte personaje, parte sensación, la sombra se proyecta”

La juventud EMO mató a la estrella del after-punk. Antes las lágrimas no se pintaban y se escribía con una cuchilla de afeitar en las manos; no, no es posible que millones de adolescentes estén tristes y amargados y lo solucionen escuchando a Tokyo Hotel. Antes soñaban con matarse juntos en un accidente de tráfico; ahora beben (lamentable) vodka negro.

Bauhaus, Peter Murphy a la cabeza, se vistieron de vampiro desde el principio. Bela Lugosi’s Dead duraba 9 minutos y era, pese a todo, el single elegido. Actitud. Y no duraron mucho más; pocos discos, muchos proyectos paralelos, legado imprescindible. Viaje alucinante al centro de la cavernosa alma humana. Con banda sonora de ruido, pedales y voz imposible.

She breaks her hear / Just a little too much / And her jokes attract the lucky bad type / As she dips and wails / And slips her banshee smile / She gets the better of the bigger to the letter”

separador

Bauhaus, la banda, reedita estos días In the flat field, su primer álbum ahora remasterizado y con extras de interés. Para acercarte a su obra prueba con el recopilatorio Crackle.

Fdo. Daniel Borrás

Ropa tendida sobre el muro {Nº13 Berlin}

Basta de desintegración. Integrar, integrar, integrar. Repitan. Que donde haya barrios existan espacios únicos; sólo distancias, no diferencias. Donde se definan géneros se imponga la epidermis y no las etiquetas. El ejemplo, Berlín, claro. La ciudad que avanza a una velocidad imposible de seguir. La ciudad que ha olvidado más dolor del que cualquier otra será capaz de sentir jamás.

Porque el ingenio se ve con mejor cara cuando no hay nada que perder. Y el edificio nuevo o la función distinta encajan con todo porque su todo no es demasiado. Ciudad educada, nocturna, libre y de oportunidades. Todas pequeñas, sí, pero oportunidades.

El maestro

Y vaya, que la urbe que vio nacer y acoge el legado de Helmut Newton merece respeto. Figura carne de magazine de hotel, influencia de diseñador de provincias y cartel que decora muestrarios de muebles, por supuesto; pero que la anécdota no engañe: Es (muy) grande.

Su museo, escondido, en un antiguo casino militar y a tiro de bicicleta desde el zoológico (por si acudes en familia o con amigos juguetones), es parada imprescindible para el aficionado a la moda (portadas de Vogue, condolencias de puño y letra de Yve Saint Laurent), la fotografía (Rolleiflex originales, tocadas por sus manos), las mujeres (hay una recreación de su despacho, con piernas de plástico y cuerpos femeninos por todas partes), y la vida.

berlindentro

Los tenderos

Antes, o puede que después (la segunda opción implica el riesgo de que la fiebre de curvas ciegue tu capacidad de raciocinio), merece la pena visitar la tienda Wood Wood, pionera de la slow fashion y patada en las pelotas a las guías trendy. Hacen su propia ropa, venden cosas de Jeremy Scott y Opening Ceremony. A su lado, el restaurante Zoe para hacer parada.

Los patios interiores, inutilizados, y los bajos en edificios olvidados son pasto perfecto de interesantes como Acne Jeans, Filippa K o Bless. Innovación, básicos y antimoda, para llenar la maleta con un poco de todo.
Entre un graffitti de Miss Van y un trozo de muro, Comme des Garçons eligió, en 2004, a Berlín como primera ciudad en la que instalar una Guerrilla Store. Una tienda efímera, escondida, sin carteles, sin publicidad. El fiel la encontraría, previa búsqueda, en el interior de una carnicería. En los cajones, los perfumes; sobre bancos de cortar cerdo, algunos vestidos. Y la compra final, envuelta en bolsas de basura. En cualquier otra ciudad les hubieran matado por ello. Lil’ Shop, que sí está abierta, tomó el relevo.

El estilo

Las plazas acogen también la Berlín Fashion Week (Vivienne Westwood fue una de las que prestó su apoyo al proyecto) y se ha convertido en sede imbatible (sorry, Barcelona) del Bread&Butter, que no es moda moda ni interesa especialmente al que busca algo nuevo (a la industria sí, mucho) pero es mejor tenerla que dejarla escapar.

Y, sobre todo, esa sensación de que todo vale porque nadie mira. O mira bien. Madrid es la ciudad de los 10.000 cadáveres, todos iguales; Milán la capital de la licra y las gafas espejo; París un reducto de elegancia suave que no todos son capaces de alcanzar. Berlín, con callos en las manos y cicatrices para demostrar que cruzó el fuego, lo permite todo. Y a ver quién no es capaz de encajar en todos los sitios a la vez.

Fdo. Daniel Borrás

Nuevo erotismo ilustrado {Nº12 Lo prohibido}

La vida es rara, el sexo también

Sólo en lo físico hay verdad. “Dime. Callemos… ¿Qué es el amor? Vivirnos”, decía Aleixandre. Comernos más que escribirnos. Cambio beso por poesía. El desnudo, el sexo, la realidad, sigue siendo la imagen más potente aun siendo la miseria cotidiana más fácil de encontrar. Un placer a medio camino entre el pecado y la belleza. Si alguna vez fueron cosas distintas.

Enterrada la culpabilidad -¡qué suerte quien no la posee!- el vello púbico se convierte en lujo y lujuria. Carne de informe de tendencias, vuelta de tuerca del mundo de la moda. Es difícil volver a ser diferente cada seis meses, así que seamos todos iguales. A desvestirse tocan.

El desnudo es bueno, bonito y un imán poderoso. Un seguro de vida. Ver un desnudo y leer un buen artículo al mismo tiempo, en el mismo espacio, es la tarde perfecta. Un hueso marcando cadera, una entrevista a Damien Hirst y un artículo sobre Sartre. Uf.

Paradis Magazine

Revista francesa con Thomas Lenthal como director creativo. Resumiendo, páginas y páginas de desnudos supersaturados alternados con textos de escándalo. Norman Foster y Daisy Lowe compartiendo publicación. Rascando, hay mucha miga: Su último número retrata a Charlotte Rampling desnuda en medio del Louvre por obra y gracia del fotógrafo Juergen Teller. A los del museo, dicen, les encantó la propuesta.

prohibidodentro

Jaques Magazine

America’s only new luxury erotic magazine. Tetas grandes como en los carteles pulp; fotografías siempre en película, sin retoques. Más jóvenes, menos pretenciosos y con una editora que predica con el ejemplo y muestra su fragilidad. Parece una revista recuperada de un coleccionista porno de E-bay. Pero sin manchas. En el top del fashion porn.

S

Pionera de la guarrada con coartada pero con s de sexy. Más comedida, más fina. Es la más relacionada de forma directa con la moda: Imagina un editorial de moda de Vogue pero con la chica bajándose las medias. Su último número incluye colaboraciones de Antony and The Johsons. Y mujeres, claro. Muchas.

Purple, Acne Paper

Publicaciones ‘normales’ que se han pasado a la carne. Al menos en parte. Purple cuenta con Terry Richardson fotografiando a Obama y con Milla Jovovich en cueros dos páginas después. Arte. Además, incluye anexos como Purple Sex o Purple Nude para explotar el fenómeno. Aunque no les haga ninguna falta: Es una de las revistas de moda más importantes del mundo desde 1992 por obra y gracia de Elein Fleiss y Olivier Zahm. Para no iniciados, la revista anti fashion por excelencia. También Acne Paper, la revista del estudio Acne, dedicó su número del pasado verano al erotismo. Por si acaso.

Lealtad, fidelidad

Internet hizo el porno cómodo. Y no, no puede ser. Hasta Playboy Francia está intentando subir un peldaño. Para acabar con el miedo a la revista debajo del colchón, camuflada junto a la luz superior del ascensor, escondida entre ensayos de metafísica. Fuegos artificiales en lugar de terremotos, sí, pero algo es algo. El primer paso hacia la cosa húmeda es asumir su sublimidad.

Fdo. Daniel Borrás

Chanel: Resurrección en Venecia {Nº11 Oh, Venecia}

Todo está en los hombros. Las revistas mienten en sus decálogos de siete milagros; no es el talle alto lo que hace más delgada ni la altura del pantalón disimula trasero alguno. Chanel descubrió, o siempre supo, que la caída adecuada sobre una espalda firme permitía el movimiento en la parte delantera del vestido. Y con eso sobra: Nada de tapar el cuerpo, mejor difuminarlo todo.

Si no hay piernas, que haya escote. Si hay omóplato que no haya cuello. Triunfó, ganó dinero, no tenía que reservar en el Hotel Normandía. Cierto que el nº5 y el esplendor tardarían un poco en llegar, pero la vida de Gabrielle, ya Coco, era plena. Que significa, como siempre, que iba bien servida en la cama. Boy Capel era su hombre aunque no lo era.

Pero Arthur Capel fue enterrado a las 14.30 horas de un 24 de diciembre de 1921. Coco lo vio más claro que nunca: Ya no necesitaba pensar sobre el amor verdadero, engañarse sobre por qué no podían caminar juntos de la mano en público, escaparse en medio de una fiesta hasta un seto oscuro. Muerto, volvía a ser suyo. Sólo suyo.

La (verdadera) viuda

Tiñó sus cortinas y sábanas de negro, se marchó a vivir al Ritz de la plaçe Vendôme y casi se derrumbó. Con la mujer (real) de Capel buscando nuevo partido, ella era la única viuda aunque nada le obligaba a que lo fuera. Hasta que Misia, su amiga, la burguesa loca y un poco puta que “conectaba con quién no entendía del todo”, le invitó a acompañarla a su luna de miel. A Italia. Coco nunca había estado allí y aceptó. De crucero por el Adriático desembarcaron en Vencia. Oh, Venecia.

Si a un niño le compras un juguete deja de llorar. Chanel vio los dorados bizantinos de la Basílica de San Marcos, los museos, la melancolía del café a media tarde. Y ochenta y tres millones de obviedades más que no conviene reproducir. Por supuesto que la ciudad le causó impacto. Sólo faltaría. Luego lo reprodujo todo en sus telas, hasta el claroscuro de los maestros; una inspiración que permaneció intacta en toda su obra posterior.

Allí conoció a Diáguilev, intimó con Stravinski (”era tan ruso que no le importaba estar casado”), le escuchó decir a Cocteau que ella era como el Picasso de la moda. La Venecia de los secretos, de las cenas, de las conspiraciones del talento. El poso, como la ciudad, fue eterno; y la vida caprichosa convirtió sus canales en escenario de segundas partes.


veneciadentro

Ocho años después Chanel regresó a Venecia. Volvió a coincidir con Cocteau. Ella le hacía siempre regalos maravillosos. Una cadena de platino fina, flexible, que reproducía el cuerpo de una serpiente y que servía para llevar las llaves. También volvió a encontrarse con el coreógrafo Diáguilev, esta vez en su lecho de muerte. Muerte en Venecia, vaya.

Escenario también de frases maravillosas y las no-declaraciones de amor más bellas que nunca le hicieron a Chanel.

Mi mujer sabe que te quiero. ¿A quién si no a ella le confiaría una cosa tan grande como ésta?”

Stravinsky también rondaba por allí, lanzado y locuaz en una Venecia que olía al perfume del adulterio. Olor a vida.

separador
La última colección Crucero diseñada por Karl Lagerfeld para Chanel recupera el primer viaje de Mademoiselle a Venecia, los colores, las formas que descubrió a su llegada. También la línea de maquillaje que la firma francesa lanza al mercado en 2010 juega con las mismas referencias.

Fdo. Daniel Borrás

Amor, moda y fotos, el mismo enigma {Nº10 Enigmas}

Carta de amor #1

Yo compartía con una mujer de lunar junto a la boca. Se tapaba, justo después, con media sábana hasta el pecho y las rodillas sobre el colchón mientras se fumaba un cigarro. Sólo silueta frente a una ventana casi cerrada, de cuadraditos de luz creando fondo neutro. Imagen perfecta de Irving Penn que no retrató; un mechón de pelo recogido tapando el punto en el que se unen su cuello y su clavícula.

Carta de amor #2

El blanco y negro asesino que nos dejó de recuerdo y legado Penn (1917-2009). El hombre que enseñó a la moda a ser otra cosa y que aprendió de ella que la creación es (a veces) consumo. “Fotografiar un pastel también puede ser arte”, dijo. Arte primigenio: En octubre de 1943 Alexander Liberman, director creativo de Vogue, le pidió una portada. Él arregló un bodegón con un bolso de piel y tela marrón, un pañuelo gris, una lámina con cítricos y una nota colgada en una pared en que se anunciaban los contenidos del mes: zapatos y accesorios. Pidió la cámara prestada.

En la otra punta de la espiral, las fotografías que realizó para el Lacroix pre-crisis en abril de 2008. 65 años de diferencia para el mismo resultado. El que copió Avedon, en el que se inspiró Leibovitz. Si más es más y menos es mucho menos, el maestro marcó una línea que se encuentra incluso por debajo. La realidad siempre es mínima.

irvingdentro

“Querer lo que los demás no quieren”

Y eso hizo. Capaz de pasar del culo de Kate Moss al retrato de Picasso y Colette siguiendo idéntico ritual, el niño era para él igual que la mujer perfecta; el indígena similar al ciudadano de Nueva York. Capaz, también, de intercambiar sudores y fotos con Lisa Fonssagrives, bella modelo y artista. Respeto.

Conclusión compartida

Caló hondo en el mundo de la moda (”probablemente fue más famoso por fotografiar las modelos del ambiente parisino”, dice el obituario del New York Times). Como calan algunas mujeres. El amor (que crees) real no tiene que ser largo ni perfecto. Siempre será el que no te hubiera importado que nunca acabara. Del que te sientes orgulloso, como colocar una sóla fotografía sobre el lecho.

92 años en tu caso, maestro; ya no recuerdo ni cuántos meses, querida. Sólo que olías a Shiseido.

separador

Irving Penn falleció el pasado día 8 de octubre en su casa de Manhattan. Hay multitud de libros que resumen su extensa carrera.

Fdo. Daniel Borrás