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Breviario del dandi {Nº23 Normas}

Hoy todas las palabras están cansadas. Hoy, dandi, esa palabra con lo que se llenan la boca gurús de la moda y niñatos del viso, huele a impostura y humo. Huele a terciopelo entallado, lujo de saldo y crooners de barra. Huele a envoltorio, que es peor -bastante peor- que nada.
Y qué pena, porque era el dandi quien representaba -cuando germinó en la pérfida Albión de finales del XVIII- la avanzadilla del arte moderno, su aspecto más cómico y brutal.

El dandi nació en la época de los sentimientos eternos, de las convicciones graníticas y las devociones heroicas -¿y no son así todas las épocas?- y quizás por eso el dandi se confiesa, burlón, ajeno a tales congruencias. Pierre Louÿs se permitía incluir en su lista de pasiones únicamente tres cosas: el papel blanco, los libros viejos y la mujer morena.

El dandi no es sólo pose y anticuarios.
El dandi es exceso, voluptuosidad, futuro, color, impertinencia. El “soberano de lo transitorio” que ya sólo cree en una guerra. La perdida.

schiele

Artificio

El dandi prefiere a la espontaneidad, la originalidad; a la naturaleza, el artificio; al abandono romántico, el dominio de sí o, mejor dicho, la presencia del yo a sí mismo.
Porque en una sociedad tan artificiosa, sólo el artificio permitirá ser natural. No hay nada, por tanto, más sensible que esa insensibilidad que el dandi se propone alcanzar.

Belleza

He encontrado la definición de lo Bello, es un algo ardiente y triste, algo que sugiere un aire de melancolía, de cansancio e incluso de hartazgo. Yo no quiero decir que la alegría no pueda ir de la mano de la belleza, pero sí mantengo que la alegría es uno de sus adornos más vulgares”, Baudaleire.

La belleza es triste porque en la sociedad no se puede ser feliz y porque sólo el dolor crea un a distancia entre el individuo y la realidad que pueda garantizar a éste un espacio suficiente para sobrevivir.

Coleccionismo

Poneos a coleccionar cualqueir cosa y encotraréis el lingote de la felicidad en calderilla. Una manía es el placer que ha pasado al estado de idea”, Balzac.

Los objetos coleccionados están en casa como los tatuajes en el cuerpo. Son la tentación extrema de grabar un sello imborrable sobre una de las materias más evanescentes, el rasguño extremo del yo que se precipita en el tiempo intentando, para retrasar su caída, aferrarse a la lúcida superficie de la nada.

Orden

El dandi busca el orden, investigando metódicamente ese azar, esa casualidad, cuya secuencia representa el orden de la vida. Por eso el dandi se concentra de tal manera en su tarea que la olvida, por lo que la lleva a cabo con esa naturalidad que caracteriza toda obra maestra. La improvisación se manifiesta entonces como el resultado de una larga preparación, de una técnica que sirve sólo para olvidares de ella, para transformarse en arte. El triunfo de la calidad anula el reino monótono de la cantidad, sobre cuyos cimientos ha sobrevivido.

Pasividad

El dandi es pasivo en un mundo de falsa actividad. Con su pasividad, con su inmovilidad desvela cuanto se esconde tras el aparente movimiento que lo rodea. Él prefiera aguardar, reflejando en su narcisista lentitud y flema la línea real de evolución del hombre. Al no alejarse jamás de sí mismo, se considera siempre com origen y término de sus propios actos. El dandi es su utopía.

Soledad

El dandismo es la codificación de la soledad, la resistencia tierna y desesperada a la exclusión de un mundo que acepta sólo a quien se somete por enterno a sus exigencias. Nacido de un acto reflejo de repulsa contra la sociedad, el dandi transforma la contingencia en elección, por eso sus relaciones no implican jamás grupos sociales enteros, sino sólo individuos, diversos y desiguales entre sí que mantienen una unidad sólo gracias a su elección. Libertad es exilio. Soledad.

Fdo. Jesús Terrés

Valencia, miniguía de la ciudad invisible {Nº18 Desde aquí}

Te regalo un día. Presente a medio camino entre querer ser ingenioso (las cintas de cassette pintadas a mano ya las regalaste antes) y no tener un clavel en el bolsillo. Un día en la ciudad capaz de lo mejor y de lo peor; la urbe invisible. Ni tan grande como para destacar, ni tan pequeña como para despertar ternura. Como una rata meando sobre algodón, Valencia está ahí pero tampoco demasiado.

Un invitado llega a casa por sorpresa y tú no tienes apenas compra en el frigorífico… pero hay que sacar de donde sea. Pues eso:

Mañana en el mar

Los pecados se redimen en las calles, no en las iglesias. El Cabanyal es triste, duro y violento si no aciertas con el cruce de calles (el comprometido que defienda casas de colores y arcoiris y osos con piruletas en un saquito que le sale de la tripa es que nunca ha estado allí), pero es un barrio tan bueno y malo como el resto de barrios del mundo. Aunque más auténtico. Perfectamente disfrutable un paseo por el paseo de la Malva-rosa, un par de abrazos con tu chica con los pies descalzos entre la arena fría y un aperitivo a media mañana. Vermú y anchoas en Casa Montaña; bocadillo de panceta y café tocado en La Pascuala. Tú eliges. Un Perucchi en la terraza del Balneario de Las Arenas tampoco está mal.

¿Comida?

Es un tópico decir que algo es un tópico, avisarlo. Pero es que, vaya, la realidad manda: Valencia no es Madrid. Más allá de la paella y el arroz a banda, las estrellas (Michelin) no brillan como deberían si no es por el reflejo del clip sujetabilletes. Para comer, bien, estamos jodidos. Y Quique Dacosta (el cielo es azul y su restaurante, el mejor de la Comunidad) no está en la ciudad. Así que mejor pasarse por Sangonereta, todavía un templo por descubrir y de increíble relación calidad-precio. O de tapeo en La Pilarica, si eres bohemio y luego quieres comprar unas Munich en el Carmen, o Casa Mundo si lo tuyo es el fútbol: Mundo fue miembro de la delantera eléctrica del Valencia C.F. Amadeo, Mundo, Asensi, Epi, y Gorostiza. Casi nada.

Glamour internacional (sarcasmo)

Buscando y buscando de nuevo después de haber buscado encontramos un selecto grupo de tiendas en las que pasar la tarde de compras. Está la media milla de oro con Hermés, Vuitton, Bulgari y el nuevo Loewe de Peter Marino; pero como (espero) ya tienes tu monogram o tu damero en grises mejor seleccionar un poco. En Chapeau, tiendas para hombre y mujer, hay Burberry Prorsum, Balmain, Tom Brown, Tom Ford, Undercover, Current&Elliott ,Prada. Dinamita. En Linda vuela a río perfumes de Byredo, Comme des Garçons o Robert Piguet y ropa de Watanabe (ojo, puede que tengan todavía cosas de la extinta Luella, todo un mito ya). En Alfredo Esteve, YSL, Margiela, o Rick Owens para hombre. En Eleven hay cositas del valenciano Ramón Gurillo, por aquello de hacer patria. No hace falta buscar mucho más.

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Café y libro

Ahora lo que se estila es la librería café. Y ahí sí que nos hemos sumado, en masa además. El barrio de Russafa tiene tres sitios de capuccino, fiambre italiano, y El País semanal: Slaughterhouse, Ubik, y Cosecha Roja. Puedes coger prestado el Manhattan Transfer, o puedes pasarte antes por la Casa del Libro y comprar uno propio (y, de paso, ver la exposición de fotografías a boli bic de María Gea), o pasarte por la Libreria Soriano y comprar el último Monocle, que además luce bajo el brazo una barbaridad. Y bueno, sí, también han llegado los Starbucks a Valencia.

Tierra de artistas

Centrándonos en el aquí y ahora, un paseo hasta el Centro del Carmen puede ser útil y didáctico. Y muy local: la exposición 100% valencianos cartografía el estado de la cuestión artística actual, 100 artistas, 300 obras. Hay pintura, escultura, fotografía, graffiti y hasta moda y ninots falleros. No hace falta siquiera pasarte por el Museo Fallero si eres turista. Cerquita está el IVAM, con una propuesta multidisciplinar llamada Malas Callas en las que se filosofa sobre la identidad callejera de las ciudades. Suenan los Smiths. Si se hace de noche y no has comprado ese bolso de Miu Miu que te gustó en la fase tiendas, puedes acabar cenando en La Sucursal, restaurante en el propio museo que, aunque sólo sea por su sumiller, merece la pena.

Into the night

Valencia es la ciudad que pervierte a futbolistas con noches interminables, paisaje habitual de reportajes sobre parkings de discotecas, y polaroid de eso que llamaron Ruta del Bakalao. Pero más allá de la macrodiscoteca en el polígono industrial, la noche no confunde. Puedes pasarte por el Excuse Me, que es el must de esta semana y puede que de la que viene; o ir a las Ánimas a ver si te topas con algún concursante de Mujeres, hombres y viceversa. O, mejor, dejarte caer por el Chaston o el bar del hotel Westin y hacerte un Martin Miller’s como toca; y aprovechar fechas para ver en directo a Richard Hawley, Miguel Poveda, Maga, o Kitty, Daisy & Lewis, que pasarán por la ciudad durante los próximos días.

Y sí, es visión subjetiva, listado incompleto y recopilación de filias. Pero ni hay patrocinios de por medio ni vocación completista. Valencias hay muchas; tan lejos, tan cerca.

Fdo. Daniel Borrás