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Posts en la categoría ‘Literatura’

Cafés literarios y tertulias de bar {Nº24 Decadencia}

Memento Mori

Sé que todo acaba. Que lo nuevo mañana es viejo, que aferrarse es perder y mirar atrás una costumbre de anticuario. Sé que la nostalgia es una mujer fatal vestida de recuerdos con olor a certeza y naftalina, esas certezas que, malditas sean, se te clavan en la espalda como arañas en celo y hacen de tu cabeza un sofá orejero de piel ajada y opiniones que ya no son opiniones, son sentencias.

Memento mori es una frase latina que significa “Recuerda que vas a morir“, recuerda que eres mortal. Memento Mori también significa perder la costumbre de dudar. La costumbre de poner en tela cada cambio que pisas y cada voz que no es la tuya. Porque cada certeza y cada sentencia imagino -sé- que son dos pasos más cerca de las tablas y las sombras.

Y sin embargo, cómo cuesta no respirar verdades, no creer a ciencia cierta que “ya no se hacen películas como las de antes” o “ya no se viven los bares“. Y es que ya no se escribe ni se olvida en la mesa de un bar. Ya no quedan historias ni servilletas garabateadas de pasado ni canallas ni poetas, como aquel que “Traía los folios dentro del periódico. Era todo su aparato de escritor. Las gafas ligeras, la pluma fuente, clásica, el cigarrillo egipcio que un botones le traía del Casino, los puños fuera, desmesurados, las manos anilladas, las uñas lacadas, la letra bellísima, urgente, personal y clara“. Ya no quedan Ruanos ni Umbrales, sólo futuro vestido de tinta electrónica.

En el bar se bebe, pero hubo un tiempo en el que también se construían castillos de arena sin plazos ni hipotecas. Hubo un tiempo donde coleccionábamos horas muertas -antes, ya ven, cuando el tiempo a veces moría de puro lento- horas de cafés, tertulias y relojes sin pilas de cuarzo. Qué pena.

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Sólo un último ruego antes del fusilamiento. Un repaso por tres cafés literarios. Dos que fueron. Uno que es. Ninguno será.

· Café Pombo (Carretas, al lado de Sol). Trinchera de las primeras tertulias literarias, sábados por la noche, de Ramón Gómez de la Serna: “La Sagrada cripta del Pombo“. Un lienzo de José Gutiérrez Solana da fe del crimen.

· Café Teide (Paseo de Recoletos, ahora Mafre). Casa del maestro de las ochocientas palabras: César González-Ruano. “Llegaba por las mañanas a Teide, entre nueve y diez, en un taxi, dejaba sobre la mesita la pitillera de oro, firmada por Alfonso XIII, y las cerillas de cocina, tosía “lo reglamentario” y se sentaba a escribir, envuelto en franelas cálidas, cesarísimo”.

· Café Gijón (Paseo de Recoletos, 21). Madrid, simplemente Madrid. Mi Madrid de tinta, papel y Manhattans. Aquel que sube por Huertas, Juan Bravo y baja por esa calle manchada del “todo es ahora“. Sin planes ni más futuro que el pasado. Que se dice pronto.
Desde el final del siglo pasado, el café Gijón ha sido un lugar de encuentro entre el pensamiento y el chocolate con picatostes. Aquí, alguna tarde Galdós se mató las pulgas y, colgado de la propia barba, Santiago Ramón y Cajal se citó con una tanguista, y Arniches inventó madrileños que hablaban con la boca torcida, y Jardiel Poncela escribió con tijeras de poder, y Umbral se hizo la manicura con dos artículos díarios a sus uñas de tigre señorito“.

Fdo. Jesús Terrés

¿Amo? a mis mitos {Nº22 Romance}

Por fin sabemos porqué Marilyn Monroe dormía desnuda, vestida sólo con un toque de Channel Nº5. Al parecer, y según uno de sus últimos biógrafos buitres, la rubia más explosiva de Hollywood sufría de colón irritable, una dolencia muy común que además de alterar los ritmos defecatorios produce numerosas ventosidades inoportunas. Según la misma fuente, la malograda actriz era además bastante guarrindonga, tenía la mala costumbre de comer en la cama, tirar al suelo los desperdicios y dejar las sábanas llenas de migas. Como no solía usar bragas no podía recurrir al truco de las damas más refinadas del siglo XVIII que cosían cápsulas de perfume a sus prendas interiores para romperlas en caso de apuro, prehistóricos ambientadores íntimos. Los malos hábitos de la estrella, asegura el biógrafo, le impidieron entablar un romance con Cark Gable durante el rodaje de la que iba a ser su última película, Vidas rebeldes, un filme maldito que fue como un réquiem anunciado para tres de los actores que lo protagonizaban.Aparte de Marilyn y Cark, el ambiguo Monty Clif.

Que a estas alturas, tantos años después de su muerte todavía se aireen los pedos de Marilyn, es muestra de la fuerza de un mito inmortal creado en torno a una personalidad frágil y enfermiza.¿Quién no se ha enamorado de Norma Jean precisamente a causa de todos sus defectos, pedos incluidos, y del trágico destino que empañó su aparentemente triunfante vida? Nadie es perfecto.Con toda su miseria y grandeza la vida de Marilyn es paradigma de cómo el éxito y la celebridad puede mimar a una persona e igualmente devorarla cual piraña insaciable de lujuria. Pobre y patética Marilyn, tan deseada y falta de auténtico cariño.

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La exhumación de los pedos de Marilyn demuestra también que estamos en una época propicia al descrédito y desprestigio. Hay un tiempo para poner a los ídolos sobre pedestales, que diría Antonio Gala, y otra para tirarlos a pedradas y arrástralos por el fango.Ahora estamos en este último periodo. No hay un gran hombre para su mayordomo, ni una gran dama para su doncella, lo sabemos, pero lo que hoy mola es poner de manifiesto la cara más oscura y por ello más oculta de los personajes, bien sean públicos y notorios, bien anónimos ciudadanos que ventilan sus intimidades en la televisión.

Entre la hagiografía o halago y la sistemática demolición digo yo que habrá un término medio razonable. Entre la idealización pueril y el acoso y derribo una mirada humana y comprensiva.La capacidad de admiración ante nuestros semejantes es un sentimiento positivo que nos dignifica y que ahora mismo es deficitario.La gente idolatra, pero no admira, sobre todo, los más jóvenes enganchados a esas maquinitas plagadas de héroes planos que no ofrecen modelos de conducta y ni siquiera se echan pedos.

Fdo. Isabel C.

¿A qué huelen las cartas? {Nº12 Lo prohibido}

Hagan juego

Pornografía o erotismo. No tengo clara la diferencia pero me gustaría. Me entra un escalofrío sólo de pensar que un día me conecto a xnxx.com y, por no saberla, acabo viendo Emmanuelle IV todo palo. La duda, casi en forma de iluminación, me vino el otro día. Estaba contemplando el tarot de Manara (en la imagen), ese dibujante italiano que hace 20 años me provocó sudor frío con El Clik. Ahora, me deja indiferente. Y no es que me haya hecho mayor –hace tiempo que me limito a cumplir años-, es que cada vez tengo las ideas menos claras.

Aunque no es de mis favoritas, reconozco que la baraja tiene su gracia. El problema es tratar de leerle el futuro a alguien y toparte con cartas como La Fuerza (una joven asida a un nardo de proporciones bíblicas) o la Reina de Fuego (una chica haciéndose un cholo), por citar sólo dos. Cualquier honrado tarotero te dirá que para engañar a un incauto es mejor dejar que las cartas cuenten una historia, y el de Manara no la cuenta. Si fuera pornográfico o erótico, a lo mejor, pero no las dos cosas a la vez, no. El italiano no lo tuvo claro cuando diseñó su baraja. Quizás lleve tanto tiempo cumpliendo años que ha empezado a envejecer y escenas que no ruborizarían ya ni a una carmelita le parecen el no va más de la provocación. Lo prohibido ya no es lo que era.

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Más suerte, creo, han tenido en Dolce & Gabbana. Con Anthology su última colección de perfumes -¿perfumes o fragancias?, otro debate absurdo- han jugado mejor sus cartas. La idea de bautizar con nombres de naipes de tarot a los frascos me parece excelente, y mucho más la de llenar las paradas de autobuses de fotos de Naomi Campbel, Noé Mills, Eva Herzigova o Claudia Schiffer como Dios (que no existe) las trajo al mundo. Eso sí, sin enseñar. Sólo insinuando.

Dudo que un mago de la Edad Media oliera a cedro y vetiver (¿qué coño es eso?, como le dijo el sujetador a las bragas), pero seguro que tampoco se parecían a Tyson Ballou (para mí que tenían más pinta de príncipe de Beckelar). Dirán (y dicen las promos) que eso representa poder, creatividad, habilidad, autocontrol y no sé que más. Mentira podrida. Te puedes beber el frasco entero que seguirás sin parecerte a Ballou. Pero como estrategia comercial es excelente. Y lo dicho sirve para el resto de naipes-perfumes (La Luna, La Emperatriz, Los Amantes y la Rueda de la Fortuna). La estrategia es vender erotismo, pero es difícil que no te entren ganas de dedicarles a todos (juntos y/o por separado) una piña. A veces el erotismo no es más que la pornografía de los que tienen estudios.

Y más

Será casualidad, causalidad, o que todos los diseñadores son una banda de gayolos que se copian entre sí, pero antes del verano Pedro del Hierro presentó su colección de Alta Costura y su fuente de inspiración fue -¡qué original!- el Tarot. Leo por ahí, y de paso cortoypego, que en los modelos “destacan materiales como la gasa de seda, los tules y la pasamenería de encaje”. Me lo creo, aunque el único diseñador que conozco es Levi’s Strauss. Por lo visto, se inspiraron en cartas como La Emperatriz, El Diablo, El Mundo o El Sol. Así hasta diez. Eso sí es erotismo. Aún puestos en maniquís sin cabeza (¿una metáfora?), los trajes te hacen imaginar a las mujeres que los pueden llevar y te enamoras por delegación.

¿Pornografía o erotismo? ¿Exceso de frente o ausencia de pelo? Debates absurdos que probablemente no llevan a ningún lado. Ni falta que hace. Después de todo, yo sólo había venido a hablar de mi libro.

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Javier Cavanilles es periodista de El Mundo y mantiene el blog Desde el Más Allá (más o menos). Acaba de publicar El Tarot ¡Vaya Timo!, su segundo libro.

Fdo. Javier Cavanilles

Marguerite Duras, desear es destruir {Nº9 La conexión}

Tiempos extraños

Éstos que nos ha tocado vivir.
Éstos donde se trata de sumar, no de restar, donde cada paso es un esfuerzo y cada llamada una deuda. Donde escalamos muros porque hay que escalarlos, porque hay que ganar, ser más que el otro.
¿No se suponía que los escalábamos por algo?  ¿No rescatábamos princesas? ¿No saldábamos cuentas pendientes?
Tiempo extraños, donde vemos el marco y no el recuerdo; aquí, donde las teclas crujen en cada párrafo y cada párrafo de cada blog es una llamada, una necesidad de aquí y ahora. Del yo soy más.

“No quiero ser”

Marguerite Duras fue novelista, guionista y directora de cine. Nació en Saigon, tras unos ojos rasgados y un hambre voraz de no ser. Fue, desde el principio, una mujer excesiva, contradictoria, atormentada, difícil y marcada por la ira y los desengaños, el alcohol y las depresiones, inundada, en fin, de sueños trágicos, amor y odio.
Deja Indochina con 18 primaveras y es expatriada al París de los adoquines y los sueños imposibles -los únicos que merecen la pena-, el París de la ocupación Nazi, donde comparte mesa con Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y Mitterrand.
Elige el compromiso, es parte activa de la Resistencia y milita en el Partido Comunista, del que fue expulsada por disidente en 1950 y también condenó, sin fisuras, el golpe de estado del 23-F acusando a la corona española de complicidad en el mismo.

Escribe. Sin cesar. Sin más objeto que escribir, que es buscar fuera de uno mismo lo que está ya dentro de uno mismo.

Escribir es no ser nadie. ‘Muerto’ decía Thomas Mann”.

Escribe el guión de la película Hiroshima mon amour y, con El Amante, Duras gana los premios Goncourt y Hemingway y su nombre en los libros de texto. Su nombre, ese que trataba de escaparse -huir- entre la tinta y el papel, acariciando cada palabra. Marguerite Duras muere sola un día de marzo del 96 y es enterrada en el Cementerio de Montparnasse donde, al fin, se entrega al silencio.

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Desear es destuir

Duele y estremece leer a Duras.
Duele observar su entrega sin medida. Sin causa ni recompensa, sólo desaparecer:
El sujeto desea el objeto y se satisface en la negación de la identidad y subsistencia de éste. Esa negación es, pues, satisfacción, consumo, destrucción” (Eugenio Trias, Tratado de la pasión).

En su obra tintinean los pasos de la destrucción ligada, claro, al deseo. La destrucción es obra del deseo y en sus páginas los amantes se estremecen de una manera diferente, visceral, ausente y trágica. La amante no puede sino quebrarse, entregarse por última vez buscando la única salida: el encuentro, la posibilidad, el otro.

“Vendrá un tiempo en que no sabremos que nombre dar a lo que nos una. Su nombre se irá borrando poco a poco de nuestra memoria y luego desaparecerá por completo”.
(Hiroshima mom amour)

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· El 14 de septiembre se ha puesto a la venta el “Cofre Marguerite Duras“, dos películas y un libro en una edición limitada (1000 ejemplares) que reúne, además, el texto dramático “India Song” y su posterior puesta en escena cinematográfica.

· El excelente ensayo de Amelia Gamoneda “Marguerite Duras, la textura del deseo” está disponible en Google Books.

Fdo. Jesús Terrés

El (otro) guardián entre el centeno {Nº9 La conexión}

Me dieron una habitación piojosa, sin nada que ver por la ventana excepto la otra parte del hotel. Tampoco me importaba mucho. Estaba demasiado deprimido como para preocuparme de si tenía o no una buena vista. El botones que me condujo hasta la habitación era un tío muy viejo, de unos sesenta y cinco años. Era aún más deprimente que la habitación. Era uno de esos tipos calvos que, al peinarse, se estiran los pelos por encima para cubrirse la calva. Preferiría ser calvo antes que hacer eso. Y también, menudo trabajo para un tío de sesenta y cinco años. Llevar las maletas de la gente y esperar propinas. Supongo que no sería muy inteligente, pero de todas formas era terrible.

Cuando se marchó, me asomé un rato a la ventana sin quitarme el abrigo ni nada. No tenía otra cosa que hacer. Les sorprendería saber lo que pasaba en la otra parte del hotel. Ni siquiera se preocupaban de echar las persianas. Vi a un tipo de pelo canoso, un tipo de aspecto distinguido que sólo llevaba puestos los calzoncillos, haciendo algo que, si les contara, no se lo creerían. Primero dejó su maleta sobre la cama. Luego, empezó a sacar vestidos de mujer y a ponérselos.

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Auténticos vestidos de mujer: medias de seda, zapatos de tacón alto, sujetador y uno de esos corsés con las cintas colgando y todo. Luego se puso un vestido de noche negro muy ajustado. Se lo juro. Luego empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, dando unos pasitos muy cortos como hacen las mujeres, fumando un cigarrillo y mirándose en el espejo. Y estaba solo. A no ser que hubiera alguien en el baño, porque hasta ahí no alcanzaba a ver. Luego, en la ventana prácticamente a la derecha de la suya, vi a un hombre y una mujer echándose el uno al otro agua con la boca. Seguramente era whisky, no agua, pero no alcanzaba a ver qué tenían en los vasos. El caso es que primero tomaba él un trago y se lo echaba a ella encima, y luego ella se lo hacía a él. Joder, hasta lo hacían por turnos. Tendrían que haberles visto, partiéndose el culo todo el rato como si fuese lo más divertido del mundo. En serio, ese hotel estaba hasta arriba de pervertidos. Seguramente, de todos los cabrones que había en ese lugar, yo era el único normal… lo cual tampoco es decir mucho. Estuve a punto de mandarle un telegrama al bueno de Stradlater diciéndole que tomara el primer tren a Nueva York. Habría sido el rey del hotel.

El problema es que, aunque no quieras, toda esa basura resulta fascinante. Por ejemplo, la chica a la que le estaban escupiendo agua por toda la cara era bastante guapa. O sea, ése es mi gran problema. Por dentro soy seguramente el mayor maníaco sexual que se haya visto. A veces se me ocurren cosas muy retorcidas que no me importaría hacer si se presentase la oportunidad. Incluso imagino que —en plan retorcido— podría resultar bastante divertido, si los dos estuviéramos borrachos y tal, coger a una chica y escupirnos agua o algo así a la cara el uno al otro. Lo que pasa es que, aun así, la idea no me gusta. Es repugnante, si lo piensan. Creo que si no te gusta realmente una chica, no deberías tontear con ella para nada, y que si de verdad te gusta, entonces también habría de gustarte su cara, y si te gusta su cara, tendrías que cuidarte de hacerle cosas retorcidas, como escupirle agua por encima. Es un asco que tantas cosas retorcidas resulten a veces tan divertidas.

Y tampoco es que ayuden mucho las chicas cuando intentas no ponerte en plan demasiado retorcido, cuando intentas no echar a perder algo que va bien. Conocí hace un par de años a una chica que era aún más retorcida que yo. ¡Ostras, no era retorcida ni nada! De todas formas, durante algún tiempo nos divertimos bastante, en plan retorcido. El sexo es algo que no acabo de entender. Nunca sabes en qué posición estás. No hago más que marcarme normas sexuales que enseguida estoy rompiendo. El año pasado me puse como norma el que iba a dejar de tontear con chicas que, en el fondo, me pareciesen un coñazo. Sin embargo, la rompí la misma semana en que la hice… de hecho, la misma noche. Me pasé toda la noche liado con una tía de lo más fantasma que se llamaba Ann Louise Sherman. El sexo es algo que no entiendo, lo juro.

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Ángel Salguero es periodista con un proyecto entre manos: volver a traducir El Guardián entre el centeno tal y como Salinger merece. En el fragmento, Holden Caulfield se instala en un hotel de Nueva York tras huir del colegio.

Fdo. Angel Salguero

El silencio {Nº4 Silencio}

“El Hombre tiene tres enemigos: el demonio, el Estado, la técnica”
(Nicolás Gómez Dávila)

Parece existir un pacífico consenso entre los imbéciles de que el invento más pernicioso de la Humanidad es la bomba atómica. Los imbéciles, la misma gente que te asegura no ya impertérrita, sino incluso orgullosa, que son ciudadanos del mundo o que “creen en el Hombre” etc. Hubo un momento, debo confesar, donde quizás yo también creyese ver en la bomba autómica el invento más nocivo del género humano. Pero, ¿es tan mala la bomba? ¿Aquella que puso fin a una guerra, que nos dio mutual assured destruction, que inspiró tantas obras de ficción, la que produce, magia y milagro del baile molecular, energía limpia e inagotable, al coste ridículo de un puñado de muertos que ya a nadie le importan?. No, la bomba es – que decimos los castizos – una cosa fetén.

En esa búsqueda del invento más pernicioso, no hace falta penetrar en búnkeres o laboratorios. Es la televisión.

En España se consumen diariamente unas cuatro horas de televisión por persona. Es el espectáculo sórdido y grotesco de millones de hogares en los que el silencio ha sido convertido en bien de lujo, proscrito por la cacofonía permanente, infinita, del televisor que todo lo llena, del tótem, de la máquina expendedora de opiáceo, del tácito jefe, del dominador catódico. La tortura insufrible de la radiación que emana del tubo de electrones: ese pitido casi inaudible pero penetrante, vibración ultrasónica incompatible con cualquier atisbo de civilización. Un tormento de los aullidos de los dibujos animados, de los insoportables jingles del noticiero, de las voces metálicas y cascadas en los altavoces jodidos del televisor. Esos pisos, más que pequeños, angustiosos, donde el silencio fue abolido, donde la vista no puede descansar sin el brillo azulado que abrasa la retina, donde el oído no tiene tregua, donde las comidas ya no son acto de civilización, sino procesamiento e ingesta del bolo alimenticio, desvaído de cualquier impregnación estética o moral; en compañía a la mesa, siempre en compañía, de un comensal cojonero y torturante que no calla: el televisor.

El televisor ha matado al silencio, ha parido un mundo malsano, un mundo de horror vacui acústico – en el que se teme la ausencia del sonido, porque revelaría los ecos en la cueva vacía del alma muerta. Reivindiquemos el silencio; mejor: reivindiquemos los silencios. Porque en este mundo, más que Dios, a menudo lo que hay es dioses.

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El silencio de la bodega, el silencio lóbrego y polvoriento que ennoblece a la vid y calma el fuego del espirituoso, el de la solera y el angel’s share.

El silencio de la noche, el silencio fresco y amplio, el de Lenau, Mörike y Heine; el de los grillos y las ranas y el cuero sobre la grava.

El silencio de las bibliotecas o, mejor aún, ya que las bibliotecas son ya hábitat grotesco del universitario, llenas de chanclas y muslos desnudos, el silencio de los archivos: el del sótano, de la polilla, del papel y la cola, la quietud de allá donde descansan los libros.

El silencio del bar recién abierto, aquel inmortalizado en El largo adiós: silencio grácil, silencio alegre, de tintineo de hielo y cuchara mezcladora, de botellas hermosas y el fino siseo del espumoso.

El silencio del claustro, el silencio límpido y elevado: el silencio católico.

Silencios civilizatorios, todos ellos en peligro de extinción.

El silencio es hoy elusivo bien de lujo, reservado a una minoría inteligente que lo aprecia y a una minoría pudiente que lo puede comprar. Para el resto: la cultura del petardo, de la moto trucada por el gitano, de la feria, de la música primitiva, precolombina y cerril de indígenas domicanos o boricuas que ponen en los “discobares” [sic], del imbécil que se compra un perro ladrador, sucio, cabrón y peludo; pero ante todo, del tormento malayo de una sociedad que se permite cuatro horas diarias de miseria acústica y estética por habitante.

¿Qué son, pues, las cien mil víctimas de la bomba atómica ante millones de almas muertas? Un mundo en ruido es un mundo enfermo, pero ante todo, y aquí el criterio último, es un mundo feo. Reivindicar el silencio es pues empresa, por más que imposible, vital para la Reacción.

Fdo. Lord Finesse

Un mundo de contrastes {Nº2 Contrastes}

Vivimos en un mundo de contrastes.

¿Quién no ha oído alguna vez esta burda expresión? A mi me causa un profundo sentimiento de asco. He estado pensando en la conveniencia de crear un organismo mundial de control para la utilización de expresiones tópicas, vacías y desorientadas. Este ente deberá velar por la mínima utilización de topicazos y trivialidades varias, expidiendo un permiso temporal para el uso de las mismas. Como las licencias de armas de fuego. El tal organismo, pues, se cuidaría de no promover un uso abusivo y sin criterio de tales términos.

Porque ¿qué diantres es un “mundo de contrastes”? Yo se lo diré: no es más que un torpe pleonasmo. El “contraste” no es más que el recurso del hipnotizador, un conejo en la chistera. En otras palabras: el contraste es una coartada que nunca debió salir de su pequeño coto, de su ámbito técnico. Luz, colores, irradiación… esas son las cosas que tienen contraste, no el mundo. El mundo tiene coartadas, excusas, accidentes y premeditaciones con alevosía.

Pero supongamos que contraste es sinónimo de todas ellas, que tan sólo es una forma de ahorro lingüístico y pereza mental. Entonces, sólo entonces, con las cosas claras de antemano, es cuando el libro La economía no existe, de Antonio Baños Boncompain, cobra verdadero sentido como exponente diáfano del mundo y sus, disculpen la reiteración, contrastes.

La economía no existe no es un libro de economía, todo lo contrario. Se trata de un libro estupendo. Una disección pormenorizada de esas pequeñas discordancias del mundo. De sus porqués, sus cuándos y sus cómos. Pero cuando se habla de un libro, suele ser cosa de buen gusto poner un extracto del mismo. Helo aquí:

“Es probable que al leer el título que luce en la cubierta más de uno haya torcido el gesto, chascado la lengua y negado con la cabeza: ¿cómo no va a existir la economía, si estamos todos fastidiados por la crisis? Pues precisamente por eso. Bajo el yugo de la econocracia, la vida se ha reducido a cifras y modelos que los economistas aplican sin piedad, y metiendo la pata con asombrosa frecuencia. Al igual que los escolásticos en su momento, los econócratas practican una forma de onanismo mental”.

Pero no quiero llevarles a engaños. Es muy probable que a muchos de ustedes, a priori, este libro les huela a eructo antiglobalización, a pataleta burguesa con rastas. Y tal vez tengan parte de razón; pero sólo parte. Si lo googlean es probable que salga vinculado a movimientos de esa cuerda: ecologismos, solidarismos varios, movimientos antisistémicos y etcétera. Así pues, es lógico que se reafirmen en su apriorístico desprecio. Pero, en justicia, cabe decir que tampoco se trata de un libro, sino más bien un pasquín, como claramente dice su subtítulo: “un libelo contra la econocracia”. Y como libelo no le pidan soluciones, su naturaleza es francotiradora.

Otrosí. Antes de leerlo es obvia la disposición a calificar este escrito como un ataque directo y kamikaze a un sistema político-económico, sin embargo sería volver a errar en parte, pues es mucho más que eso: es una embestida a un sistema mental.

La tesis del texto es otra. Se trata de reconquistar un espacio perdido: la cordura. La economía ha dejado de ser un algo real para convertirse en cosa ideal, ha dejado de ser útil para convertirse en única, con todo lo que ello implica, como por ejemplo la incapacidad de concebir la otredad. Su lenguaje -el económico- se asegura de que no valoremos una posibilidad alternativa disfrazándose de ciencia: tasas, índices, plusvalías, balanzas o activos no pueden estar equivocados. Una tasa de confianza es una tasa de confianza. ¿O no?

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Traten de mensurar la confianza que tienen en sus novias. Utilicen la imaginación. Si le sale superior a 145.09 puntos, entonces, sus astas son demasiado pequeñas para ser apercibidas. ¿Más tranquilos? ¿Están ahora más seguros de que ellas no se van a acostar con ese cubano bailongo que han conocido en la noche de “solo chicas”, entre mojito y mojito?

No me digan que no resulta un curioso contraste unir las palabras “tasa” y “confianza” en la misma frase.

Sigamos. Miren que grata noticia nos daban hace pocas semanas: “Bernanke augura el fin de la recesión para finales de este año“.

Supongo que saben que Benny Bernanke es el presidente de la Reserva Federal Americana (las mayúsculas no son mías) vía administración Obama. Tal vez desconozcan su impecable currículum, plagado de logros académicos. En fin, es un economista con todas las letras, no cabe duda. Pero ¡ay! él “augura”. Exactamente igual que si de un nigromante se tratase, Bernanke augura, no asegura, como hacen los que se dedican a esto otro.

Pero, ¿la economía no era también una ciencia? Quiero decir, ¿qué clase de ciencia es la que augura? Veamos: lanza una piedra hacia el horizonte y augura que no volverá a caer.

Fallaste.

Es que la ciencia económica no es una ciencia exacta, dirán algunos. Reflexionen un poco sobre lo que acaban de decir señores, y se contestarán ustedes mismos.

La economía no existe es un libro tan sensato como carcajeante. Con una deliciosa costumbre popular casi extinta: el sentido común. En definitiva un libro enorme y revelador en el que, además, y citando al autor, “se entienden todas las palabras“.

El libelo de Antonio Baños Boncompain nos muestra con qué material se fabrican esos pequeños contrastes que hacen del mundo un lugar tan, ejem, contrastado.

La economía no existe es, desde ya, el ensayo del año.

A largo plazo todos estaremos muertos

John Maynard Keynes.

Fdo. Jorge M. S.