El beber como acto civilizatorio y cultural está casi perdido. Durante muchos siglos, el beber fue acto cotidiano, prosaico: hasta el siglo XX, la humanidad bebía como medio de salud pública. Desde el Fausto de Goethe hasta las cantatas de Bach, pasando por la poesía de Schiller, cualquier contribución a la cultura occidental se hizo bajo el confuso diario y regular de alcohol. El alcohol como bactericida y desinfectante, como elemento cotidiano. Por el contrario, el siglo XXI es del alcohol bien como lujo, bien como droga escapista: desde la simbología del éxito al binge drinking botellonero de la juventud sin futuro. Entre medias, el alcohol como civilización: como ocio, como cultura, como filosofía de vida. Lo que nosotros reivindicamos. Formulemos diez normas, adelantemos diez principios:
1. El bebedor no es un bebedor social
El bebedor bebe solo. No siempre, pero siempre que es necesario. Beber es un acto individual: beber como afirmación de una historia, de una tradición, de una cultura. No necesita de tontos útiles para legitimar el acto: bebe solo, bebe a cualquier hora, bebe porque le otorga placer. El bebedor no es misántropo, es simple y llanamente heredero de herencia milenaria, que se manifiesta individualmente.
2. El bebedor es un alcohólico
No un enfermo, no un caso clínico: simple y llanamente un amante del alcohol. ¿Qué hay sin él? La desolación, el páramo, la tiranía. El bebedor lo sabe: sin alcohol, no hay libertad. Es un alcohólico: dependiente del alcohol para hacer realidad una porción leonina de su felicidad. So what?
3. El bebedor bebe (mucho)
Olvidad las historias sobre el beber calidad, no cantidad. El bebedor bebe mucho y bueno. Calidad, en cantidad. Si algo te gusta, lo quieres en abundancia. Olvidad leyendas de Hollywood: el bebedor acaba borracho. Simple y directo: borracho. No se excusa, no miente. “Perdóneme, he bebido demasiado”. Punto. El bebedor asume las consecuencias.
4. El bebedor bebe en el bar
No bebe delante de la tele, no bebe en un parque, no bebe en la calle: bebe en el bar. Con la chaqueta limpia, los puños crujientes y bien planchados, accede a la barra para beber. Es el bar: la relación mágica de tú a tú, barman y cliente, la madera, la copa, el cuero.
5. El bebedor no es un indeciso
Un bebedor genuino no te toca los cojones. La vida es compleja, pero las copas no. Un bebedor no necesita carta. La comanda la dispara a bocajarro. “Un manhattan, rye, bitter de naranja, twist“. Si otro pide, se une a la comanda: “Lo mismo“. ¿Tan difícil?
6. Beber no es un medio, es un fin
El bebedor disfruta, se recrea, comenta; el bebedor vibra con excitación adolescente ante el milagro del vino o su Scotch favorito. No se bebe cualquier cosa: bebe con premeditación y alevosía.
7. El bebedor respeta al barman
Puede ganar diez veces más que él, pero es su igual. O más aún: su inferior. El bar no es tu bufete, el bar no es tu banco: el bar es el bar. El bebedor calla y aprende del que manda.
8. El bebedor no da por culo
A veces, un gin-tonic de Larios es suficiente. A las putas no les interesa tu sofisticación.
9. Los amigos del bebedor beben
El bebedor es egoísta: amigos son los que dan placer. Nunca confíes en un abstemio: busca algo de ti más allá del momento.
10. El bebedor deja propina
Y seria. Barmen y taxistas son sus amigos. Si no tienes dinero para propinas, no salgas de casa.
Fdo. Lord Finesse
Islay, la más grande de las islas Hébridas: un trozo de tierra que cantara Mendelssohn-Bartholdy en su tercera sinfonía, la Escocesa. Tierra inclemente, de vientos huracanados y perpetuas lluvias, con apenas tres mil habitantes, históricamente abonados a una economía de subsitencia. Islay, más que tierra: terruño. Terruño es la palabra, y turba su componente esencial. La turba, residuo mineral de origen orgánico, inerte fósil milenario surgido de la decomposición del humus y otra materia viva acumulada en el suelo de la isla. La turba es la vida en este rincón del plantea: abono natural para los campos, combustible para los hogares. Esa turba que da vida también insufla su esencia en el whisky de Islay, si no el mejor, sí el más insobornablemente propio del mundo. La turba no sólo sirve como combustible fósil de los pot-stills – los tradicionales alambiques de cobre – sino para alumbrar las hogueras que secan la cebada malteada.
Y ahí el milagro: estas aguas de la vida adquieren un peculiarísimo bouquet ahumado, a turba. La apertura de la primera botella de Islay se torna mágica: un aroma penetrante a humo y carbón inunda la estancia; aroma adictivo que cautiva al gran bebedor y suele repugnar a imbéciles y mujeres. En boca, la turba aporta al whisky un segundo componente esencial: el ácido carbólico, veneno químico que, hasta dar con tan provechoso menester gourmand, ha sido desinfectante, disolvente e incluso pesticida. Estos toques carbólicos aportan a los maltas de Islay potentes notas medicinales. Dependiendo del agua utilizada por la destilería, concretamente del lecho de los arroyos – granítico o fangoso – el whisky puede ver potenciadas sus notas fenólicas. El tercer componente gustativo son los toques yodados, que vienen dados por la turba o por las brisas salinas, aunque en esta última leyenda hay mucho de mito.

En Islay hay algo menos de diez destilerías, más un prolijo e inabarcable mundo de vatted malts de autor. La más tradicional es Laphroaig: su diez años es el Islay iniciático por excelencia, una bomba de turba y fenoles. Bebedores más veteranos deben adquirir, no obstante, las versiones “Quarter Cask” y “Cask Strenght”: la primera, añejada en barriles de reducido tamaño, con menos turba y notas más terrosas y achocolatadas, embotellada a nada despreciables 48º; un obús de cincuentaitantos grados la segunda. Ambos caldos requieren de agua para abrirse al paladar – en tiendas gourmet encontraremos agua mineral de Islay para el proceso de dilución.
La otra gran destilería clásica, a mi entender, es Ardbeg, con un 10 años a 43º ligeramente más clemente que sus colegas de Laphroaig o Caol Ila, más dulce y ajerezado, pero que aún así se encuentra entre lo más potente de la isla. Los valientes deberían buscar un Arberg Supernova, el segundo Scotch más fenólico de la isla, con casi 80 partes por millón de ácido carbólico. Sólo se ve superado por algunas versiones del Octomore de Bruichladdich, con cerca de 120 partes por millón, muy cerca de los límites de toxicidad permitidos por las autoridades. Bruichladdich (pronunciado brookladdie), criatura del master distiller Jim McEwan, es la destilería joven y rebelde de Islay, con tiradas experimentales, muchas de las cuales no se venden en botella, sino a la manera de los grandes crus bordeleses, como contrato de futuros.
Whisky de Islay:
Una bebida seria, adulta, compleja, intransigente, de borrachos para borrachos, necesaria en estos tiempos de pax romana gintonicista. Una bebida del terruño, prodigio del ingenio humano para sacar provecho de la necesidad. Islay: lluvia, viento, humo y turba. Slan’che – salud.
Fdo. Lord Finesse