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El dandi y los vinos de Borgoña {Nº5 Elegancia}

Elegancia y palabras gastadas

Elegancia. La palabra tintinea en el teclado como las uñas en la madera.
Elegancia. Eso que no se compra pero sí se vende. Eso que publican encartado junto a la prensa deportiva y las páginas salmón. Que es firma, logotipo, portada y excusa.
Tantas voces nos hablan de elegancia:
La elegancia es distancia. Frío y esqueleto. Como aquellas rubias gélidas de Alfred Hitchcock, esa “chica inglesa con aspecto de institutriz puede montar en tu taxi y, sin inmutarse, desabrocharte la bragueta“. Elegancia, sentenciaba Balzac, es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos.
La elegancia, dicen, es actitud.

La elegancia del dandi

Si el dandi del diecinueve pudiera bordarse un lema en su impoluta camisa, éste sería sin duda “Demasiado tarde“. Porque este excéntrico héroe, que consideraba el reloj sólo como un adorno, nace precisamente de un retraso; mejor dicho: el dandi es la expresión más completa de un retraso.
Y es que, de hecho, nace junto a su invencible adversaria, la sociedad de masas, que inaugura su hegemonía sobre la modernidad con la Revolución Francesa y la muchedumbre expectante frente a la guillotina. Mientras los cínicos intentaban dominar los humores sordos del vulgo, destinados a desembocar un siglo después en sanguinarias dictaduras, los dandis escogían la heroicidad, la de resistirse a esa nueva tiranía sin rostro, sabiendo de antemano que serían vencidos en el duelo. Como indemnización bastaba corroborar la banalidad de su vencedora. No hay drama alguno, escribe Malraux: lo que verdaderamente cuenta para un dandi es haber recitado bien su papel.

Es difícil definirlo. Para Maud Sacard de Belleroche, el dandi, sobre todo, se opone. Para Michel Onfray, la esencia del dandismo es la rebelión permanente, el rechazo al gregarismo, el elogio de la individualidad, la insubordinación permanente. “Cuando la gente piensa como yo -sentenciaba Wilde- siempre siento que debo de estar equivocado“. Es el gentil fantasma embebido de pasado que recuerda a sus contemporáneos hipnotizados por el progreso la posibilidad de vivir en un mundo antiguo y elegante.*

dionisos

¿Y qué es, si no, Borgoña?

Borgoña es el pasado. La esquina doblada, la última línea de defensa de una batalla ya perdida. Y sin embargo allí, en la estrecha franja que recorre el sur desde Chablis hasta los suburbios de Lyon, los viticultores resisten mirando hacia su único refugio: la tierra.
En Borgoña no importan las marcas ni los nombres, sólo la tierra. Por eso conocer sus vinos es la cima más alta del amante del líquido rojo, porque adentrarse en Borgoña es hacerlo en un laberíntico puzzle de parcelas, viñas y pueblos: Meusault, Vosné Romanée, Chassagne-Montrachet, Puligny-Montrachet, Nuits-Saint-Georges, Vougeot… cada etiqueta de cada vino borgoñés es un insulto al marketing y a los tipos de la corbata. Cada etiqueta es una muesca de un revólver que ya no volverá a casa.

Y mientras tanto, el resto del mundo vinícola ha mordido el suelo ante el rodillo implacable del futuro, como esa nada que engullía sin tregua la historia interminable de Bastian y Atreyu. La nada que es el presente que araña nuestra nuca con cada latigazo del despertador. La nada vestida de grandes almacenes, de prêt-à-porter, de sabores y olores estandarizados, envasados al vacío y pagados a plazos.
La nada, en el viñedo, pasa por el trazo que dibujan Robert Parker y Michel Rollan: vinos con fruta hipermadura, más concentrados y microoxigenados. Perfectas fotocopias sin alma ni raíces. Resultado: Un Château Angelus de Saint Emilion es similar a un Mondavi californiano o a un bodegas Palacio. La tiranía del código de barras.

Pero nos queda Borgoña.
Nos quedan esos locos gabachos que miran pasar los coches a lo lejos. Que escuchan el terruño y el corazón más que a la cuenta corriente.
Supongo que gruñirían si leyeran esto. “¿Elegancia, aquí?
Supongo que volverían a lo suyo, al viñedo y la tierra.

Sí, elegancia.

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· En Borgoña se cultivan sólo tres variedades: Pinot Noir, Chardonnay y Gamay (en la zona de Beaujolais).
· Una excelente selección de Pinot Noir de Borgoña.
· Los 200 mejores Pinot Noir de Borgoña según Wine Advocate.
· La bonita carta de amor de Juan Ferrer-Enópata a la “Condesa descalza” (Chardonnay).

Fdo. Jesús Terrés

Burt Bacharach: lo que el mundo necesita ahora {Nº5 Elegancia}

A fecha de hoy escribo un poema tan triste como una canción de Burt Bacharach. Y no me sale. No es fácil. El propio autor, que con 81 años ya tiene más que asumido que la humildad está tan sobrevalorada como ser sincero, lo resumió y cinceló en su visita a Málaga el pasado 26 de julio: “Ahora voy a hacer un medley con mis cuatro primeros hits”. Hits. Ni grabaciones, ni canciones, ni temas. Cero eufemismos.

Porque un señor que está en la lista de los 20 compositores que más canciones ha colado en las listas británicas puede aparecer en escena con zapatillas con cámara de aire si quiere (y vaqueros, y blazer azul con botones dorados). Puede reírse de mí. Podría quedarse en su casa, incluso. Tiene una mansión de siete millones de dólares.

“Escribo desde siempre, no recuerdo haber hecho otra cosa en mi vida”, dijo también. De forma impecable, sofisticada, compleja. No le vale el ‘hazlo tú mismo’, ni repetir los mismos cuatro acordes. Unas veces, sus canciones las marca el ritmo de un corazón que bombea enamorado; otras, el del mismo órgano pero agonizando. ¿Easy listening, música de cóctel? Ya.

Sólo bajó a la tierra para reconocer que nunca supo cómo ponerle palabras a su música (David lo hizo mejor que nadie, luego también su ex mujer Carole Bayer o en colaboraciones con Elvis Costello). Pero que nadie se engañe, un hombre admirado por el Brian Wilson de la época Pet Sounds no tiene resquicios. Nada de puntos débiles. Su letra favorita, dice, siempre fue la de Alfie. “Without true love we just exist”. Y tanto.

En escena

Tiene tanto que ofrecer que se permite el lujo de distribuir el concierto en varios popurrís temáticos (melodías de cine, escritas por Hal David, popularizadas por la tía de Withney Houston, éxitos tempranos…), de tocar solo durante un minuto y medio el Arthur’s Theme, de olvidarse de I just don’t know what to do with myself y quedarse tan ancho. Y, con todo, conseguir uno de los conciertos de tu vida.

Vale que la puesta en escena huele a años 50 desde lejos (bromas onomatopéyicas de las que gustaba hacer Sinatra, cantantes moviéndose como coristas, sintetizadores ochenteros) y que no arriesga mucho. Sus tres voces de apoyo son una Warwick, una Aretha y un Tom Jones. Clavados. Pero el setlist es de vértigo. Imposible de alcanzar, hoy día, por ningún otro compositor vivo. El resto pagaría por haber escrito la mitad de un estribillo de su peor canción.

bacharachmalaga

El (todavía) galán visitó además Madrid en dos fechas únicas en España. Quién sabe si también últimas. Puede disfrutarse de su directo, no obstante, en el disco de 2008 Live at Sydney (mismos músicos de acompañamiento, listado de temas similar), y en una exclusiva actuación para la BBC. Pero nada como escucharle susurrar, de forma casi milagrosa, un Raindrops coreado a modo de catarsis colectiva por medio Teatro Cervantes. El otro medio no acudió por preferir gastarse el alto precio de la entrada en insulsas cenas de diseño o en mujeres feas.

Tener éxito con una canción es como triunfar con una mujer, ser capaz de convivir toda una vida con ella sin que te canses“, reconoció ese mismo día a El País. Amores verdaderos, canciones sempiternas. La misma cosa. Bacharach es poco conocido (su nombre, su rostro; cuentan incluso que se pasea con el torso desnudo de forma impune, pocos le reconocen). Pero prueba a escuchar una canción suya. Si no la tarareas es que no eres de este mundo. Ni tienes alma. O es que no has visto La boda de mi mejor amigo. No puedo ponértelo más fácil.

Reflejándose en el cromado de su piano, Burt se levanta. Con una mano pulsa dos notas, con la otra hace un movimiento leve, suave, como de director de orquesta cerrando la melodía. Luego va hacia su vocalista y chocan puños en señal de camaradería. Flojito, claro. “¿Cuál es la mayor aspiración de la vida?“, preguntan en Al final de la escapada. ”Llegar a ser inmortal y después… morir“. Todavía no, maestro. Todavía no.

Diez imprescindibles

· The Walker Brothers / Make It Easy On Yourself
· BJ Thomas / Raindrops Keep Fallin’ On My Head
· The Carpenters / (They Long To Be) Close To You
· Dusty Springfield / The Look of Love
· Dionne Warwick / Anyone Who Had A Heart
· Jackie DeShannon / What The World Needs Now Is Love
· Christopher Cross / Arthur’s Theme
· Herb Albert / This Guy’s In Love With You
· Elvis CostelloGod Give Me Strenght
· Dionne WarwickWalk on by

Fdo. Daniel Borrás

Locos por las faldas {Nº5 Elegancia}

Al mejor estilo zolesco en J’Accuse: Yo, no me la pondría. Sí, la falda masculina, esa prenda de la que tanto se habla pero a ver quién es el guapo que se la coloca viralmente y mantiene el tipo virilmente. Y eso tiene su miga. El crítico king-size de moda y danza de El País, Roger Salas, propone un juego de cadáveres exquisitos y punzadas certeras repleto de oscuridades góticas, fantasías románticas, objetos fetichistas, y piezas de tela capaces de suscitar, para bien o para mal, una conversación o ligeramente un comentario ligero.

La exposición ‘Hombres en falda’ recala en la Nau de Sagunt dentro de la programación del Festival d’Estiu de Teatres después de su andadura por Madrid (2006) y Sevilla (2008). En esta instalación, cobra especial relevancia la falda masculina como instrumento estético en el vestuario de danza y ballet, con prendas excepcionales como el traje que usó Rudolf Nureyev para el ballet La Sylphide (Bournonville) custodiado en los fondos de la Ópera de Roma, la que lució Nacho Duato en “Mediterránea” o la elegancia neo-folclórica de Armani para el neo-bailaor Joaquín Cortés. Todo es cuestión de hábito, como bien sabe el monje.

Al tiempo se ha focalizado un apartado sobre algunas variantes de la falda masculina tradicional, desde el kilt escocés o irlandés, con sus variantes, hasta el traje de los derviches turcos o egipcios, concluyendo con los hoy muy popularizados pareos étnicos de Asia o el Pacífico en un display que es toda una dilatada fantasía homoerótica. La tradición nos lleva documentalmente a Egipto, Sumeria, Grecia o Roma, culturas en las que los hombres impusieron la falda, que desde los ochenta (J’accuse: Miguel Bose, Montesinos, Locomía,…) intenta abrirse camino, infructuosamente, en el ropero masculino.

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Faldas rectas, de tubo, acampanadas, fruncidas, falda-pantalón, plisadas, maxifaldas, a tablas, o mínimas expresiones. Muchas de las piezas expuestas en esta instalación artística, que se sumerge en las fuentes de las fashion performances de la artista serbia Marina Abramovic, han sido especialmente concebidas para la exposición. Francis Montesinos, Roberto Verino, Carlos Diez, David Delfín o Amaya Arzuaga son algunos de los referentes nacionales que han colaborado en esta original iniciativa. La selección es variada y contradictoria, que son síntomas de la vitalidad de sus propuestas.

En Valencia se adhiere al proyecto un grupo de diseñadores bien ecléctico y que cubre la cuota provincial con diferencia. Están todos los chirripitifláuticos del mundillo local: desde el clasicismo evolucionado en total-black de Tonuca, el juego patchwork de Retal Reciclaje, el neo gótico con conexiones manga de Fidel David, a la visión camp del camuflaje de la Cantante Calva, pasando por las claves cinematográficas (literal) de Víctor Pau, la impostura masculina de José Zambrano, o la propuesta de punk contenido de Alejandro Sáez de la Torre… si es que son la tira. El resultado es un diálogo bien provocado y conducido, y reescrito escénicamente en la Nau de Sagunt con astucia.

Véanlo. Esto-es esto-es esto-es todo, amigos.

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La exposicion Hombres en Falda puede visitarse hasta el proximo 20 de agosto en la Nau de Sagunto (Valencia).

Fdo. Guillermo Arazo