Memento Mori
Sé que todo acaba. Que lo nuevo mañana es viejo, que aferrarse es perder y mirar atrás una costumbre de anticuario. Sé que la nostalgia es una mujer fatal vestida de recuerdos con olor a certeza y naftalina, esas certezas que, malditas sean, se te clavan en la espalda como arañas en celo y hacen de tu cabeza un sofá orejero de piel ajada y opiniones que ya no son opiniones, son sentencias.
Memento mori es una frase latina que significa “Recuerda que vas a morir“, recuerda que eres mortal. Memento Mori también significa perder la costumbre de dudar. La costumbre de poner en tela cada cambio que pisas y cada voz que no es la tuya. Porque cada certeza y cada sentencia imagino -sé- que son dos pasos más cerca de las tablas y las sombras.
Y sin embargo, cómo cuesta no respirar verdades, no creer a ciencia cierta que “ya no se hacen películas como las de antes” o “ya no se viven los bares“. Y es que ya no se escribe ni se olvida en la mesa de un bar. Ya no quedan historias ni servilletas garabateadas de pasado ni canallas ni poetas, como aquel que “Traía los folios dentro del periódico. Era todo su aparato de escritor. Las gafas ligeras, la pluma fuente, clásica, el cigarrillo egipcio que un botones le traía del Casino, los puños fuera, desmesurados, las manos anilladas, las uñas lacadas, la letra bellísima, urgente, personal y clara“. Ya no quedan Ruanos ni Umbrales, sólo futuro vestido de tinta electrónica.
En el bar se bebe, pero hubo un tiempo en el que también se construían castillos de arena sin plazos ni hipotecas. Hubo un tiempo donde coleccionábamos horas muertas -antes, ya ven, cuando el tiempo a veces moría de puro lento- horas de cafés, tertulias y relojes sin pilas de cuarzo. Qué pena.

Sólo un último ruego antes del fusilamiento. Un repaso por tres cafés literarios. Dos que fueron. Uno que es. Ninguno será.
· Café Pombo (Carretas, al lado de Sol). Trinchera de las primeras tertulias literarias, sábados por la noche, de Ramón Gómez de la Serna: “La Sagrada cripta del Pombo“. Un lienzo de José Gutiérrez Solana da fe del crimen.
· Café Teide (Paseo de Recoletos, ahora Mafre). Casa del maestro de las ochocientas palabras: César González-Ruano. “Llegaba por las mañanas a Teide, entre nueve y diez, en un taxi, dejaba sobre la mesita la pitillera de oro, firmada por Alfonso XIII, y las cerillas de cocina, tosía “lo reglamentario” y se sentaba a escribir, envuelto en franelas cálidas, cesarísimo”.
· Café Gijón (Paseo de Recoletos, 21). Madrid, simplemente Madrid. Mi Madrid de tinta, papel y Manhattans. Aquel que sube por Huertas, Juan Bravo y baja por esa calle manchada del “todo es ahora“. Sin planes ni más futuro que el pasado. Que se dice pronto.
“Desde el final del siglo pasado, el café Gijón ha sido un lugar de encuentro entre el pensamiento y el chocolate con picatostes. Aquí, alguna tarde Galdós se mató las pulgas y, colgado de la propia barba, Santiago Ramón y Cajal se citó con una tanguista, y Arniches inventó madrileños que hablaban con la boca torcida, y Jardiel Poncela escribió con tijeras de poder, y Umbral se hizo la manicura con dos artículos díarios a sus uñas de tigre señorito“.
Fdo. Jesús Terrés
Hoy todas las palabras están cansadas. Hoy, dandi, esa palabra con lo que se llenan la boca gurús de la moda y niñatos del viso, huele a impostura y humo. Huele a terciopelo entallado, lujo de saldo y crooners de barra. Huele a envoltorio, que es peor -bastante peor- que nada.
Y qué pena, porque era el dandi quien representaba -cuando germinó en la pérfida Albión de finales del XVIII- la avanzadilla del arte moderno, su aspecto más cómico y brutal.
El dandi nació en la época de los sentimientos eternos, de las convicciones graníticas y las devociones heroicas -¿y no son así todas las épocas?- y quizás por eso el dandi se confiesa, burlón, ajeno a tales congruencias. Pierre Louÿs se permitía incluir en su lista de pasiones únicamente tres cosas: el papel blanco, los libros viejos y la mujer morena.
El dandi no es sólo pose y anticuarios.
El dandi es exceso, voluptuosidad, futuro, color, impertinencia. El “soberano de lo transitorio” que ya sólo cree en una guerra. La perdida.

Artificio
El dandi prefiere a la espontaneidad, la originalidad; a la naturaleza, el artificio; al abandono romántico, el dominio de sí o, mejor dicho, la presencia del yo a sí mismo.
Porque en una sociedad tan artificiosa, sólo el artificio permitirá ser natural. No hay nada, por tanto, más sensible que esa insensibilidad que el dandi se propone alcanzar.
Belleza
He encontrado la definición de lo Bello, es un algo ardiente y triste, algo que sugiere un aire de melancolía, de cansancio e incluso de hartazgo. Yo no quiero decir que la alegría no pueda ir de la mano de la belleza, pero sí mantengo que la alegría es uno de sus adornos más vulgares”, Baudaleire.
La belleza es triste porque en la sociedad no se puede ser feliz y porque sólo el dolor crea un a distancia entre el individuo y la realidad que pueda garantizar a éste un espacio suficiente para sobrevivir.
Coleccionismo
Poneos a coleccionar cualqueir cosa y encotraréis el lingote de la felicidad en calderilla. Una manía es el placer que ha pasado al estado de idea”, Balzac.
Los objetos coleccionados están en casa como los tatuajes en el cuerpo. Son la tentación extrema de grabar un sello imborrable sobre una de las materias más evanescentes, el rasguño extremo del yo que se precipita en el tiempo intentando, para retrasar su caída, aferrarse a la lúcida superficie de la nada.
Orden
El dandi busca el orden, investigando metódicamente ese azar, esa casualidad, cuya secuencia representa el orden de la vida. Por eso el dandi se concentra de tal manera en su tarea que la olvida, por lo que la lleva a cabo con esa naturalidad que caracteriza toda obra maestra. La improvisación se manifiesta entonces como el resultado de una larga preparación, de una técnica que sirve sólo para olvidares de ella, para transformarse en arte. El triunfo de la calidad anula el reino monótono de la cantidad, sobre cuyos cimientos ha sobrevivido.
Pasividad
El dandi es pasivo en un mundo de falsa actividad. Con su pasividad, con su inmovilidad desvela cuanto se esconde tras el aparente movimiento que lo rodea. Él prefiera aguardar, reflejando en su narcisista lentitud y flema la línea real de evolución del hombre. Al no alejarse jamás de sí mismo, se considera siempre com origen y término de sus propios actos. El dandi es su utopía.
Soledad
El dandismo es la codificación de la soledad, la resistencia tierna y desesperada a la exclusión de un mundo que acepta sólo a quien se somete por enterno a sus exigencias. Nacido de un acto reflejo de repulsa contra la sociedad, el dandi transforma la contingencia en elección, por eso sus relaciones no implican jamás grupos sociales enteros, sino sólo individuos, diversos y desiguales entre sí que mantienen una unidad sólo gracias a su elección. Libertad es exilio. Soledad.
Fdo. Jesús Terrés
Es difícil hablar de amor sin parecer un auténtico gilipollas
No obstante, vamos con ello.
Amor, dicen los neurólogos, es eso que se cuece en nuestro cerebro cuando bailan varias sustancias juguetonas: la serotonina, la oxitocina y especialmente la feniletilamina, que actúa sobre el sistema límbico y provoca las sensaciones comunes en el enamoramiento -apego, cariño- y la dopamina culpable del placer -meter, sacar, ya saben-. La dopamina, por cierto, es una hormona que también producimos cuando ingerimos chocolate o queso. Chúpate esa, Osho.
Amor, dicen, es el cuento que nos tragamos después de los Reyes Magos y antes del relicario -cuando, supongo, cualquier cuento nos sirva-, el juego de marionetas con el que disfrazamos el sinsentido de los días grises y las cajas vacías. El traje nuevo del emperador que planchamos cada noche de luna llena y medias verdades. Esas que no queremos ver.
Y sin embargo
Y sin embargo que difícil es no sentir calambre donde dicen que sólo hay notas. Qué dificil, creer que los días en la cabaña de Robert Kincaid y Francesca son sólo pedazos de plástico en 35mm, fotogramas enlatados en algún lugar tras la sala. Difícil imaginar que, en realidad, en la copa sólo hay polifenoles y uvas fermentadas en barricas de roble.
Putas en la ópera, repiclantes, chelos olvidados, píldoras azules, príncipes, princesas, fe y mentiras. Son tantos los momentos, que cuesta ver los hilos del titiritero…
Una de esas historias es la de Alfred Stieglitz y Georgia O’Keeffe. Fotógrafo. Artista. Amantes.
Stieglitz es, probablemente, lo más parecido a Picasso que ha tenido la fotografía, creador de la ‘291 gallery’, desde donde introdujo a los contemporáneos europeos -Rodin, Cezanne o Matisse- en el asfalto neoyorkino. En la ‘291′ conoció a O’Keeffe -pintora cercana a la abstracción- dejó a su mujer y se casaron en el año 1924 de nuestro señor.

Desde ese momento, Stieglitz abandonó los barcos y la naturaleza -temas habituales en su obra- para fotografiar sólo a Georgia. Sus manos. Sus pies. Su cuerpo. Sus ojos. Sus muñecas, el perfil de su cuello, las sombras en su nuca. Decenas. Cientos. Miles de instantáneas a lo largo de los años, hasta la enfermedad y el fin.
Cuesta, ¿verdad?
Fdo. Jesús Terrés
Volvemos a Borgoña
Borgoña es el pasado. La esquina doblada, la última línea de defensa de una batalla ya perdida. Y sin embargo allí, en la estrecha franja que recorre el sur desde Chablis hasta los suburbios de Lyon, los viticultores resisten mirando hacia su único refugio: la tierra.
Porque en Borgoña no importan las marcas ni los nombres, sólo la tierra. Por eso conocer sus vinos es la cima más alta del amante del líquido rojo, porque adentrarse en Borgoña es hacerlo en un laberíntico puzzle de parcelas, viñas y pueblos: Meusault, Vosné Romanée, Chassagne-Montrachet, Puligny-Montrachet, Nuits-Saint-Georges, Vougeot…
La honestidad Burgoñina
El terruño, en Borgoña, es el fundamento de todas las cosas. La noción de terroir es un concepto amplio que enbloga a la vez factores naturales y factores humanos. Fueron los viticultores, ayudados a veces por el trabajo de los monjes, los que descubrieron -su origen se remonta al principio de la edad media-, idendificaron y dieron valor a los viñedos.
Hoy, tras más de mil años, el terruño continúa significándolo todo en Borgoña , y sigue siendo su alma e identidad y un concepto, el de terroir, copiado -y mal imitado- en todo el mundo. Tipicidad, tradición, autenticidad, verdad, tierra. Todos esos adjetivos con los que se llenan la boca bodegueros y campañas de marketing nacieron aquí, apenas trescientos kilómetros al este de la ‘ciudad de la luz‘.

La base del terruño está constituida ante todo por el subsuelo y por el suelo del cual la vid extrae las sustancias nutritivas necesarias para iniciar la alquimia de los colores, aromas y sabores. Los viñedos se dividen en un mosaico inmenso de millares de climats -parcelas- tan pequeñas, a veces, como Romanée -la denominación más pequeña del mundo con 0,8 hectáreas-. Como es lógico existen importantes diferencias de terruño en cada viñedo y diferencias geológicas cada metro cuadrado, ¿y acaso no los hay, entre cada persona?
Los tres componentes principales del sueño de la Côte d´Or son la caliza, la arcilla y el sílice; los suelos arenosos ayudan a crear vinos ligeros, la arcilla favorece la potencia y estructura de los tintos, el músculo y el tanino. La caliza, sin embargo, es culpable de aromas intensos y complejos.
No me olvido de otro factor -el último-: las manos del hombre. Porque aquí, en Borgoña, viticultores, enólogos y bodegueros dedican cada minuto de su vida a la tierra. Su tierra. Y viven con apasionada lealtad cada pequeño matiz del tiempo, cada atardecer, cada promesa de sol o de tormenta.
Fdo. Jesús Terrés
El sexo vende
Fácil, ¿verdad? Arte y sexo. Eros & Tánatos hacen caja y llenan de ocasionales las colas de los museos. Lágrimas de Eros sin ir más lejos, fue la exposición más vista del año en el coso de la Baronesa. Culos y tetas, Baronesa. Culos y tetas.
Un poco más allá nos lleva Christoph Büchel en el museo vienés La Secesión, donde ha construido una réplica del club de bondage e intercambio Element6. Imaginen la escena: strippers, bodies de látex, gemidos, gritos, torturas, lenguas y coños. La exposición se llama Espacio para la cultura del sexo y el visitante puede mirar, tocar y morder.
¿Se imaginan el resto, no? Exacto, sold out y colas abarrotadas.
Sexo. Supongo que tiene sentido. El sexo por el sexo. Frente a la crisis, sexo. Frente al despertador y los días grises, sexo. Frente al desencanto, la caja tonta y los cereales con fibra, sexo. El sexo es anarquía porque no esconde mensaje en la botella, porque no es tuyo ni mío ni entiende de planes, de éxito o fracaso. Frente a la vida el sexo, que es morir un poco cada día. Bendita muerte.
El sexo se vende
¿Algo no se vende? La sala de subastas Phillips de Pury & Company pone a la venta un lote temático dedicado al arte del sexo.
La subasta Sexo contará con un total de 221 piezas que reflejan la interelación entre el sexo y el arte contemporáneo. El placer sucio y eléctrico enmarcado en los límites del lienzo. Desde la obra abiertamente sexual de Thomas Ruff a los desnudos más sutiles de Tom Wesselmann y Henri Matisse. Y qué nombres: Nan Goldin, David Drebin, Stephane Graff, David Hockney, Helmut Newton, Mobuyoshi Araki, Bruce Weber o Terry Richardson. Cremita.
Así que mejor les dejo con ellos, con el sudor, los culos y las medias rotas:
Fdo. Jesús Terrés
Borgoña es la ‘verdad’, el Everest del aficionado al vino y final del camino, de todos los caminos
Los aficionados al vino somos unos listillos amargados.
No podemos disfrutar sencillamente del vino por lo que es, es decir, disfrutar el vino por el mero placer de beberlo, porque nos embriaga y nos reconcilia con nosotros mismos y con la vida. No podemos beber vino de un modo básico y superficial como disfrutamos de un paella al sol o un polvo apasionado. No. Tenemos que parecer enrevesados y buscar los tres pies al gato, necesitamos creer que la copa esconde algo más, necesitamos oler el aroma a trascendencia y alcurnia, imaginarnos cómplices de una secta de pocos elegidos ungidos con el don de un supuesto placer supremo. Tonterías, claro.
Por eso se agradece una cata como la que organizó el Centro Torres de Valencia, de la mano de Lionel Vigneron -enólogo de Bodegas Torres-. Porque el corazón de Francia -y del vino- se presta a la lírica exótica y sin embargo nos la presentaron como lo que realmente es: viñedos, crus, personas, uvas, sueños y tierra.
Para entender Borgoña hay que entender el concepto de terruño. Porque el terruño es la razón de que Borgoña sea un mosaico inmenso, compuesto de millares de parcelas. ¿La razón de ser? la tipicidad en el terroir. Terroir, en pocas palabras, significa defender lo que eres, y no lo que deberías ser. Y en Borgoña el terruño se expresa en cada una de sus grandes cinco regiones:

Chablis.- El viñedo de Chablis se extiende en el Yonne sobre 20 municipios alrededor de su capital: Chablis. La uva que cubre las más de 2.300 hectáreas es la ‘gran dama blanca’ Chardonnay.
La Côte de Nuits.- La Côte de Nuits es el refugio de algunos grands crus tintos con nombres míticos, se inicia en la ciudad de Dijon y se extiende hasta el sur de Nuits-Saint-Georges. En su morada habita la más sensual y caprichosa de las variedades: la Pinot Noir que alimenta, entre otros, el mejor mejor viñedo del mundo: Vosne Romanée.
La Côte de Beaune.- Los viñedos de Côte de Beaune rodean descaradamente la pequeña ciudad de Beaune y continúan por el sur hacia Pommard, Volnay y Meursalt. En medio, la parcela de 8 hectáreas de Le Montrachet es el viñedo blanco más famoso del mundo.
La Côte Chalonnaise.- Se extiende a lo largo de las ondulantes colinas entre Côte d´Or y Mâconnais, se producen tintos y blancos, antaño criticados por su carácter agreste. Sin embargo hoy esconde una de las mejores relaciones calidad-precio de Francia.
Le Mâconnais.- Hogar de la uva Aligoté y de excelentes blancos afrutados elaborados con Chardonnay, los mejores caldos se esconden en Pouilly-Fuissé, lejos, eso sí, de los grandes nombres de la Côte d´Or.
Borgoña es tantas cosas
Les juro que venía dispuesto a hablar de viñedos y grands crus, pero con Borgoña es tan difícil… porque Borgoña es armiño, música y la sensualidad perfumada de terciopelo y cerezas ahumadas. Borgoña es calidez y recuerdos; atardeceres, soledad y aquel rincón olvidado…

· En Borgoña se cultivan esencialmente tres variedades: Pinot Noir, Chardonnay y Gamay (en la zona de Beaujolais).
· Una excelente selección de Pinot Noir de Borgoña.
· Los 200 mejores Pinot Noir de Borgoña según Wine Advocate.
· La bonita carta de amor de Juan Ferrer-Enópata a la “Condesa descalza” (Chardonnay).
Fdo. Jesús Terrés
De vinos por la ciudad del exceso
Valencia es un puto caos. Un día te levantas y terminas el café con un flamante ingenio arquitectónico frente a tus narices -el “más alto de Europa” por supuesto-, el siguiente amanece un nuevo barrio junto al mar o, qué sé yo, otro macroevento de chinchón y opereta. Entre tanto, los espectadores observamos el circo desde algún lugar entre el aplauso y el susto. “Show must go on” o mejor, “dit i fet”, que dicen por aquí. Todo es ahora; y mañana, colega, será otro día. En Valencia no hay planes, sólo personas en un pinball de calles, noches y terrazas sin sillas vacías.
Gente, ruido y, claro, vinos. Así que aquí les dejo una guía para recorrerte la ciudad de tasca a tasca huroneando eventos, presentaciones de bodegas, catas gratuítas y saraos varios. Cortesía de las crónicas en el periódico y el mantel sin velas.
De nada.

· Casa Montaña. De mayor quiero ser como Emiliano García. Mentira, me conformo con un tercio de su energía, de su pasión y el brillo en sus ojos. Qué hambre de vida, joder. Su base de operaciones es Casa Montaña, uno de las tascas con más solera de Canyameral -¿qué pasará con Casa Montaña, Rita?-. Punto de encuentro de políticos, intelectuales y artistas, hoy es santo y seña de la ciudad del exceso. Y qué habas, rediós.
Cada cierto tiempo, y de la mano de Alejandro -el hijísimo- algunos martes y algunos jueves organizan catas, presentaciones de bodegas, charlas y porfías. Siempre gratuitas y siempre regadas de buenos caldos.
· Bodegas Torres no para. El Centro Cultural del Vino de Valencia, escondido a la vera del Mestalla acoge, semana sí y semana también, monográficos y catas donde merece la pena refugiarse y olvidar los atascos o las terrazas atestadas de cerveza y ruido.
Para que se hagan una idea, hasta ahora he asistido a un curso de corte de jamón, algún monográfico sobre Borgoña, he visto pelis sobre vino, bebido vinos biodinámicos, champagnes, caviar y romería -al Dioni, claro-. No digo más.
· Paladarte es una nueva enoteca (Avda. Francia 18) que apuesta por el vino valenciano como estrella de su escaparate. Valiente envite, el de Raquel y Óscar. Valiente porque apuesta por el vino de aquí y valiente porque hay que tenerlos muy gordos para abrir la persiana en medio de este corralito de trileros y listillos. Y hacerlo, además, vendiendo vino.
En Paladarte se presentan bodegas -Chozas Carrascal o Hispano Suizas- , dan cursos de cata y estas semanas andan metidos en un monográfico dedicado a la degustación de Gin Tonics. Ya saben donde pueden encontrarme.
· Envinarte. El mundo sobre la mesa. Al menos ésa es la intención de Teresa Almeida -sobrina de Cristina Almeida-, apasionada del vino y artífice de esta peculiar tienda de la calle Serranos. Peculiar porque los vinos comparten estanterías con baberos de los Rolling y aceites de oliva. En fin, mujeres.
Los cursos de cata y los monográficos son interesantes porque Teresa se deja la piel en cada coma y en cada lágrima.
Y de regalo, queridas lectoras de ArterEgo, el ‘Manual de Iniciación a la Cata‘ que distribuye a sus miembros.
· Fin de trayecto en Entrevins (Reina Doña Maria, 3) de la mano de Guillaume Glorie, mejor sumiller de la Comunidad Valenciana y, desde hace sólo unos días, nombrado mejor sumiller de España en Madrid Fusión. Una suerte de bistró en las entrañas de Ruzafa, un oasis gastronómico en ese barrio de modernos y progres con vigas de madera en el salón. Entrevins cuida el vino y las pequeñas bodegas, esas que no lucen en la Guía Peñín ni en El País Semanal. Lo mejor, las catas maridadas y el respeto a la cocina de mercado.
· La Asociación de Sumilleres de la Comunidad Valenciana, por cierto, organiza habitualmente saraos y francachelas varias. Lo mejor de la fiestas, el ambiente relajado y las (tímidas) ganas de hacer cosas que se perciben en el sector. La sensación de que no somos más ni menos, sino simplemente “esto”. Y en la fiestas, claro, mucha niña mona, mucho “guarda mi tarjeta” y algún que otro gorrón haciendo cola con un plato de jamón en la mano y el queso en la otra, ya saben “cari, aguántame la copa”. España, en pocas palabras.
Fdo. Jesús Terrés
Vorticismo y música Pop
Conocí a los vorticistas -para qué engañarnos- en las páginas de Cosas que hacen BUM, el segundo libro de la trilogía adolescente de Kiko Amat, el viaje en clave pop a la mente delirante de Pànic Orfila, la odisea en torno a la cual descubrimos todas -y son un huevo- sus obsesiones: el surrealismo, el satanismo, los situacionistas, Max Stirner, la música soul, la masturbación y Eleonor, una chica de su instituto. Para colmo también se une a los Vorticistas: un extraño gang de dandis revolucionarios del barrio de Gràcia que posee un amenazador plan secreto.
Vorticismo, diantres. Me sonaba como a títulos de crédito de Saul Bass, a la Dreamcast y las canciones de los Smiths. “Please, please, please let me get what I want” y todo ese rollo afectado que se nos pega al culo en la adolescencia. Un día lees cómics de Daredevil y al siguiente Zasca! todo es gris y pesado y leeeeentoooooo. Y sólo escuchas el crujido de las cuerdas de John Cale y el sonido de la indiferencia de la Eleonor de turno. Puta Adolescencia, creo que lo llaman.
Vorticismo, pues vale. Un día, años después, Eleonor ruge bajo tus dedos y el gris es azul y todo lo que ardía ahora sólo calienta. Y cada día ya no es una vida sino un problema, y cada llamada ya no es un calambre sino una pregunta. Y tú, se supone, ya conoces algunas respuestas. Madurez, creo que lo llaman.

“No me importaba saber que su salvajismo y desparpajo estaban, en algunos casos, condenados a muerte. Que era su único tubo de escape, y estaba a punto de atascarse; como universitarios que sólo se emborrachaban al terminar los exámenes, heavys a punto de cortarse el pelo y casarse con grandes gordas. Rebeldes a media jornada, nihilistas de colonia de verano que, cuando vuelven a casa, retornan a la rutina diaria. Y su insurrección pequeñita queda como un souvenir, como un burrito de paja que se trajeron de sus vacaciones en el desmadre de otros.
La desobediencia como crucero en el Caribe. El inconformismo como intermedio, como tiempo muerto, como actividad extraescolar, como apuntarse a cursos de ballet o guitarra o alemán. Como algo que hacer hasta que el verdadero deber llama. Hasta que llega la hora de madurar y hacerse adulta y retour à la normale, olvidarlo todo.”
Wyndham Lewis · El hombre tras el telón
Hoy es martes. Han pasado demasiados veranos, resacas, cómics, preguntas y Eleonores. Y abres el correo y te encuentras con Wyndham Lewis en la Juan March. Lewis, el misterio, la “Vanguardia en un solo hombre“, el esquivo fundador del Vorticismo escribió más de 50 libros, redactó manifiestos, editó revistas y produjó una fascinante obra, que incluye desde composiciones cubofuturistas y abstractas hasta los retratos.
“La personalidad más fascinante de nuestro tiempo” –como escribiera T. S. Eliot en 1918– y “el mayor retratista de todos los tiempos” –como lo saludó Walter Sickert en 1932– pionero de la abstracción, pintor de guerra, novelista, ensayista, editor, crítico y, claro, vorticionista. Y se presenta en Madrid con la primera exposición presentada en España que es, además, la más completa realizada en el mundo desde la antológica que le dedicara la Tate en 1956, un año antes de su muerte. La exposición presenta la vida y la obra artística y literaria con más de 150 obras y más de 60 libros, 10 revistas y manifiestos.
La locura que desatamos por pasión es lo más cerca que nunca estaremos de la grandeza, Pànic”.
Fdo. Jesús Terrés
Las imágenes tienen olores. Las de Eduardo Arroyo huelen a sudor y lamparones, al tintineo de los zapatos de piel sobre el cemento y la verdad sobre la lona. Arroyo amaba el boxeo hasta la locura y lo sigue amando hoy, cuando el pugilismo huele a rancio y clandestino, ¿por qué?
si son sólo dos hombres sobre un cuadrilátero, con cuatro guantes y cinco normas. “Salvajismo para tarados” dicen quienes aborrecen el ¿deporte? del KO, ese que remonta al siglo XVI, ese que han colocado junto a la caza y los toros como símbolos de vergüenza. Bendito progreso.
Crochet, gaoneras y preguntas sin respuesta
Me preguntan a menudo cuál es el misterio que habita en el albero, cual la razón de seguir amando ese espectáculo triste y vergonzoso.
Es fácil. Nos recuerda qué es eso de vivir, porque fuera de la plaza -y del ring- la vida sólo nos regala emociones antisépticas, buenas intenciones, yogures biólogicos y talante descafeinado. La vida, nos dicen, es mejor envasada al vacío, congelada y fria tras el cristal del seguro médico y el gimnasio con pilates. En la plaza -en el ring- no hay cristales ni profilácticos. Sólo vida. Y nos recuerda que también somos carne, sangre, vísceras y sufrimiento. Nos recuerda que vivir duele. Que morimos como vivimos, y que demonios, sí, todavía merece la pena levantarse tras la caída.
Decía Hemingway que todas las vidas son la misma vida, que “sólo los detalles de cómo un hombre vivió y cómo murió lo distinguen del siguiente“.
¿Cómo no amar aquello que nos lo recuerda?

Cinco imágenes de cinco películas sobre cinco cuadriláteros
Cine y boxeo. Sin más. No se puede leer la historia del cine sin subrayar páginas y páginas de amor al boxeo y el cuadrilátero. El cine -el arte, redios- ama al perdedor. La pantalla adora el desgarro y el todo-por-el-todo. El all in sin medida ni red bajo el trapecio, “es mi última carta, nena” y el fulano arrastra las fichas sobre el tapeta y damos juntos un último trago, y joder, todos queremos que gane (aunque todos sabemos que no la hará). Pero soñamos -durante un segundo- un final feliz con chica guapa y perro en la puerta de casa.
El cuadrilátero es el perfecto refugio del loser. La toalla ensangrentada, la batalla perdida pero aquí estoy, de pie. No es como caes, sino cómo te levantas.
1. Toro Salvaje. “La” película de boxeo. Scorsese, De Niro y Schrader con el mojo al máximo. Y eso, no me jodan, es mucho mojo.
La escena: La Motta y Pesci dialogan apoyados sobre la mesa de mármol. Ostias, esto es CINE.
2. Marcado por el odio. New York bajo la lente de Joseph Ruttenberg y Paul Newman en los calzones de Rocky Graziano.
La escena: Paul Newman y Sal Mineo dándose estopa. La primera gran pelea de la historia del cine. Todo lo que vino después -salvo el Ali de Michael Mann- es una copia de esto.
3. Million Dollar Baby. ¿Qué decir de la mejor película del mejor director vivo? En ArterEgo besamos tu culo, Clint.
La escena: El hijo de puta de Frankie Dunn le regala un batín a Maggie Fitzgerald con una extraña sentencia en gaélico: Mo Cuishle . Y a todos se nos encoge el corazón. Mo Cuishle: “mi niña, mi sangre“.
4. Rocky. Que sí, que ya me sé lo de los tópicos y toda la basura que vino después. Pero no me jodan, hombre, que es Rocky Balboa.
La escena: El potro italiano entrenando, después de desayunar seis huevos sin batir, sale a correr entre la basura y la niebla, subiendo las escaleras que llevan al museo de Arte Moderno de Filadelfia. Mierda, todos somos Rocky.
5. Cinderella Man. Pasó relativamente desapercibido este peliculón de Ron Howard. Crowe y Giamatti están impecables -como siempre, vaya-, en parte porque Russell Crowe encarna como nadie -Brando no cuenta, claro, es Dios- la figura del hombre que se viste por los pies. Ese animal -tierno y salvaje- al que sólo le queda su palabra.
La escena: Braddok se arrastra -y manda a cagar a su orgullo- y tiene que pedir limosna ante los que juró que jamás se arrastraría. Si esto no te pone los pelos como escarpias es que no tienes jodida sangre en las venas.
Fdo. Jesús Terrés
El verdadero miedo yace en nosotros mismos.
Lo sabía Don Alfredo, y por eso escondió al miedo tras la tapa de nuestro cerebro y lo llamó esquizofrenia, allá lejos de los sustos infantiles y el asesino en serie. Zas. Lo sabía también Polansky, cuando robó al diablo de las sacristías y lo plantó en el útero de Blancanieves, que somos -claro- todos nosotros.
Sin embargo hoy el miedo es pocho y tontorrón, huele a farmacia y a palomitas saladas, a ese miedo teenager que llena las salas de tarugos y las gargantas de gritos fáciles, con la niña abrazadita al manso de turno. Sustos enlatados y listos para servir, tickets de trenes que llevan a habitaciones oscuras, lejos de aquí. Lejos de ti. Porque tu sigues aquí -segura y calentita- abrigada tras el calor de la manta de tu inocencia y el máster pagado a plazos. Gracias mamá.
“No utilizaba su ingenio para hacer cosas, sino para hacer que las cosas parecieran lo que no eran”
Alison Bechdel se enfrenta al peor de los miedos. El miedo a no saber quién eres. A recorrer el camino difícil, el que atraviesa tópicos, recuerdos edulcorados y haz-lo-que-debes-hacer, el camino que se encara ante el marco de la fotografía que pensaron para ti, que se enfrenta a todos los planes -domingos, biberones y cubiertos de La Cartuja- que intuyes no son para ti.
El miedo, aún peor, que palpita en cada familia, el temor de no re-conocer a quien se sienta a tu lado, a ver con desasosiego al extraño que posa junta a ti en la foto enmarcada.

“Empezamos a encarnar una historia… pero no supimos sostenerla”
Alison Bechdel escribió Fun Home con 48 años para saldar una deuda, una autobiografía donde afronta su homosexualidad y el secreto que habita en su familia. Pero Fun Home -como las grandes obras- es mucho más. Y -como las grandes obras- esconde, tras la crudeza y el desamparo, una carta de amor a todo aquello por lo que merece la pena vivir -¿o no es El Padrino una carta de amor a la familia como lo es Grupo Salvaje a la amistad?-.
Fun Home respira en cada línea amor la literatura “Desde que abrimos el libro, desde la primera viñeta, hay un personaje con un libro abierto. Prácticamente en cada página encontraremos a alguien leyendo. En primer plano, en segundo plano; participando de la acción o no, pero siempre con un libro en las manos. Y, a medida que vamos leyendo, vamos comprendiendo que es algo más que una pose o la reivindicación de la lectura. El propio espíritu de lo que vamos leyendo es la literatura.”
Me preguntan a menudo por un cómic que merezca la pena, de esos que crujen y pellizcan el alma. Aquí lo tienen. Se llama Fun Home. Leánlo.
Sin miedo.
Fdo. Jesús Terrés
“Los arquitectos dionisiacos, qué contradicción hay en que el dios del instinto y de la sinrazón sea evocado por arquitectos, que son los hombres más sóbrios y apolineos”, Sir William Gull.
Masonería y tabús de tres al cuarto
Hay temas intocables. Palabras que cortan como navajas en la mesá del café y los tópicos. Ya saben, tabús, sillas incómodas vestidas de palabras que nadie dice.
Tabú es el sexo anal, la política y la ternura, y tabú es, claro, todo aquello que cruza la línea de lo íntimo, esa habitación cerrada de la que no hacemos copia de llaves. Curioso, cuando lo que escondemos es a menudo lo más nuestro.
La Masonería es una de esas habitaciones cerradas, un hidalgo altanero que no devuelve la mirada, que sigue su camino con las manos en los bolsillos mascullando “No somos secretos, somos discretos“. Curioso, hoy que sólo nos sirve la luz bajo los focos.
Masonería e Ilustración en el MUVIM
Discretos, pero no tanto. La exposición se enmarca dentro de unas “Jornadas Internacionales sobre Masonería” y presenta una amplia selección de objetos, pertenecientes al Museo de la Francmasonería de París, y constituye una introducción al sistema de represetanciones simbólicas propioo de la masonería, a partir de su creación en Francia, en el el siglo XVIII, en el marco del conjunto de ideas y propuestas que dieron lugar a la Ilustración.
Porque sí, vale, escuchamos Masonería y no es difícil imaginar albañiles, escuadra, regla y compás. Imaginas arquitectos locos ideando catedrales góticas en la vieja Europa, trazando ángulos imposibles y arañando secretos en cada pared. Tallando secretos en cada piedra.

Historia, respuestas y habitaciones cerradas
Vale, quizás vea demasiadas películas. Momento de desempolvar las gafas de pasta y huronear entre los pasillos de haya de la Biblioteca Pública.
Al lío: La historia de la francmasonería es una red liada de forma imposible, situación a la cual no ayuda la extremada vehemencia de los francmasones a la hora de establecer precedentes antiguos de su orden. Oficialmente, la orden empezó a existir en 1717. Antes de esa fecha, podría decirse que la Hermandad de Los Masones Libres y Aceptados tan sólo era un gremio de contrucores constituido por albañiles vulgares y corrientes. No obstante, existen datos que sugieren que existiría algún tipo de hermandad secreta o arcana antes de dicha fecha, y que esta oscura organización fue la que que se fusionó con los gremios de constructores existentes cuando decidió hacerse pública en 1717.
En su excelente estudio sobre el orgien de la Francmasonería, Born in Blood, John J. Robinson sugiere que la organización podría tener sus orígenes a principios del siglo catorce, y que originalmente se había establecido como una red de soporte para los Caballeros Templarios, que en aquella época huían de las torturas y de los inquisidores del Papa Clemente V.
Los propios masones han buscado su origen en diversas fuentes y parece ser que la teoría más popular es la que se presenta aquí: que los arquitectos dionisíacos de la antigua Atlantis que se fueron a construir el Templo de Salomón y otras tantas maravillas del mundo antiguo acabaron finalmente revelando sus secretos a los gremios medievales de constructores, que a su vez los revelaron a los francmasones.
Masonería. Hoy. Aquí
Joan Palmarola, masón con galones en las logias mediterráneas, chapa el debate del sectarismo con un elegante “Rotundamente, no. Las logias masónicas están registradas en la Generalitat como asociaciones sin ánimo de lucro. Además, cualquier persona libre y de buenas costumbres puede entrar en ella“.
Buenas costumbres.
¿No es genial?

· Masonería e Ilustración, hasta el 14 de febrero de 2010 en el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad.
· Un excelente recorrido artístico por “El Madrid de los Masones”.
Fdo. Jesús Terrés
Es penoso vivir con miedo, ¿verdad?“, Brion James
Se supone que estamos perdidos. Se supone que ya no sabemos quienes son nuestros hijos, que olvidamos por qué peleamos, que somos juguetes rotos, perdidos entre los wish list de todas las cosas que seguramente nunca tendremos.
Y sin embargo coleccionamos razones, listas de cosas por hacer, catecismos, chinchetas en el mapa del ego y eso-que-se-debe-hacer, las medallas, los conciertos, la mesa en Can Roca y el colegio inglés.
Tú, que arañabas mañanas con tus llaves en la puerta ajada del baño de aquel bar mugriento, donde cada paso era una vida. Tu vida.
If he sees nothing within, then he should stop painting what is in front of him“, Caspar David Friedrich
Se supone que no hay mañana, y sin embargo planificamos cada paso que damos al ritmo de las buenas intenciones y los pagos a plazos. No hay mañana, pero tú envuelves regalos de una navidad en la que no crees. Es “lo” que hay que hacer.

Hace 250 años un movimiento abrasó las entrañas de la Europa ilustrada y clavó en ella un estoque que sangra hasta hoy. Se llamaban románticos. El romanticismo germinó en el lodo del clasicismo, el racionalismo y el pensamiento de escuadra y cartabón. Basta de reglas, era su credo. Su único credo.
Hoy no queda nada de aquello, sólo postales y frases huecas en puertas de lavabos. Y qué pena, el romanticismo prostituído en baladas de medio tiempo y fulanas enamoradas. En casas pintadas de azul y amor de postal. Qué pena.
Friedrich representaba la quintaesencia del romántico: individualismo, desgarro y muerte. Enfermedad, sepulturas, fosas y lechuzas. Soledad y niebla, “el papel del pintor es extraer y representar lo que ve en sí mismo“.
Caspar David murió solo un día gris de mayo, y fue enterrado en el cementerio de Dresde, a la vera de su luna, su mármol y sus lechuzas.

· Caspar David Friedrich: el arte de dibujar, hasta el 10 de enero de 2010 en la Fundación Juan March
Centrada en el proceso creador del pintor más célebre del romanticismo alemán, la exposición incluye 70 obras sobre papel en diversas técnicas y con motivos y temáticas diversas: árboles, paisajes, ruinas y edificaciones y arquitecturas.
La exposición nos acerca a la sustantiva belleza de sus obras al tiempo que ofrece, por vez primera, una perspectiva privilegiada acerca de la función de sus dibujos en su proceso creador. Se trata de dibujos ejecutados en plena naturaleza con minucioso detalle y, después, utilizados por el artista como las piezas de un moderno sistema de arquitectura pictórica con las que construir, lejos ya de la naturaleza –en el taller–, los paisajes sublimes que han hecho de él el pintor más importante del Romanticismo.
Fdo. Jesús Terrés
Lágrimas de Eros, en El Thyssen
El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid presentan Lágrimas de Eros, una gran exposición dedicada a los tormentos de la pasión: el lado oscuro del deseo sexual. El título de la exposición procede del último libro publicado en vida por Georges Bataille, Las lágrimas de Eros (Les Larmes d’Éros, 1961): la íntima relación entre Eros y Tánatos, entre la pulsión sexual y el instinto de muerte. El punto de partida de Bataille es la certeza de que en la petite mort del orgasmo experimentamos un avant-goût, una anticipación de la muerte definitiva.

La exposición -que incluye 119 obras, entre pinturas, esculturas, fotografías y vídeos-recorre todas las orientaciones y nichos del deseo: la mirada masculina y la femenina, lo hetero y lo homo, el voyeurismo y exhibicionismo, el bondage y el sadomasoquismo, los diversos fetichismos, etc.
Muerte, oscuridad y tormento.
¿De qué coño hablan?
El deseo es una mujer. El deseo es anhelo, carne y luz.
Deseo es una respuesta, no una pregunta.
Deseo es tantas respuestas…
Deseo, por Neil Gaiman
Deseo es de altura media. Es poco probable que ningún retrato pueda hacer justicia a Deseo, ya que verla (verlo) es amarle (o amarla)… apasionadamente, dolorosamente, hasta la exclusión de todo lo demás.
Deseo huele casi subliminalmente a melocotones de verano, y proyecta dos sombras: una negra y bien perfilada, la otra translucida y siempre vacilante, como el reflejo del calor. Deseo sonrie en breves destellos, como la luz del sol brillando sobre el filo de un cuchillo. Y hay muchas más cosas en Deseo que pueden compararse a un cuchillo.
Nunca una posesión, siempre la poseedora, de piel tan pálida como el humo, y ojos leonados y afilados como vino amarillo; Deseo es todo cuanto has querido siempre. Seas quien seas. Seas lo que seas.
Todo.
El deseo en Henry Miller
En Miller el deseo es pura sed. Necesidad, búsqueda y dolor de algo que no es, que nunca es del todo.
El narrador de las prostitutas y el humo en vena, del exceso, el incorformismo y el aroma de hoteles baratos, de la vida crujiendo a cada paso.
“La mujer raras veces desea, pero cuando lo hace es como un volcán. Cuando la mujer desea , lo mejor que puede hacer el hombre es largarse al sótano refugio contra ciclones. Nada quedará en pie, ni siquiera el hormigón armado. Porque significa que se ha quitado la tapa, que todo vale. Significa que va a salir de caza… y ten cuidado, no te vaya a cortar los cojones. Significa que, si se acerca la peste, ELLA llega primero, y con enormes correas te arrancarán la piel a tiras. Significa que se acostará no sólo con Tom, Dick y Harry, sino también con el Cólera, la Meningitis y la Lepra: significa que se tumbará en el altar como una yegua en celo y aceptará a todos los que se presenten incluido el Espíritu Santo. Significa que demolerá en una noche lo que el pobre hombre tardó, con su habilidad logarítmica, cinco mil, diez mil, veinte mil años en construir. Lo demolerá y se meará en ello, y nadie la detendrá, una vez que empiece a desear en serio.”
Acabo contigo, maestro,
Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia.”
Ole.
Fdo. Jesús Terrés
Venecia. Sin más
No todas las notas pellizcan ni son fuertes todas las emociones.
Difícil de explicar -fácil de sentir- en este hoy de hiperenlaces y presente extremo, este hoy en el que lo que deseamos -la emoción, la pasión, el amor, la melancolía- lo queremos ya. Ahora. Sin tiempo que esperar ni Ítacas a la que regresar.
No nos engañemos, hoy Ulises escucharía las música de las sirenas y después una charla, dos pares de Gin Tonics y tres polvos en un hotel business, y mañana café con leche, promesas huecas y un divorcio express cuatro años despúes, enamorado del tatuaje de su secretaria. Jódete Sirena.
Venecia no te da nada
Ni te recibe con los brazos abiertos ni te dice “quédate conmigo“. Venecia no es tu casa ni la de nadie, porque ella, claro, sólo es suya como suyos son los gatos y la luna que los consiente.
Ninguna otra, porque Venecia es un recuerdo de algo que -aún- no has vivido. Una gata perdida que no sabe, que no quiere mirar el reloj porque ya no quedan relojes que mirar. Porque sabe, al fin, que ningún reloj la espera.
En Venecia no pasan cosas. Te suceden a ti mismo
Por eso a veces es triste y a veces febril, por eso a veces es sucia y a veces luminosa, como aquellas veces en que el sol acaricia el agua del Gran Canal y roza su espalda, y se arañan, se muerden y se enamoran y cada destello es un beso que no vemos. Que no sabemos ver.
Y por eso, a veces, el sonido del mar seduce a la madera y se abrazan y crujen, susurrando notas con aroma a salitre y despedidas.
Esas veces que no decimos.
Que ya casi, maldita sea, no vivimos.
- Queda una de la que no hablas jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
- Venecia, dijo el Kan.
El emperador no pestañeó. -Sin embargo, no te he oído nunca pronunciar su nombre.
- Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mi es Venecia.
- Deberías entonces empezar cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia cómo es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella.
- Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Polo—. Quizá a Venecia tengo miedo de perderla toda de una vez, si hablo de ella.”

· La barra del Hotel Bauer.
San Marco 1459.
En pocas palabras: el mejor antro del Véneto.
Un bar sin concesiones, donde se respira el humo y cruje el parqué, un bar sin camareras del este ni niñatos pidiendo un ron cola. Un bar donde los sofás son de piel y no hay deejay, sólo un viejo perdedor tras un piano de cola.
Tras la barra gobierna Mauro de Martino, cuyas dos pasiones -cine y destilados- ensucian maravillosamente cada rincón de la taberna, cuya fonda nació en los años 30 y hoy pertenece a Francesca Bortolotto Possati, una suerte de Carmen Lomana propietaria, además, de la bodega Colmello di Grotta, en la region de Collio.
Mi recomendación: Merchant of Venice (13€)
Cóctel inventado durante el rodaje la película homónima de Michael Radford en honor a Al Pacino, retorcido Shylock que se tuvo que poner fino a base de -vodka, martini seco, manzana verde y 7up-, en el Hotel Bauer la selección de destilados es apabullante y la luz es siempre tenue. El jodido paraíso.

· Westin Regina.
San Marco 2159.
¿Qué decir del Westin?
Cuatro largos siglos de historia frente a la iglesia barroca de Santa Maria della Salute y a un paso de la plaza de las plazas, la jodida Piazza San Marco.
El barman, Giorgio Fadda, es presidente de la asociación italiana de barmans y el puto ejemplo viviente de cómo era la vieja escuela: serio, distante, educado y orgulloso. En la sala gobierna un piano que suena todos los días a partir de las siete y cócteles experimentales -esferificaciones de caviar- que conviven con la aristocracia del bebercio.
Mi recomendación: Gimlet (15€)
Ginebra, lima y zucchero, un clásico para disfrutar, por ejemplo, en la terraza del restaurante La Cusina, viendo como pasan el tiempo, las mareas y el ruido.
· Harry´s bar.
San Marco 1323.
La historia.
Es difícil separar el Harry´s de la leyenda, de Hemingway y los Cipriani. Lamentablemente, se ha convertido en una suerte de Chicote, un museo sin alma ni escrúpulos pasando el cepillo. Una puta mierda de local, en pocas palabras.
La selección de marcas es mediocre y el servicio estirado. Y cómo jode, cuando se confunde profesionalidad con estiramiento.
Mi recomendación: Bellini (17€)
Las cosas como son, Giuseppe Cipriani inventó el Bellini -champagne, frambuesas, melocotones y azúcar- y en sus fogones se gestó un plato en honor a Vittore Carpaccio, el pintor del quattrocento, un plato que quizás conozcan. Amigos, el carpaccio nació en esta tasca. Un respeto a Cipriani, coño.
· Metropole.
Riva Schiavoni 4149.
La decadencia.
Rodeando la basílica de San Marcos, frente a la laguna y la isla de de S. Giorgio se hunde este edificio del S. XVII, entre cuyas paredes Vivaldi compuso Las Cuatro Estaciones, un prodigio de exceso, arte, barroquismo y decadencia. El edén de Visconti, si levantara la cabeza.
El restaurante Met luce una estrella Michelín y una carta con más de 1.500 referencias. La mayoría francesas, afortunadamente.
Mi recomendación: Manhattan (12€)
Un Manhattan -whisky, vermut y angostura- porque para qué complicarnos, sentados en el jardín interior donde Proust -otro célebre huésped- se ahogaba en sí mismo.
Fdo. Jesús Terrés
Lo he vuelto a hacer.
Y sin embargo pensaba que no, que había aprendido la lección. Que, como tras -tantas- otras resacas había llegado a cierta nosé iluminación, imagínate: domingo, once de la mañana, el sol ruge como una feminista en Buenos Aires, no quedan botellas de pie ni cenicero sin mácula, no quedan razones ni lugares comunes ni susurros en su oreja -esos que perforan el humo y las buenas intenciones- Ni quedan ganas ni sumas sin restas y sí un pequeño hideputa que asoma entre bambalinas: arrepentimiento. El fokin arrepentimiento.
Pensaba que, en pocas palabras, no volvería a pisar una exposición de arte moderno en mi puta vida. Que no asomaría el gaznate en ningún antro en el que insultaran tan explícitamente mi inteligencia. Sin follar, quiero decir.
Oops!… I did it again
Fue en el MACBA de Barcelona, pero vaya, como podría haber sido en Cuenca, en Santa Isabel o en el IVAM.
Fue en Barcelona y era un día bonito, había desayunado croissants leyendo Babelia, había comido en Kaiku e inflado el alma con un soberbio Clos Mogador. Yupi kai yi y todo ese rollo que llaman felicidad, ese estado en el que miras la ciudad con colores saturados y ves a las feas guapas y los semáforos son una sinfonía, un coro de trompetas y timbales de caramelos de algodón que se abren paso ante tu reluciente corcel hinchado de auto engaño, pero ey!, hinchado, al fin y al cabo.
Fue en el puto MACBA, en la plaza donde los Ángeles y los EMOs patinan felices ajenos a las cuentas corrientes y el yogur desnatado. Fue en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona y el atraco la exposición se llamaba “Tiempo como materia. Nuevas incorporaciones (XXII)“. Supongo que pensé que esta vez sí, y también supongo que algún soplapollas con columna de opinión en El Cultural o Descubre el Arte me infló las gafas de pasta con alguna reflexión del palo “La Ricarda representa una pieza clave dentro de la renovación del lenguaje artístico en nuestro país: una nueva fidelidad a los principios de la arquitectura racionalista condicionada, no obstante, por un inicial realismo estructural y estético.” Uauuhhh, vamos ¿no?

Yeah yeah yeah yeah yeah yeah
¿Y dentro?
Basura, joder. Basura.
Kapitalistischer Realismus, experiencias visuales, instalaciones (sí, se pueden reír), performances (dos tazas, sí), videoarte, microutopías y decenas de “Sin título” (porque no me jodan, hay que ser muy facha y muy retrógado para ponerle título a un cuadro). Y tú andando por los pasillos con el folleto empachado en Helvética, con esa cara de gilipollas que se te pone cuando no pillas el chiste. Y cuando al fin te partes el culo resulta que no era un chiste, es más, resulta que el asunto es serio de cojones, o al menos eso parecen querer decirte los modernos que vagan por las salas en silencio, espectros entregados a la biblia del Moleskine y el palo en el culo. Entregados a la estúpida religión de usar la teoría del arte más complicada para decir las cosas más sencillas.
“Los trabajos han generado lecturas que, incluso yo, había pasado por alto” dice Asier Mendizábal, uno de los genios que expone su “obra” (el entrecomillado es mío). Y no sabes cómo te creemos, colega.
¿Y dentro, otra vez? Porque supongo que algún infleliz, a estas alturas, aún se pregunta qué colgaba de las paredes.
Basura, queridos lectores.
Basura.
El noventa por ciento del arte moderno es una auténtica estafa”.
Generoso, el amigo Albert Boadella
Fdo. Jesús Terrés