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El beber como acto civilizatorio y cultural está casi perdido. Durante muchos siglos, el beber fue acto cotidiano, prosaico: hasta el siglo XX, la humanidad bebía como medio de salud pública. Desde el Fausto de Goethe hasta las cantatas de Bach, pasando por la poesía de Schiller, cualquier contribución a la cultura occidental se hizo bajo el confuso diario y regular de alcohol. El alcohol como bactericida y desinfectante, como elemento cotidiano. Por el contrario, el siglo XXI es del alcohol bien como lujo, bien como droga escapista: desde la simbología del éxito al binge drinking botellonero de la juventud sin futuro. Entre medias, el alcohol como civilización: como ocio, como cultura, como filosofía de vida. Lo que nosotros reivindicamos. Formulemos diez normas, adelantemos diez principios:
1. El bebedor no es un bebedor social
El bebedor bebe solo. No siempre, pero siempre que es necesario. Beber es un acto individual: beber como afirmación de una historia, de una tradición, de una cultura. No necesita de tontos útiles para legitimar el acto: bebe solo, bebe a cualquier hora, bebe porque le otorga placer. El bebedor no es misántropo, es simple y llanamente heredero de herencia milenaria, que se manifiesta individualmente.
2. El bebedor es un alcohólico
No un enfermo, no un caso clínico: simple y llanamente un amante del alcohol. ¿Qué hay sin él? La desolación, el páramo, la tiranía. El bebedor lo sabe: sin alcohol, no hay libertad. Es un alcohólico: dependiente del alcohol para hacer realidad una porción leonina de su felicidad. So what?
3. El bebedor bebe (mucho)
Olvidad las historias sobre el beber calidad, no cantidad. El bebedor bebe mucho y bueno. Calidad, en cantidad. Si algo te gusta, lo quieres en abundancia. Olvidad leyendas de Hollywood: el bebedor acaba borracho. Simple y directo: borracho. No se excusa, no miente. “Perdóneme, he bebido demasiado”. Punto. El bebedor asume las consecuencias.
4. El bebedor bebe en el bar
No bebe delante de la tele, no bebe en un parque, no bebe en la calle: bebe en el bar. Con la chaqueta limpia, los puños crujientes y bien planchados, accede a la barra para beber. Es el bar: la relación mágica de tú a tú, barman y cliente, la madera, la copa, el cuero.
5. El bebedor no es un indeciso
Un bebedor genuino no te toca los cojones. La vida es compleja, pero las copas no. Un bebedor no necesita carta. La comanda la dispara a bocajarro. “Un manhattan, rye, bitter de naranja, twist“. Si otro pide, se une a la comanda: “Lo mismo“. ¿Tan difícil?
6. Beber no es un medio, es un fin
El bebedor disfruta, se recrea, comenta; el bebedor vibra con excitación adolescente ante el milagro del vino o su Scotch favorito. No se bebe cualquier cosa: bebe con premeditación y alevosía.
7. El bebedor respeta al barman
Puede ganar diez veces más que él, pero es su igual. O más aún: su inferior. El bar no es tu bufete, el bar no es tu banco: el bar es el bar. El bebedor calla y aprende del que manda.
8. El bebedor no da por culo
A veces, un gin-tonic de Larios es suficiente. A las putas no les interesa tu sofisticación.
9. Los amigos del bebedor beben
El bebedor es egoísta: amigos son los que dan placer. Nunca confíes en un abstemio: busca algo de ti más allá del momento.
10. El bebedor deja propina
Y seria. Barmen y taxistas son sus amigos. Si no tienes dinero para propinas, no salgas de casa.
Fdo. Lord Finesse
“Me gusta beber“… una frase lógica e inteligente, pero que a día de hoy, por desgracia, cada vez es más raro oír y mucho más difícil aún pronunciarla sin que te miren raro. Y es que por todas partes campan a sus anchas los enemigos de Baco. Apóstoles autoproclamados de su verdad suprema, que han decidido amargarnos uno de los más nobles placeres: el beber. Médicos de medio pelo, politicastros arrogantes y liberticidas, abstemios amargados, talibanes religiosos y profanos…a lo largo de la historia, cientos de actividades y productos han sido declarados por estos gurús en algunas ocasiones como bálsamos de Fierabrás, pero en las más anatemizados como fuente primigenia del Mal: el sexo, el café, el té, la carne de cerdo, la ciencia, la música, el tabaco…y cómo no, el alcohol.
Por suerte, aún quedamos espírutus libres. Gente a la que nos importa una comino lo que digan estas autoridades, y que clamamos que nos gusta beber y además predicamos con el ejemplo. ¿Por qué? Porque nos sabe bien, porque nos divierte y porque conocemos la influencia bienhechora del alcohol.
Pues sí, el alcohol es uno de los factores claves en el desarrollo de la Humanidad. No hace falta más que observar el diferente desarrollo de las diferentes culturas y civilizaciones para darse de cuenta de su enorme influjo. ¿Acaso sorprende que la cultura grecolatina y/o judeocristiana sea la más poderosa, causalmente con religiones que no sólo no han proscrito la bebida, sino que la han abrazado como parte de su imaginario y liturgia? ¿A quién le extraña que los países árabes más prósperos y pacíficos sean precisamente aquellos donde predominan ramas del islam no legalistas, donde se puede beber libremente por las calles? ¿Y por qué precisamente las taifas de Al-Andalus, donde califas, hetairas y poetas se emborrachaban, son consideradas como la cumbre de la civilización musulmana?
No hace falta más que fijarse en China, país antaño tan poderoso en la época de las dinastías, pero que entró en palpable decadencia cuando los licores fueron sustituidos por infusiones calientes. Sí, amigos… alcohol y civilización van a menudo de la mano.
Todos conocemos, en el plano físico, las bondades del regular consumo de bebidas alcóholicas. El vino es un excelente bactericida, los destilados una estupenda medicina que vigoriza el espíritu, amén de la mente. En los países caribeños no es raro ver a centenarias mulatas que disfrutan diariamente de potentes rones, por no hablar de especiados habanos.
Y tampoco es causalidad que epidemias como la peste se cebaran con especial virulencia en aquellas zonas y países que no acostumbraban a codearse con Baco. Ya lo decía Woody Allen…”No quiero ser el más sano del cementerio“.
Intelectualmente, son de sobra sabidos los beneficios de empinar el codo: estimula la imaginación y el sentido de lo bello. Muchos de los grandes del Arte han sido al tiempo grandes bebedores: desde Hafis a Hemingway, pasando por Goethe; desde Epicurio hasta Kafka o Vian, pasando por Baudelaire y Poe. Que nadie se sorprenda cuando el gran alemán Schiller, precisamente en su Oda a la Alegría, cantó:
La alegría borbotea en los cálices,
en la roja sangre de la vid,
beben calma los caníbales,
y heroísmo la desesperación.
Hermanos, despegad de vuestros asientos,
cuando circula el rechoncho romano (Baco)
dejad que la espuma salpique al cielo,
esta copa al buen Espíritu.
No extrañe a nadie que fuese Beethoven, otro borrachín, el que puso la música a esa gran cosmogonía universal del Amor y la Concordia. Porque la bebida es paz y conciliación, alegría y amistad. En torno a la botella se fraguan amigos que duran una vida o al menos pasan noches unidas las personas más dispares.
El genio de Bonn seguro que se revolvería en su tumba de saber que ha sido justamente la Novena la pieza suya convertida en himno de la Unión Europea. Qué vergonzante paradoja, salen pues de ese nido de politicastros gran parte de las directivas y regulaciones que poco a poco nos van robando la libertad de beber. Sí amigos, el tabaco ya está en búsqueda y captura y cada vez falta menos para que vengan a por el alcohol. Por lo pronto, el ente estatal nos expolia nuestra propiedad mediante brutales impuestos cada vez que tenemos la osadía de emborracharnos.
¿Quiénes son aquellos que no sólo no beben, sino que pretenden perseguir a los que difrutamos con ello? Son esos que prefieren sacrificarse como esclavos para una prebenda, ya se la prometa un líder religioso, en forma de paraíso, o un político, como pensión a sueldo del Estado.
No os extrañe que enemigos de la libertad y del individuo, como Hitler o Stalin, hayan sido recalcitrantes abstemios.
Yo prefiero hacerme mi paraíso yo mismo y sobre la tierra.
Bebo porque me gusta, bebo porque me sabe.
Fdo. Lord Finesse
Que si el muro, que si la chavalería a la moda, que si el underground, que si los cafés del Prenzlauer Berg, que sí tal, que si cual. No hay tonto que no te salga con el rollo berlinés. Cuántas veces me han entrado de levantar la mano cuando la pizpireta de turno me ha venido con la cantinela. Berlín es una ciudad prusiana, y como tal horripilante. Un infierno lleno de moles de hormigón, ristras de abortos de la arquitectura contemporánea y barrios pobres llenos de inmigrantes musulmanes. Amigos, Berlín es una puta mierda de ciudad. O lo sería, de no ser por el beber. Porque beber, lo que se dice beber, Berlín es la ciudad donde mejor se bebe de Europa. Mejor que en Londres, pero mucho más barato y sin los pijeríos y envaramientos de aquella. Hemos intentado, dentro de la inmensidad de la oferta, elegir cinco momentos imprescindibles: desde el ambiente burgués del Lebenstern, en una villa patricia de la Kurfürstenstrasse, a la atmósfera onírica del Rum Trader, pasando por la fiesta del Tausend o el geekismo coctelero del Triobar.

Recuerden siempre: uno es lo que bebe.
Y no me pregunten qué hacer o qué ver en Berlín durante el día. Ni lo sé, ni me importa.

1. Un Martínez en el Lebensstern (Kurfürstenstr. 40, villa Henny Pforten)
Nos encaminamos a la zona noble de Berlín. En un tranquilo barrio residencial, entre embajadas, consulados, firmas legales y casas patricias, encontramos la antigua villa de la estrella del cine mudo Henny Pforten, durante los roaring twenties berlineses un popular lugar de reunión de la bohème y la intelectualidad de la época. Hoy en día, su planta superior es la ubicación del Lebenstern, el mejor bar de Berlín. A la coctelera, un viejo conocido de quien escribe: el joven Ricardo Albrecht, barman del año 2009. Amo y señor de la colección de espirituosos más importante de Alemania, especializada en ginebra y ron. Del claro destilado victoriano, Ricardo y su equipo manejan más de doscientas referencias, incluyendo la que elaboran ellos mismos; del tesoro de la caña, más de setecientas. Inútil explicar lo que se puede beber aquí. La imaginación es el límite. Catas verticales de cuarenta años de Trois Rivières, sin ir más lejos. El ambiente, burguesía ilustrada alemana, sin esnobismos ni estiramientos. El abogado, el músico, el político y el artista. El piano, disponible en un rincón, por si alguien se anima. Los cócteles, clásicos. Pedimos, entre otros, un Martínez, con ginebra Old Tom, vermouth Carpano Antica Formula, licor marasquino y amargo de naranja. Maderas nobles, sillones de oreja, vistas al jardín: la civilización, en suma.
2. Un Sazerac Royal en el Triobar (dirección secreta, consultar)
Michael “Mike” Meinke era antaño publicista. Un día reventó. Desde entonces se dedica a su locura: el cóctel. La niña de sus ojos es el Triobar, que regenta en el mismo espacio físico que su amigo Dirk y su club de rones (casi 600 referencias en carta). El Triobar es un speakeasy: un bar reminiscente de los locales clandestinos de la Ley Seca americana. Su dirección sólo se revela a los invitados de Mike; se accede únicamente con reserva. Más que un bar, una cripta en la que reina el dueño como un (encantador) monarca absoluto. No hay menú: se bebe, en un ambiente íntimo, lo que Mike recomienda (o incluso impone), de un fundus extraordinario de espirituosos y productos alcohólicos, algunos de más de cien años de antigüedad. Lo que ya ha dejado de existir, lo que todavía no existe, o lo que oficialmente no existe: todo eso y más tiene Mike. Los hielos se tallan ad hoc con el picahielo o se esculpen con ayuda de una costosa máquina japonesa. Bebemos un Sazerac Royal, con un cognac desconocido, amargo Peychaud’s, un sirope casero de cognac X.O y un baño de absenta y champagne. La noche concluye frente a la chimenea, en animada conversación y cata con Mike, un hombre que vive por y para el cóctel.
3. Un Last Word en Beckett’s Kopf (Pappelallee 64)
Vecino del Vis à Vis, en el coqueto barrio residencial de Prenzlauer Berg, encontramos el busto de Samuel Beckett presidiendo el imprescindible bar homónimo. ¿Qué decir? Poco y mucho a la vez. Bebidas clásicas, inspiradas en los años de oro de la coctelería: finales del decimonono y años veinte y treinta del pasado. Lejos queda la sordidez de las copas de balón o los vasos de tubo patrios: en su lugar – y esta es la tónica habitual en Berlín – pequeños y preciosos goblets o coupettes para tragos pequeños, secos, serios, adultos. Tomamos un inmejorable Last Word (gin, Chartreuse Verte, Marasquino y lima) y una creación de la casa, el Towada (sake, pisco, grappa aromatizada con aceite de cedro, pepino fresco). Ambiente civilizado y detalles curiosos, como la carta: un volumen de textos de Samuel Beckett en la que se intercalan las bebidas, agrupadas por categorías. Un bar adulto, un bar de gente que sabe beber para gente que sabe beber.
4. Un Jack The Ripper en Tausend (Schiffbauerdamm 11)
Ni letreros, ni neones: una minúscula puerta con mirilla a orillas del río Spree es el acceso al club más exclusivo de Berlín. La cuadratura del círculo: el underground berlinés, pero sin el underground berlinés. Una puerta durísima escoge a los elegidos. Una vez dentro, la jauja: interiorismo de impresión, personal encantador, fiesta de la buena y coctelería de gran altura. ¿Quién imagina tomar un Manhattan o un Aviation de libro en una discoteca? Yo no, hasta que ví el Tausend. Bebemos, entre otros, una creación del barman Mario Grünefelder, el Jack The Ripper (applejack, licor de flor de saúco, limón y cerveza de jengibre). Todas sus bebidas pueden probarse, con más tranquilidad y sin los rigores del derecho de admisión, en su otro magnífico bar, el del Hotel Amano. Pero si de verdad te gusta beber, damos por supuesto que ya te alojas en él.
5. Una copa de Bollinger con Gregor Scholl en el Rum Trader (Fasanenstrasse 40)
La historia del Rum Trader se remonta nada menos que a 1943. En plena Segunda Guerra Mundial, a los 14 años de edad, Hans Schröder inicia su andadura como botones en el Hotel Adlon. Todos los días, concluida su jornada, el barman le sirve una soda con un golpe de granadina. Empieza su pasión por el bar, que le llevará al Le Meurice en París, el Palace en Madrid, el famoso Trader Vic de San Francisco (donde aprende los secretos del mismísimo Vic Bergeron) y de nuevo de vuelta al Adlon. Allí, entre otras aventuras, conocerá a Ian Fleming, quien le dedica unas líneas en su novela Octopussy. En 1978 abre por fin su propio bar: el Rum Trader. Fast forward: año 2009, el heredero de Hans Schröder, el increíble Gregor Scholl, nos recibe en su caverna de la Fasanenstrasse 40. Ataviado con su eterna levita, pajarita, chaleco, reloj de bolsillo y un fabuloso corte de pelo con navaja, el maestro da lugar a una noche onírica, bizarra, indescriptible. Dandy, snob, filósofo, músico, reaccionario, gourmet, narcicista, excéntrico y provocador, Herr Scholl, the last gentleman bartender, es el fascinante rey de un minúsculo microcosmos para apenas una decena de bebedores, todos ellos elegidos en la puerta por el ojo clínico del patrón. Muchos clientes primerizos no aguantan la arrolladora personalidad de Herr Scholl y deben abandonar el local. Ningún peligro corremos, sin embargo, si recordemos cuál es el ingrediente fundamental de la elegancia: el sentido del humor. Responded con una sonrisa y un comentario ingenioso a las pullas – no por finas menos ofensivas – del maestro y todo irá bien. La noche mágica concluye brindando con Herr Scholl antes de tomar nuestra “carroza de alquiler”.
…y para comer
· Cena y copa en el Vis à Vis (Raumerstrasse 15)
Coqueto y civilizado bistró a tiro de piedra del Beckett’s Kopf. Cocina burguesa afrancesada a precios honrados y con servicio competente. Esto es: lo que no existe en España. Tras los postres, unas copas digestivas en el bar del restaurante, diseñado por Michael ‘Mike’ Meinke y también uno de los mejores de Berlín. Por ejemplo, un increíble sour de Batavia Arrack – ron de la isla de Java elaborado con caña y arroz rojo.
· Comida en Fischers Fritz (Charlottenstrasse 49)
El templo gastronómico de la ciudad. Dos estrellas y diecinueve puntitos en vuestras guías más detestadas, y el menú de mediodía que sale casi regalado. De comer, pescado y más pescado – el nombre es programa. Altos vuelos, pero sin alardes, sifoneos ni desnortamientos. La carta de vinos, monumental – aunque, eso sí, con márgenes de auténtica usura. El ambiente del local en el hotel The Regent, absolutamente reaccionario y apolillado, no tiene nada que ver con el excelente servicio: joven y amable.
…y para descansar y fornicar y, ¿por qué no? beber otro poco
· Hotel Amano
Simpático y ultramoderno hotelito de diseño con agradables suites a buen precio. El bar, uno de los mejores de la ciudad, reúne todas las noches un ambiente inmejorable en torno a fantásticas copas.
Fdo. Lord Finesse
Venecia. Sin más
No todas las notas pellizcan ni son fuertes todas las emociones.
Difícil de explicar -fácil de sentir- en este hoy de hiperenlaces y presente extremo, este hoy en el que lo que deseamos -la emoción, la pasión, el amor, la melancolía- lo queremos ya. Ahora. Sin tiempo que esperar ni Ítacas a la que regresar.
No nos engañemos, hoy Ulises escucharía las música de las sirenas y después una charla, dos pares de Gin Tonics y tres polvos en un hotel business, y mañana café con leche, promesas huecas y un divorcio express cuatro años despúes, enamorado del tatuaje de su secretaria. Jódete Sirena.
Venecia no te da nada
Ni te recibe con los brazos abiertos ni te dice “quédate conmigo“. Venecia no es tu casa ni la de nadie, porque ella, claro, sólo es suya como suyos son los gatos y la luna que los consiente.
Ninguna otra, porque Venecia es un recuerdo de algo que -aún- no has vivido. Una gata perdida que no sabe, que no quiere mirar el reloj porque ya no quedan relojes que mirar. Porque sabe, al fin, que ningún reloj la espera.
En Venecia no pasan cosas. Te suceden a ti mismo
Por eso a veces es triste y a veces febril, por eso a veces es sucia y a veces luminosa, como aquellas veces en que el sol acaricia el agua del Gran Canal y roza su espalda, y se arañan, se muerden y se enamoran y cada destello es un beso que no vemos. Que no sabemos ver.
Y por eso, a veces, el sonido del mar seduce a la madera y se abrazan y crujen, susurrando notas con aroma a salitre y despedidas.
Esas veces que no decimos.
Que ya casi, maldita sea, no vivimos.
- Queda una de la que no hablas jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
- Venecia, dijo el Kan.
El emperador no pestañeó. -Sin embargo, no te he oído nunca pronunciar su nombre.
- Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mi es Venecia.
- Deberías entonces empezar cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia cómo es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella.
- Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Polo—. Quizá a Venecia tengo miedo de perderla toda de una vez, si hablo de ella.”

· La barra del Hotel Bauer.
San Marco 1459.
En pocas palabras: el mejor antro del Véneto.
Un bar sin concesiones, donde se respira el humo y cruje el parqué, un bar sin camareras del este ni niñatos pidiendo un ron cola. Un bar donde los sofás son de piel y no hay deejay, sólo un viejo perdedor tras un piano de cola.
Tras la barra gobierna Mauro de Martino, cuyas dos pasiones -cine y destilados- ensucian maravillosamente cada rincón de la taberna, cuya fonda nació en los años 30 y hoy pertenece a Francesca Bortolotto Possati, una suerte de Carmen Lomana propietaria, además, de la bodega Colmello di Grotta, en la region de Collio.
Mi recomendación: Merchant of Venice (13€)
Cóctel inventado durante el rodaje la película homónima de Michael Radford en honor a Al Pacino, retorcido Shylock que se tuvo que poner fino a base de -vodka, martini seco, manzana verde y 7up-, en el Hotel Bauer la selección de destilados es apabullante y la luz es siempre tenue. El jodido paraíso.

· Westin Regina.
San Marco 2159.
¿Qué decir del Westin?
Cuatro largos siglos de historia frente a la iglesia barroca de Santa Maria della Salute y a un paso de la plaza de las plazas, la jodida Piazza San Marco.
El barman, Giorgio Fadda, es presidente de la asociación italiana de barmans y el puto ejemplo viviente de cómo era la vieja escuela: serio, distante, educado y orgulloso. En la sala gobierna un piano que suena todos los días a partir de las siete y cócteles experimentales -esferificaciones de caviar- que conviven con la aristocracia del bebercio.
Mi recomendación: Gimlet (15€)
Ginebra, lima y zucchero, un clásico para disfrutar, por ejemplo, en la terraza del restaurante La Cusina, viendo como pasan el tiempo, las mareas y el ruido.
· Harry´s bar.
San Marco 1323.
La historia.
Es difícil separar el Harry´s de la leyenda, de Hemingway y los Cipriani. Lamentablemente, se ha convertido en una suerte de Chicote, un museo sin alma ni escrúpulos pasando el cepillo. Una puta mierda de local, en pocas palabras.
La selección de marcas es mediocre y el servicio estirado. Y cómo jode, cuando se confunde profesionalidad con estiramiento.
Mi recomendación: Bellini (17€)
Las cosas como son, Giuseppe Cipriani inventó el Bellini -champagne, frambuesas, melocotones y azúcar- y en sus fogones se gestó un plato en honor a Vittore Carpaccio, el pintor del quattrocento, un plato que quizás conozcan. Amigos, el carpaccio nació en esta tasca. Un respeto a Cipriani, coño.
· Metropole.
Riva Schiavoni 4149.
La decadencia.
Rodeando la basílica de San Marcos, frente a la laguna y la isla de de S. Giorgio se hunde este edificio del S. XVII, entre cuyas paredes Vivaldi compuso Las Cuatro Estaciones, un prodigio de exceso, arte, barroquismo y decadencia. El edén de Visconti, si levantara la cabeza.
El restaurante Met luce una estrella Michelín y una carta con más de 1.500 referencias. La mayoría francesas, afortunadamente.
Mi recomendación: Manhattan (12€)
Un Manhattan -whisky, vermut y angostura- porque para qué complicarnos, sentados en el jardín interior donde Proust -otro célebre huésped- se ahogaba en sí mismo.
Fdo. Jesús Terrés
“Sólo hay instantes”.
Nicolás Gómez Dávila.
Desde que cobrara uso de razón he consagrado mi vida íntegramente a un único propósito: la búsqueda de lo elusivo. He pasado pues, una vida entera en intentar poseer aquellas cosas, en raras ocasiones materiales, que pudieran calmar ese hambre ancestral: el de lo elusivo. Jamás lo he logrado. Y así, apenas lograda aquella meta tan buscada, la alegría del instante pronto se disipaba, como el agua que en vano queremos retener en el agua de la mano. En otras ocasiones, el instante se presentaba sorpresivo y veloz, sin ser invitado, y desapareciendo para dejar tan sólo una huella, como los sueños que se olvidan al poco de despertar. En cualquiera de los dos casos, la búsqueda empezaba de nuevo y yo me convertí en junkie del instante.
Esta y no otra, la hybris, es la esencia fáustica de la vida, en torno a la que han girado las más altas inteligencias. La búsqueda del instante, que sólo un materialista o un imbécil, que casi siempre coinciden, entendería como antónimo de eternidad. La eternidad, pues, que es siempre medida de intensidad, y no de tiempo. Y el instante, pues, como sublimación de aquella. Esencia fáustica, insisto, porque es Fausto quien entrega su alma a Mefistófeles habiéndose visto cumplido el objeto del pacto fáustico: la expansión-sublimación del instante en eternidad.
Ya que es poco probable que se nos aparezca una noche, como en la gran tragedia alemana, nuestro personal “perro de aguas” y logremos alcanzar nuestra redención fáustica, la búsqueda del instante seguirá siendo, en las personas civilizadas, nuestra única y gigantesca función vital.
Por ello aquí reclamo el papel de la bebida como pequeño consuelo fáustico, como “perro de aguas” que, convocado mediante el conjuro de su correcta preparación, se trasforma, igual que le sucediera a Fausto en la primera parte de su tragedia, en nuestro nada desdeñable Mefistófeles.
Fue Chandler en “El largo adiós“, o quizá Hammet – que siempre los confundo – quien escribió aquella frase: “El alcohol es como una chica. El primer beso es mágico, el segundo acostumbrado, el tercero rutina”. Si Chandler se refiriese a toda una vida, estaría profundamente equivocado. Si se refiere al periodo de tiempo más corto de una noche, tendría toda la razón. El primer trago, el primer sorbo de la noche en un gran bar es siempre mágico: instante sublime, pero replicable una y otra vez. Jamás puedo decir que me haya aburrido, jamás puedo decir que me haya apartado de la búsqueda del instante. Pequeña aprehensión de lo elusivo, modesta aunque agradecida sublimación de lo eterno. “Sólo hay instantes”.
The old-fashioned cocktail
En un pequeño tumbler, verter un pequeño chorro de whiskey de centeno de calidad, dos cucharadas de bar de jarabe de azúcar y varios dashes de bitters aromático (v.g The Bitter Truth Jerry Thomas’ Own Decanter Bitters). Añadir una piel gruesa de naranja y aromatizar todo el vaso, dejándola dentro. Llenar con piedras de hielo y verter seis centilitros de whiskey de centeno en varias tandas, sin dejar de remover suavemente el hielo, y dejando resbalar el espirituoso por otra piel de naranja fresca.
Fdo. Lord Finesse