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Guía canalla de Venecia: cócteles, vinos y joie de vivre {Nº11 Oh, Venecia}

Venecia. Sin más

No todas las notas pellizcan ni son fuertes todas las emociones.
Difícil de explicar -fácil de sentir- en este hoy de hiperenlaces y presente extremo, este hoy en el que lo que deseamos -la emoción, la pasión, el amor, la melancolía- lo queremos ya. Ahora. Sin tiempo que esperar ni Ítacas a la que regresar.
No nos engañemos, hoy Ulises escucharía las música de las sirenas y después una charla, dos pares de Gin Tonics y tres polvos en un hotel business, y mañana café con leche, promesas huecas y un divorcio express cuatro años despúes, enamorado del tatuaje de su secretaria. Jódete Sirena.

Venecia no te da nada

Ni te recibe con los brazos abiertos ni te dice “quédate conmigo“. Venecia no es tu casa ni la de nadie, porque ella, claro, sólo es suya como suyos son los gatos y la luna que los consiente.
Ninguna otra, porque Venecia es un recuerdo de algo que -aún- no has vivido. Una gata perdida que no sabe, que no quiere mirar el reloj porque ya no quedan relojes que mirar. Porque sabe, al fin, que ningún reloj la espera.

En Venecia no pasan cosas. Te suceden a ti mismo

Por eso a veces es triste y a veces febril, por eso a veces es sucia y a veces luminosa, como aquellas veces en que el sol acaricia el agua del Gran Canal y roza su espalda, y se arañan, se muerden y se enamoran y cada destello es un beso que no vemos. Que no sabemos ver.
Y por eso, a veces, el sonido del mar seduce a la madera y se abrazan y crujen, susurrando notas con aroma a salitre y despedidas.
Esas veces que no decimos.
Que ya casi, maldita sea, no vivimos.

- Queda una de la que no hablas jamás.
Marco Polo inclinó la cabeza.
- Venecia, dijo el Kan.
El emperador no pestañeó. -Sin embargo, no te he oído nunca pronunciar su nombre.
- Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mi es Venecia.
- Deberías entonces empezar cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia cómo es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella.
- Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Polo—. Quizá a Venecia tengo miedo de perderla toda de una vez, si hablo de ella.”

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· La barra del Hotel Bauer.
San Marco 1459.

En pocas palabras: el mejor antro del Véneto.
Un bar sin concesiones, donde se respira el humo y cruje el parqué, un bar sin camareras del este ni niñatos pidiendo un ron cola. Un bar donde los sofás son de piel y no hay deejay, sólo un viejo perdedor tras un piano de cola.
Tras la barra gobierna Mauro de Martino, cuyas dos pasiones -cine y destilados- ensucian maravillosamente cada rincón de la taberna, cuya fonda nació en los años 30 y hoy pertenece a Francesca Bortolotto Possati, una suerte de Carmen Lomana propietaria, además, de la bodega Colmello di Grotta, en la region de Collio.
Mi recomendación: Merchant of Venice (13€)
Cóctel inventado durante el rodaje la película homónima de Michael Radford en honor a Al Pacino, retorcido Shylock que se tuvo que poner fino a base de -vodka, martini seco, manzana verde y 7up-, en el Hotel Bauer la selección de destilados es apabullante y la luz es siempre tenue. El jodido paraíso.

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· Westin Regina.
San Marco 2159.

¿Qué decir del Westin?
Cuatro largos siglos de historia frente a la iglesia barroca de Santa Maria della Salute y a un paso de la plaza de las plazas, la jodida Piazza San Marco.
El barman, Giorgio Fadda, es presidente de la asociación italiana de barmans y el puto ejemplo viviente de cómo era la vieja escuela: serio, distante, educado y orgulloso. En la sala gobierna un piano que suena todos los días a partir de las siete y cócteles experimentales -esferificaciones de caviar- que conviven con la aristocracia del bebercio.
Mi recomendación: Gimlet (15€)
Ginebra, lima y zucchero, un clásico para disfrutar, por ejemplo, en la terraza del restaurante La Cusina, viendo como pasan el tiempo, las mareas y el ruido.

· Harry´s bar.
San Marco 1323.

La historia.
Es difícil separar el Harry´s de la leyenda, de Hemingway y los Cipriani. Lamentablemente, se ha convertido en una suerte de Chicote, un museo sin alma ni escrúpulos pasando el cepillo. Una puta mierda de local, en pocas palabras.
La selección de marcas es mediocre y el servicio estirado. Y cómo jode, cuando se confunde profesionalidad con estiramiento.
Mi recomendación: Bellini (17€)
Las cosas como son, Giuseppe Cipriani inventó el Bellini -champagne, frambuesas, melocotones y azúcar- y en sus fogones se gestó un plato en honor a Vittore Carpaccio, el pintor del quattrocento, un plato que quizás conozcan. Amigos, el carpaccio nació en esta tasca. Un respeto a Cipriani, coño.

· Metropole.
Riva Schiavoni 4149.

La decadencia.
Rodeando la basílica de San Marcos, frente a la laguna y la isla de de S. Giorgio se hunde este edificio del S. XVII, entre cuyas paredes Vivaldi compuso Las Cuatro Estaciones, un prodigio de exceso, arte, barroquismo y decadencia. El edén de Visconti, si levantara la cabeza.
El restaurante Met luce una estrella Michelín y una carta con más de 1.500 referencias. La mayoría francesas, afortunadamente.
Mi recomendación: Manhattan (12€)
Un Manhattan -whisky, vermut y angostura- porque para qué complicarnos, sentados en el jardín interior donde Proust -otro célebre huésped- se ahogaba en sí mismo.

Fdo. Jesús Terrés
5 Comentarios

    * Tanto la foto de ilustra el artículo como la de portada han sido realizadas en Westin Regina.
    Personalmente, sólo me queda dar las gracias a Giuseppe de Martino, director del hotel, por su exquisito trato y atención durante la realización del mismo.

  • ** El extracto pertenece a “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino, extraído del imprescindible Efímera.

  • Bonita foto de fondo.

    Un saludo!

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