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Posts en la categoría ‘Fotografía’

Stieglitz y O’Keeffe, amor entre haluros de plata {Nº22 Romance}

Es difícil hablar de amor sin parecer un auténtico gilipollas

No obstante, vamos con ello.
Amor, dicen los neurólogos, es eso que se cuece en nuestro cerebro cuando bailan varias sustancias juguetonas: la serotonina, la oxitocina y especialmente la feniletilamina, que actúa sobre el sistema límbico y provoca las sensaciones comunes en el enamoramiento -apego, cariño- y la dopamina culpable del placer -meter, sacar, ya saben-. La dopamina, por cierto, es una hormona que también producimos cuando ingerimos chocolate o queso. Chúpate esa, Osho.

Amor, dicen, es el cuento que nos tragamos después de los Reyes Magos y antes del relicario -cuando, supongo, cualquier cuento nos sirva-, el juego de marionetas con el que disfrazamos el sinsentido de los días grises y las cajas vacías. El traje nuevo del emperador que planchamos cada noche de luna llena y medias verdades. Esas que no queremos ver.

Y sin embargo

Y sin embargo que difícil es no sentir calambre donde dicen que sólo hay notas. Qué dificil, creer que los días en la cabaña de Robert Kincaid y Francesca son sólo pedazos de plástico en 35mm, fotogramas enlatados en algún lugar tras la sala. Difícil imaginar que, en realidad, en la copa sólo hay polifenoles y uvas fermentadas en barricas de roble.
Putas en la ópera, repiclantes, chelos olvidados, píldoras azules, príncipes, princesas, fe y mentiras. Son tantos los momentos, que cuesta ver los hilos del titiritero…

Una de esas historias es la de Alfred Stieglitz y Georgia O’Keeffe. Fotógrafo. Artista. Amantes.
Stieglitz es, probablemente, lo más parecido a Picasso que ha tenido la fotografía, creador de la ‘291 gallery’, desde donde introdujo a los contemporáneos europeos -Rodin, Cezanne o Matisse- en el asfalto neoyorkino. En la ‘291′ conoció a O’Keeffe -pintora cercana a la abstracción- dejó a su mujer y se casaron en el año 1924 de nuestro señor.

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Desde ese momento,  Stieglitz abandonó los barcos y la naturaleza -temas habituales en su obra- para fotografiar sólo a Georgia. Sus manos. Sus pies. Su cuerpo. Sus ojos. Sus muñecas, el perfil de su cuello, las sombras en su nuca. Decenas. Cientos. Miles de instantáneas a lo largo de los años, hasta la enfermedad y el fin.

Cuesta, ¿verdad?

Fdo. Jesús Terrés

Richard Kern. Mujeres para no amar {Nº20 Erotismo}

Entre tu cintura y la mía, el filo de un cuchillo

El hueso marca, tanto como los que aparecen próximos a su cintura y hacen de escala que mide justo la mitad del espacio que -intuyes- habrá en línea recta hasta su vientre. Y soprende a la física con más volumen de lo que el resto presagia; nunca a los ojos, que la silueta siempre sobresale por arrogancia. Después, anuncia que sabe a leche con martini y se retira, caminando, callando los errores con su cadencia. Creo que todavía me pone. Un poco.

Una de las chicas de Richard Kern, digo. Artista total que me pilló al vuelo: el cuerpo es lo que nos hace a todos iguales; el erotismo no escapa de ninguna esfera social. Propone mujeres de rabia y dolor con cara angelical, chicas de la puerta de al lado, pecas y lunares. Todas con causa común, la de un cuerpo que agrede o es agredido. La del sexo como miseria porque la cama se ensucia y el ambiente se pudre.

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Mujeres que en sus cortos se trasvisten, bailan con armas en la mano, transgreden los roles sexuales. Hasta se queman la cara con una plancha ardiendo para parecerse a su amado, también desfigurado. Y que en fotografías lucen muslos suaves metidas en bañeras. Mujeres que cambian de forma, de sentido, de idea, de cóncavo a convexo. Humedad y hematomas en las piernas.

Con aliento en un cristal escriben sus perversiones y atraen como sirenas en mares de plomo. 7.000 segundos después decides que no sabes qué decidir y cuando pasan otros tantos recuerdas que te diste sólo 7.000 de plazo. Y llegarás a tercera ronda igual que al principio, 348 horas después. Sin saber si su cuerpo (el que retrata Kern y que existe y pasea por las calles y las noches) merece la pena. La penitencia, después de, es beber veneno.

Pintar de color mi ombligo sobre tu última vértebra

La diferencia entre el querer y el comerte son sus chicas de Nueva York. Fotografías y películas (algunas con la imapagable presencia de Lydia Lunch; hoy apetecible mujer mayor, antes diosa sucia) que confirman que ya no es necesario amar de forma insana. Que el erotismo queda. El poso de almizcle, la boca mordiendo dedos. Te deseo, te necesito. Pero no habrá forma de que alguna vez llegue a quererte. Y no hay que ponerse triste. Dos de tres no está tan mal.

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Libro recomendado: Model Release; para acercarse a su filmografía, el DVD The Hardcore Collection. De nada.

Fdo. Daniel Borrás

Amor, moda y fotos, el mismo enigma {Nº10 Enigmas}

Carta de amor #1

Yo compartía con una mujer de lunar junto a la boca. Se tapaba, justo después, con media sábana hasta el pecho y las rodillas sobre el colchón mientras se fumaba un cigarro. Sólo silueta frente a una ventana casi cerrada, de cuadraditos de luz creando fondo neutro. Imagen perfecta de Irving Penn que no retrató; un mechón de pelo recogido tapando el punto en el que se unen su cuello y su clavícula.

Carta de amor #2

El blanco y negro asesino que nos dejó de recuerdo y legado Penn (1917-2009). El hombre que enseñó a la moda a ser otra cosa y que aprendió de ella que la creación es (a veces) consumo. “Fotografiar un pastel también puede ser arte”, dijo. Arte primigenio: En octubre de 1943 Alexander Liberman, director creativo de Vogue, le pidió una portada. Él arregló un bodegón con un bolso de piel y tela marrón, un pañuelo gris, una lámina con cítricos y una nota colgada en una pared en que se anunciaban los contenidos del mes: zapatos y accesorios. Pidió la cámara prestada.

En la otra punta de la espiral, las fotografías que realizó para el Lacroix pre-crisis en abril de 2008. 65 años de diferencia para el mismo resultado. El que copió Avedon, en el que se inspiró Leibovitz. Si más es más y menos es mucho menos, el maestro marcó una línea que se encuentra incluso por debajo. La realidad siempre es mínima.

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“Querer lo que los demás no quieren”

Y eso hizo. Capaz de pasar del culo de Kate Moss al retrato de Picasso y Colette siguiendo idéntico ritual, el niño era para él igual que la mujer perfecta; el indígena similar al ciudadano de Nueva York. Capaz, también, de intercambiar sudores y fotos con Lisa Fonssagrives, bella modelo y artista. Respeto.

Conclusión compartida

Caló hondo en el mundo de la moda (”probablemente fue más famoso por fotografiar las modelos del ambiente parisino”, dice el obituario del New York Times). Como calan algunas mujeres. El amor (que crees) real no tiene que ser largo ni perfecto. Siempre será el que no te hubiera importado que nunca acabara. Del que te sientes orgulloso, como colocar una sóla fotografía sobre el lecho.

92 años en tu caso, maestro; ya no recuerdo ni cuántos meses, querida. Sólo que olías a Shiseido.

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Irving Penn falleció el pasado día 8 de octubre en su casa de Manhattan. Hay multitud de libros que resumen su extensa carrera.

Fdo. Daniel Borrás

Fotografías y sábanas manchadas {Nº8 Instantes}

Coleccionamos recuerdos

Vivimos creyendo vivir el presente. Creemos, ilusos, poder engañar al futuro y a nosotros mismos. El futuro, esa habitación olvidada que pasamos de largo en casa, que siempre es para otro, que nunca es para ti.

Y sin embargo, cada momento presente es un futuro recuerdo. Una polaroid, un cuadro en aquella habitación que en realidad siempre fue la tuya.
Cada momento especial, cada noche sin dormir, cada surco de Kind of Blue y cada arañazo en su espalda. Cada error, cada amanecer, cada adiós y cada duda, esas que te paralizan, que revuelven tu existencia como un calcetín gastado. Que parecen quitarte la vida cuando, en realidad, te la están dando.

Porque dentro de 40 años, cuando no memorices canciones ni viajes sin dinero sólo te quedará eso. Y maldita sea, no querrás recordar días grises ni hipotecas ni domingos por la tarde.
Querrás recordar las equivocaciones, la trinchera y el vaso -otra vez- vacío.

Por eso es imposible no amar la fotografía.
Porque nos enseña instantes congelados, pedazos de olvido.
Vasos vacíos.

La invisibilidad de Francesca

Ser invisible. Ver sin ser visto. Actuar sin estar en primer plano. Hay quien lleva en su ADN una tendencia al front row, hambre de foco… y quien ansía ser testigo mudo detrás del escenario.

Porque hay espíritus para quienes la exposición implica dolor de alma cuando la coraza no tiene aún las piezas soldadas. A los 23 años, la coraza de Francesca Woodman tenía fisuras, las piezas no ajustaban todavía: no pudo soportar la indiferencia hacia su fotografía y puso fin a su vida.

Pero nos queda su legado: hija de artistas, becada en el Palazzo Cenci de Roma, Woodman llevaba ya una década plasmando en blanco y negro sus ideas, desde los trece años.

Su propio cuerpo es elemento clave en mucha de las instantáneas, y es en esa lucha entre el querer estar y no ser vista, de estar sin hacerse notar donde ella casi desaparece, se diluye.

Francesca Woodman en La Fábrica (C/ Alameda 9, Madrid).
Hasta el 24 de octubre.

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Annie Leibovitz, una historia de amor y muerte

Ahora y siempre. Ahora, porque eso de curar las penas por la muerte de Susan Sontag gastando su fortuna a espuertas ha estado a punto de costarle toda su obra.

Siempre, porque Leibovitz es una anguila, un Capote de los objetivos y el fotómetro, un susurro que se desliza desde el Palacio de Buckingham hasta las alcantarillas del Soho. Desde el ego hasta el infierno.

Hace unos meses, la revista Yo Donna publicaba una entrevista que con motivo de la exposición de Madrid concedió al periodista y escritor Nicolás Cardeñosa, quien describe lo mucho que había ansiado ese encuentro: “Empecé a trabajar en esta entrevista hace ahora 11 años. Vivía entonces en Nueva York y me presentaron a Annie Leibovitz en una Feria de Arte. Desde el primer momento hubo algo en ella que me impresionó… su forma de mirar. Las escasas y poco sorprendentes respuestas de Leibovitz se completaban con el relato de esa década de coincidencias, secretos y entresijos entre el periodista y la fotógrafa en Nueva York y España.

“Me doy por satisfecha si hago cinco fotos buenas en un año”.

Fotos. Recuerdos. Instantes.

Y quién no, Annie.
Y quién no.

Annie Leibovitz: vida de una fotógrafa. 1990-2005‘, en Sala Alcalá 31, Madrid.
Hasta el 20 de septiembre.

Fdo. Jesús Terrés Ruiz

“Prohibido el cante”, una mentira de Isabel Muñoz {Nº4 Silencio}

Los fotógrafos son unos tramposos redomados. Hacen trampa con la realidad. Pretenden hacernos creer que lo que nos muestran es una huella fiel y fiable de la misma, que son intermediarios creíbles entre nosotros y el mundo”.

Isabel Muñoz es una catalana afincada en Madrid aficionada, desde aquella Kodak envuelta en papel de regalo en el verano del 63, a eso de mirar el mundo a través de una lente.
Isabel Muñoz es fotógrafa, miembro de ese grupo sin nombre ni bandera que se deslizó desde las alcantarillas de la transición hasta el mármol del museo. Los grandes. Cristina García Rodeo, Ouka Lele, Chema Mádoz  o Alberto García-Alix.
La Muñoz también colecciona premios, como el World Press Photo, la Bienal de Alejandría o el Bartolomé Ros 2009, “por su valentía” firman los de la toga.
Sus fotografías siempre son en blanco y negro, sin marco ni cristal.
Sólo verdad.

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Crecer es sumar

Crecemos tratando de demostrar cosas. La persona, el fotógrafo, escritor, músico, artista o enólogo, no importa, crecemos queriendo “ser más” que el otro, más que nadie. Por eso es apasionante presenciar la evolución de un artista, desde sus primeros años de crecimiento y ruido hasta la madurez del silencio y la verdad.
Porque con la edad, quitamos cosas. Prescindimos de marcos, afeites, frases hechas y lugares comunes. Un viaje desde Molino al sol a Cuadro nº2, desde Los siete samurais hasta Dersu Uzala.
Un viaje que, supongo, en el fondo no es más que un camino hacia nosotros mismos.

Por eso es imposible no amar a Isabel Muñoz. Porque sus obras agreden desde la desnudez, desde la pureza. Y lo hacen desde el principio, desde aquella kodak escondida bajo el árbol de navidad.

La madurez es silencio

Cuando ya no tienes nada que demostrar.
Cuando quitas el marco, el cristal, la frase alta, la firma, el reconocimiento, el orgullo, la negrita y el entrecomillado. Cuando prescindes de todo lo demás, sólo queda silencio.
Verdad.

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Isabel Muñoz expone su obra “Prohibido el Cante” dentro del marco de la XV Bienal de Flamenco de Sevilla. Hasta el  30 de agosto, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Sevilla.

No se la pierdan.

Fdo. Jesús Terrés

Alberto García-Alix, de cambios y ajustes de cuentas {Nº1 Cambio}

De donde no se vuelve.

El fotógrafo del exceso. Es el epitafio que cincelan en piedra agoreros y juntaletras. El run run del minuto veinticuatro del teledediario, ese espacio antes de los deportes y después de las noticias. La sala de estar donde sientan Abraham García con García-Alix y a los dos con Haneke. Cultura, ya saben. El yonki no ha muerto. Aún. Pero imagino la bobina en el cajón, la noticia en la mesa del editor, esperando el click y el robapáginas de Aquarius a su vera, recordándonos que estamos vivos y locos y que la vida es una fiesta. Bébetela. Yupi.

Supongo que nos recordarán sus muertos en el armario. Nos recordarán sus tatuajes y su TODO y su NADA. Nuestro Harry Powell de Lavapiés, la movida y los agujeros en el brazo.
Quien lo probó lo sabe: si no lo supiera no habría podido retratar esa cara de expectación y pánico del que espera al dealer y no sabe si lo verá aparecer“, lo firma Muñoz Molina en el periódico que le da de comer, y supongo que lo dice desde la seguridad del sillón orejero y la cola de marujas en la Feria del Libro.

“Borrón y cuenta nueva”.

Nunca cambies.
Es lo que te dicen cuando emprendes un viaje a un lugar lejano, y también lo que advierten cuando alguien conoce el éxito. Nunca cambies porque serás otro que no es éste. No cambies porque cambiar es nocivo y estúpido, porque si cambias ya no serás nosotros. El cambio es siempre incómodo. Si las cosas están bien, ¿por qué cambiarlas?

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Borrón y cuenta nueva“.
Lo susurra Alberto en la película que rasga las cortinas y oídos del Reina Sofía.
La exposición que le dedicó el MNCARS es un viaje por el pasado y el presente de García-Alix. 200 fotografías entre 1976 y 2008 que nos arrastran hacia su película “De donde no se vuelve”. Noche, muerte, pupilas, pandilla, cuero, humo. Vida.

En sus fotos, en su historia, el cambio es una constante que casi duele. De Madrid a París, y desde allí hasta la noche de Pekín.
Cata etapa es un desencuentro de sí mismo. Una huida hacia adelante, la búsqueda de algo que ya no está. Un cambio innecesario.

El encuentro es el alma de la fotografía“.
Y de la vida, ¿no creen?

Fdo. Jesús Terrés