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El sexo vende
Fácil, ¿verdad? Arte y sexo. Eros & Tánatos hacen caja y llenan de ocasionales las colas de los museos. Lágrimas de Eros sin ir más lejos, fue la exposición más vista del año en el coso de la Baronesa. Culos y tetas, Baronesa. Culos y tetas.
Un poco más allá nos lleva Christoph Büchel en el museo vienés La Secesión, donde ha construido una réplica del club de bondage e intercambio Element6. Imaginen la escena: strippers, bodies de látex, gemidos, gritos, torturas, lenguas y coños. La exposición se llama Espacio para la cultura del sexo y el visitante puede mirar, tocar y morder.
¿Se imaginan el resto, no? Exacto, sold out y colas abarrotadas.
Sexo. Supongo que tiene sentido. El sexo por el sexo. Frente a la crisis, sexo. Frente al despertador y los días grises, sexo. Frente al desencanto, la caja tonta y los cereales con fibra, sexo. El sexo es anarquía porque no esconde mensaje en la botella, porque no es tuyo ni mío ni entiende de planes, de éxito o fracaso. Frente a la vida el sexo, que es morir un poco cada día. Bendita muerte.
El sexo se vende
¿Algo no se vende? La sala de subastas Phillips de Pury & Company pone a la venta un lote temático dedicado al arte del sexo.
La subasta Sexo contará con un total de 221 piezas que reflejan la interelación entre el sexo y el arte contemporáneo. El placer sucio y eléctrico enmarcado en los límites del lienzo. Desde la obra abiertamente sexual de Thomas Ruff a los desnudos más sutiles de Tom Wesselmann y Henri Matisse. Y qué nombres: Nan Goldin, David Drebin, Stephane Graff, David Hockney, Helmut Newton, Mobuyoshi Araki, Bruce Weber o Terry Richardson. Cremita.
Así que mejor les dejo con ellos, con el sudor, los culos y las medias rotas:
Fdo. Jesús Terrés
Vorticismo y música Pop
Conocí a los vorticistas -para qué engañarnos- en las páginas de Cosas que hacen BUM, el segundo libro de la trilogía adolescente de Kiko Amat, el viaje en clave pop a la mente delirante de Pànic Orfila, la odisea en torno a la cual descubrimos todas -y son un huevo- sus obsesiones: el surrealismo, el satanismo, los situacionistas, Max Stirner, la música soul, la masturbación y Eleonor, una chica de su instituto. Para colmo también se une a los Vorticistas: un extraño gang de dandis revolucionarios del barrio de Gràcia que posee un amenazador plan secreto.
Vorticismo, diantres. Me sonaba como a títulos de crédito de Saul Bass, a la Dreamcast y las canciones de los Smiths. “Please, please, please let me get what I want” y todo ese rollo afectado que se nos pega al culo en la adolescencia. Un día lees cómics de Daredevil y al siguiente Zasca! todo es gris y pesado y leeeeentoooooo. Y sólo escuchas el crujido de las cuerdas de John Cale y el sonido de la indiferencia de la Eleonor de turno. Puta Adolescencia, creo que lo llaman.
Vorticismo, pues vale. Un día, años después, Eleonor ruge bajo tus dedos y el gris es azul y todo lo que ardía ahora sólo calienta. Y cada día ya no es una vida sino un problema, y cada llamada ya no es un calambre sino una pregunta. Y tú, se supone, ya conoces algunas respuestas. Madurez, creo que lo llaman.

“No me importaba saber que su salvajismo y desparpajo estaban, en algunos casos, condenados a muerte. Que era su único tubo de escape, y estaba a punto de atascarse; como universitarios que sólo se emborrachaban al terminar los exámenes, heavys a punto de cortarse el pelo y casarse con grandes gordas. Rebeldes a media jornada, nihilistas de colonia de verano que, cuando vuelven a casa, retornan a la rutina diaria. Y su insurrección pequeñita queda como un souvenir, como un burrito de paja que se trajeron de sus vacaciones en el desmadre de otros.
La desobediencia como crucero en el Caribe. El inconformismo como intermedio, como tiempo muerto, como actividad extraescolar, como apuntarse a cursos de ballet o guitarra o alemán. Como algo que hacer hasta que el verdadero deber llama. Hasta que llega la hora de madurar y hacerse adulta y retour à la normale, olvidarlo todo.”
Wyndham Lewis · El hombre tras el telón
Hoy es martes. Han pasado demasiados veranos, resacas, cómics, preguntas y Eleonores. Y abres el correo y te encuentras con Wyndham Lewis en la Juan March. Lewis, el misterio, la “Vanguardia en un solo hombre“, el esquivo fundador del Vorticismo escribió más de 50 libros, redactó manifiestos, editó revistas y produjó una fascinante obra, que incluye desde composiciones cubofuturistas y abstractas hasta los retratos.
“La personalidad más fascinante de nuestro tiempo” –como escribiera T. S. Eliot en 1918– y “el mayor retratista de todos los tiempos” –como lo saludó Walter Sickert en 1932– pionero de la abstracción, pintor de guerra, novelista, ensayista, editor, crítico y, claro, vorticionista. Y se presenta en Madrid con la primera exposición presentada en España que es, además, la más completa realizada en el mundo desde la antológica que le dedicara la Tate en 1956, un año antes de su muerte. La exposición presenta la vida y la obra artística y literaria con más de 150 obras y más de 60 libros, 10 revistas y manifiestos.
La locura que desatamos por pasión es lo más cerca que nunca estaremos de la grandeza, Pànic”.
Fdo. Jesús Terrés
Las imágenes tienen olores. Las de Eduardo Arroyo huelen a sudor y lamparones, al tintineo de los zapatos de piel sobre el cemento y la verdad sobre la lona. Arroyo amaba el boxeo hasta la locura y lo sigue amando hoy, cuando el pugilismo huele a rancio y clandestino, ¿por qué?
si son sólo dos hombres sobre un cuadrilátero, con cuatro guantes y cinco normas. “Salvajismo para tarados” dicen quienes aborrecen el ¿deporte? del KO, ese que remonta al siglo XVI, ese que han colocado junto a la caza y los toros como símbolos de vergüenza. Bendito progreso.
Crochet, gaoneras y preguntas sin respuesta
Me preguntan a menudo cuál es el misterio que habita en el albero, cual la razón de seguir amando ese espectáculo triste y vergonzoso.
Es fácil. Nos recuerda qué es eso de vivir, porque fuera de la plaza -y del ring- la vida sólo nos regala emociones antisépticas, buenas intenciones, yogures biólogicos y talante descafeinado. La vida, nos dicen, es mejor envasada al vacío, congelada y fria tras el cristal del seguro médico y el gimnasio con pilates. En la plaza -en el ring- no hay cristales ni profilácticos. Sólo vida. Y nos recuerda que también somos carne, sangre, vísceras y sufrimiento. Nos recuerda que vivir duele. Que morimos como vivimos, y que demonios, sí, todavía merece la pena levantarse tras la caída.
Decía Hemingway que todas las vidas son la misma vida, que “sólo los detalles de cómo un hombre vivió y cómo murió lo distinguen del siguiente“.
¿Cómo no amar aquello que nos lo recuerda?

Cinco imágenes de cinco películas sobre cinco cuadriláteros
Cine y boxeo. Sin más. No se puede leer la historia del cine sin subrayar páginas y páginas de amor al boxeo y el cuadrilátero. El cine -el arte, redios- ama al perdedor. La pantalla adora el desgarro y el todo-por-el-todo. El all in sin medida ni red bajo el trapecio, “es mi última carta, nena” y el fulano arrastra las fichas sobre el tapeta y damos juntos un último trago, y joder, todos queremos que gane (aunque todos sabemos que no la hará). Pero soñamos -durante un segundo- un final feliz con chica guapa y perro en la puerta de casa.
El cuadrilátero es el perfecto refugio del loser. La toalla ensangrentada, la batalla perdida pero aquí estoy, de pie. No es como caes, sino cómo te levantas.
1. Toro Salvaje. “La” película de boxeo. Scorsese, De Niro y Schrader con el mojo al máximo. Y eso, no me jodan, es mucho mojo.
La escena: La Motta y Pesci dialogan apoyados sobre la mesa de mármol. Ostias, esto es CINE.
2. Marcado por el odio. New York bajo la lente de Joseph Ruttenberg y Paul Newman en los calzones de Rocky Graziano.
La escena: Paul Newman y Sal Mineo dándose estopa. La primera gran pelea de la historia del cine. Todo lo que vino después -salvo el Ali de Michael Mann- es una copia de esto.
3. Million Dollar Baby. ¿Qué decir de la mejor película del mejor director vivo? En ArterEgo besamos tu culo, Clint.
La escena: El hijo de puta de Frankie Dunn le regala un batín a Maggie Fitzgerald con una extraña sentencia en gaélico: Mo Cuishle . Y a todos se nos encoge el corazón. Mo Cuishle: “mi niña, mi sangre“.
4. Rocky. Que sí, que ya me sé lo de los tópicos y toda la basura que vino después. Pero no me jodan, hombre, que es Rocky Balboa.
La escena: El potro italiano entrenando, después de desayunar seis huevos sin batir, sale a correr entre la basura y la niebla, subiendo las escaleras que llevan al museo de Arte Moderno de Filadelfia. Mierda, todos somos Rocky.
5. Cinderella Man. Pasó relativamente desapercibido este peliculón de Ron Howard. Crowe y Giamatti están impecables -como siempre, vaya-, en parte porque Russell Crowe encarna como nadie -Brando no cuenta, claro, es Dios- la figura del hombre que se viste por los pies. Ese animal -tierno y salvaje- al que sólo le queda su palabra.
La escena: Braddok se arrastra -y manda a cagar a su orgullo- y tiene que pedir limosna ante los que juró que jamás se arrastraría. Si esto no te pone los pelos como escarpias es que no tienes jodida sangre en las venas.
Fdo. Jesús Terrés
Dos hombres pegándose son sólo eso, dos hombres pegándose. El boxeo no es un deporte. No podría serlo. Pero si lo fuera, vaya, sería el más perfecto de todos: Uno contra uno, con tus puños y tu mente como único elemento. Igualdad. Honor. Competición, espectáculo y elemento cultural tan antiguo como el hombre y sus pulsiones. No hay viento en contra, ni máquinas más caras que otras, ni estrategias extrañas.
Si no hubiera tenido que comer, jamás habría subido a un ring a pegarme”.
Cita a modo de legado familiar (no busquen la reseña en ningún sitio, viene de casa) que define el porqué de las narices rotas. El boxeo es necesidad, jóvenes en la calle. Y puestos a buscar escenarios cinematográficos, también lumpen, chicas en bikini, Sinatra en primera fila y mucho Dry Martini. Luz de excesos sobre el ring, sombras sobre la (imposible) naturaleza humana.
Pero es, sobre todo, la práctica del miedo. El que pierde el púgil a lo largo de su vida cuando ha de enfrentarse a problemas; nadie que se pega tiene miedo a pegarse otra vez. El que tiene la sociedad (y qué cojones será eso de la sociedad) al detestar lo que no comprende, lo pretendidamente correcto, la plástica que no alcanzan a entender. Y, sobre todo, el que tienen todos los que suben a un cuadrilátero cuando exponen su combaten, su título… y su orgullo.
Aquí no hay hombres que cuelgan las pelotas en el perchero antes de salir de casa, junto a la puerta, con el sombrero y el paraguas. Aquí nadie quiere perder, ni caer antes que su rival, ni tirar la toalla. Dato confirmado: Durante años, en el contestador automático de Frazier, el mensaje que podía escucharse era un escueto (y orgullosísimo, chulesco) “yo fui el hombre que lo hizo”. Porque realmente lo hizo.

Guantes del color del albero
En España, el boxeo es una madrugada sin dormir esperando ver caer a Poli Díaz. O, como mucho, Castillejo participando en un reality. Poco más. Relegado a un segundo plano, ni funciona como deporte al uso ni la gente ve en su violencia el confeti del fútbol americano o el maquillaje del wrestling.
“A nadie le interesa ya el boxeo”, dice Eduardo Arroyo, pintor, escritor, aficionado loco. Por suerte. Escribió las biografías de Panamá Al Brown y Bantam; retrató casi hasta la obsesión los rostros deformados de Arthur Cravan (sobrino de Oscar Wilde, por cierto) y Jack Johnson. Arroyo, en solitario, saliendo en defensa del arte solitario.
Estos días recoge sus pinturas, los textos y una nutrida colección de piezas asociadas al mundo de la lucha. Con referencias de escándalo, para sorpresa de detractores y sesudos: Páginas manuscritas donde Cocteau loa a Panamá, retratos fotográficos de Ernest Hemingway con Kid Turnero, un libro de Gómez de la Serna sobre Antonio Ruiz.
Arte cruel y elemento de la cultura popular moderna, el boxeo no es trivial ni chusco ni simple. Sirva un ejemplo y recomendación final: La mejor crónica (deportiva, periodística, de todo tipo) que servidor ha leído jamás cuenta cómo José Legrá se alzó con el título. Firmada por Manolo Alcántara, consigue lo que todos (sin miedo, con el ego ligero) los que escriben intentan alguna vez. Convertirse, casi, en literatura.
La literatura del miedo. Del gancho en la mandíbula. De la única competición real. Estética como pocas cosas en la vida; honesta como jamás creerías.
Un directo de izquierda y un crochet corto y exacto con la derecha son suficientes”

La exposición Eduardo Arroyo, boxeo y literatura, puede verse en em MuVIM de Valencia hasta el próximo 14 de febrero.
Fdo. Daniel Borrás
Es penoso vivir con miedo, ¿verdad?“, Brion James
Se supone que estamos perdidos. Se supone que ya no sabemos quienes son nuestros hijos, que olvidamos por qué peleamos, que somos juguetes rotos, perdidos entre los wish list de todas las cosas que seguramente nunca tendremos.
Y sin embargo coleccionamos razones, listas de cosas por hacer, catecismos, chinchetas en el mapa del ego y eso-que-se-debe-hacer, las medallas, los conciertos, la mesa en Can Roca y el colegio inglés.
Tú, que arañabas mañanas con tus llaves en la puerta ajada del baño de aquel bar mugriento, donde cada paso era una vida. Tu vida.
If he sees nothing within, then he should stop painting what is in front of him“, Caspar David Friedrich
Se supone que no hay mañana, y sin embargo planificamos cada paso que damos al ritmo de las buenas intenciones y los pagos a plazos. No hay mañana, pero tú envuelves regalos de una navidad en la que no crees. Es “lo” que hay que hacer.

Hace 250 años un movimiento abrasó las entrañas de la Europa ilustrada y clavó en ella un estoque que sangra hasta hoy. Se llamaban románticos. El romanticismo germinó en el lodo del clasicismo, el racionalismo y el pensamiento de escuadra y cartabón. Basta de reglas, era su credo. Su único credo.
Hoy no queda nada de aquello, sólo postales y frases huecas en puertas de lavabos. Y qué pena, el romanticismo prostituído en baladas de medio tiempo y fulanas enamoradas. En casas pintadas de azul y amor de postal. Qué pena.
Friedrich representaba la quintaesencia del romántico: individualismo, desgarro y muerte. Enfermedad, sepulturas, fosas y lechuzas. Soledad y niebla, “el papel del pintor es extraer y representar lo que ve en sí mismo“.
Caspar David murió solo un día gris de mayo, y fue enterrado en el cementerio de Dresde, a la vera de su luna, su mármol y sus lechuzas.

· Caspar David Friedrich: el arte de dibujar, hasta el 10 de enero de 2010 en la Fundación Juan March
Centrada en el proceso creador del pintor más célebre del romanticismo alemán, la exposición incluye 70 obras sobre papel en diversas técnicas y con motivos y temáticas diversas: árboles, paisajes, ruinas y edificaciones y arquitecturas.
La exposición nos acerca a la sustantiva belleza de sus obras al tiempo que ofrece, por vez primera, una perspectiva privilegiada acerca de la función de sus dibujos en su proceso creador. Se trata de dibujos ejecutados en plena naturaleza con minucioso detalle y, después, utilizados por el artista como las piezas de un moderno sistema de arquitectura pictórica con las que construir, lejos ya de la naturaleza –en el taller–, los paisajes sublimes que han hecho de él el pintor más importante del Romanticismo.
Fdo. Jesús Terrés
Lágrimas de Eros, en El Thyssen
El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid presentan Lágrimas de Eros, una gran exposición dedicada a los tormentos de la pasión: el lado oscuro del deseo sexual. El título de la exposición procede del último libro publicado en vida por Georges Bataille, Las lágrimas de Eros (Les Larmes d’Éros, 1961): la íntima relación entre Eros y Tánatos, entre la pulsión sexual y el instinto de muerte. El punto de partida de Bataille es la certeza de que en la petite mort del orgasmo experimentamos un avant-goût, una anticipación de la muerte definitiva.

La exposición -que incluye 119 obras, entre pinturas, esculturas, fotografías y vídeos-recorre todas las orientaciones y nichos del deseo: la mirada masculina y la femenina, lo hetero y lo homo, el voyeurismo y exhibicionismo, el bondage y el sadomasoquismo, los diversos fetichismos, etc.
Muerte, oscuridad y tormento.
¿De qué coño hablan?
El deseo es una mujer. El deseo es anhelo, carne y luz.
Deseo es una respuesta, no una pregunta.
Deseo es tantas respuestas…
Deseo, por Neil Gaiman
Deseo es de altura media. Es poco probable que ningún retrato pueda hacer justicia a Deseo, ya que verla (verlo) es amarle (o amarla)… apasionadamente, dolorosamente, hasta la exclusión de todo lo demás.
Deseo huele casi subliminalmente a melocotones de verano, y proyecta dos sombras: una negra y bien perfilada, la otra translucida y siempre vacilante, como el reflejo del calor. Deseo sonrie en breves destellos, como la luz del sol brillando sobre el filo de un cuchillo. Y hay muchas más cosas en Deseo que pueden compararse a un cuchillo.
Nunca una posesión, siempre la poseedora, de piel tan pálida como el humo, y ojos leonados y afilados como vino amarillo; Deseo es todo cuanto has querido siempre. Seas quien seas. Seas lo que seas.
Todo.
El deseo en Henry Miller
En Miller el deseo es pura sed. Necesidad, búsqueda y dolor de algo que no es, que nunca es del todo.
El narrador de las prostitutas y el humo en vena, del exceso, el incorformismo y el aroma de hoteles baratos, de la vida crujiendo a cada paso.
“La mujer raras veces desea, pero cuando lo hace es como un volcán. Cuando la mujer desea , lo mejor que puede hacer el hombre es largarse al sótano refugio contra ciclones. Nada quedará en pie, ni siquiera el hormigón armado. Porque significa que se ha quitado la tapa, que todo vale. Significa que va a salir de caza… y ten cuidado, no te vaya a cortar los cojones. Significa que, si se acerca la peste, ELLA llega primero, y con enormes correas te arrancarán la piel a tiras. Significa que se acostará no sólo con Tom, Dick y Harry, sino también con el Cólera, la Meningitis y la Lepra: significa que se tumbará en el altar como una yegua en celo y aceptará a todos los que se presenten incluido el Espíritu Santo. Significa que demolerá en una noche lo que el pobre hombre tardó, con su habilidad logarítmica, cinco mil, diez mil, veinte mil años en construir. Lo demolerá y se meará en ello, y nadie la detendrá, una vez que empiece a desear en serio.”
Acabo contigo, maestro,
Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia.”
Ole.
Fdo. Jesús Terrés
Peggy fue lista: llegó a Venecia, vio que era un buen lugar para echar el ancla, y se quedó.
Peggy ‘era’ lista. Nadie en sus memorias se retrata como inepto, pero en el trasfondo de Confesiones de una adicta al arte queda claro su intuición para estar donde y cuando había que estar. Y su suerte, la que se labra uno mismo.
No es difícil quedar fascinado por la figura de la ‘última dogaresa’ cuando se visita el palazzo Venier dei Leoni, su residencia veneciana convertida en sede de la Peggy Guggenheim collection. Allí, la huella de perros, amantes, maridos, hijos y la élite cultural del siglo XX se ve y se presiente.
Peggy se prendó del arte moderno gracias a las enseñanzas de sus amigos Marcel Duchamp, Ernest Max, Samuel Beckett... Y logró una excelente colección, que tras ser expuesta en la Bienal de Venecia de1946, se asentó en 1949 en el palacete a orillas del Gran Canal del que por expreso deseo de su dueña y señora, no puede ser sacada.
No indicó nada sobre lo contrario, sobre que obras ajenas a su colección se muestren en sus dependencias, y en el calendario de la programación del museo se cuentan actualmente tres exposiciones temporales. Entre ellas, la que conmemora el centenario de la publicación del manifiesto futurista, Master pieces of futurism at the Peggy Guggenheim collection. Una efeméride de la que se ha hecho eco toda la Italia cultural dada la nacionalidad de los firmantes y de los representantes del movimiento.
Desde la terraza trasera del palazzo, esa en la que en tantas ocasiones Peggy fue fotografiada tomando el sol con o sin sus perros, con sus estrambóticas gafas o en bañador, las vistas no tienen desperdicio: la Venecia más palaciega, la más turística, la más cercana a la plaza de San Marcos. Entre ellos, el palacete donde se ubica el hotel Westin Regina, que desde sus fogones se ha sumado a la mencionada celebración con la creación de un menú futurista, a base se productos locales –crustáceos y moluscos de la Laguna, risotto…– rematado con una reproducción en tarta de la obraDinamismo di un ciclista de Umberto Boccioni cuyo original forma parte de la exposición.
Giuseppe de Martino, director del hotel, y Elisa Puleo, nos hacen partícipes de este maridaje. Y la noche antes de cruzar el Gran Canal, cenamos en la terraza del Westin, con vistas a santa Maríadella Salute.

Peggy y las vanguardias
A la sobrina de Solomon Guggenheim, de quien se alejaba en cuestión de gustos artísticos, no le pasó desapercibida la obra de las vanguardias. Al contrario, le interesaron tanto algunas piezas, que en sus memorias enumera como una de las siete tragedias de su vida de coleccionista el hecho de tener que deshacerse de un Delaunay, Disks (1912), que le compró al propio pintor, y que terminó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Sí permaneció en la colección, del mismo autor y del mismo año Ventanas abiertas simultáneamente, 1ª parte, 3er motivo, una de las 24 obras pictóricas, junto a las cuatro esculturas y cinco dibujos que conforman la muestra.
Pollock
Intenso, colorista… para que negarlo: tanta abstracción a la hora del aperitivo puede llegar a saturar.Y decidimos dar a la visita un nuevo planteamiento, que resultó mucho más atractivo, consistente en recorrer la casa de Peggy y detenernos sólo en los cuadros que nos interesaran. De este modo nos sentimos visitantes de excepción, voyeaurs de los secretos de esta mecenas del arte del siglo XX, de lo acontecido en esas estancias: Visitas inesperadas a las que era incapaz de dar con la puerta en las narices; artistas del pincel, de la palabra, de la imagen… se alojaron en ellas y dejaron su impronta.
Como el cuadro de Pollock que, apoyados en el sofá de la sala de estar, nos detuvimos a contemplar largo rato tratando de interpretar alguno de los trazos, indescriptibles,
Dicen que la chispa para que Peggy centrara su interés en el atormentado pintor de la escuela abstracta de Nueva York la encendió Mondrian. Sea como fuere, lo cierto es que sin su confianza y apoyo, Pollock probablemente no hubiera pasado a la historia de la pintura contemporánea: ella expuso sus obras en Art of this century –la galería que abrió en Nueva York cuando regresó a su ciudad natal al estallar la Guerra en Europa–, promocionó sus cuadros allá donde fue, y le pasó una manutención mensual a Pollock durante años. No fue su amante, no se equivoquen. Al menos, ninguno de los dos lo reconoció –y Peggy no tuvo problemas en reconocer sus amoríos. Pero fue su máximo apoyo profesional junto a la señora de Pollock, Lee Krasner.
Y es que, como señala Pierre Cabanne en el libro The great collectors, “Peggy permanece en la herencia, si puede llamarse así, que han dejado en sus paredes sus sucesivos amores; porque los hombres que amó no fueron corrientes, y las pinturas, esculturas y otros tesoros que hay en los corredores y en las salas de su palacio reclaman, desde su propio lugar en la historia de la vida de Peggy, momentos de felicidad, deseo, curiosidad o expectación.”
Lo dicho, que Marguerite Guggenheim, Peggy, supo extraer lo mejor a la vida. Y en el núcleo de la suya situó el arte de su tiempo y a los artistas.
Fdo. María García Muriel
Lo he vuelto a hacer.
Y sin embargo pensaba que no, que había aprendido la lección. Que, como tras -tantas- otras resacas había llegado a cierta nosé iluminación, imagínate: domingo, once de la mañana, el sol ruge como una feminista en Buenos Aires, no quedan botellas de pie ni cenicero sin mácula, no quedan razones ni lugares comunes ni susurros en su oreja -esos que perforan el humo y las buenas intenciones- Ni quedan ganas ni sumas sin restas y sí un pequeño hideputa que asoma entre bambalinas: arrepentimiento. El fokin arrepentimiento.
Pensaba que, en pocas palabras, no volvería a pisar una exposición de arte moderno en mi puta vida. Que no asomaría el gaznate en ningún antro en el que insultaran tan explícitamente mi inteligencia. Sin follar, quiero decir.
Oops!… I did it again
Fue en el MACBA de Barcelona, pero vaya, como podría haber sido en Cuenca, en Santa Isabel o en el IVAM.
Fue en Barcelona y era un día bonito, había desayunado croissants leyendo Babelia, había comido en Kaiku e inflado el alma con un soberbio Clos Mogador. Yupi kai yi y todo ese rollo que llaman felicidad, ese estado en el que miras la ciudad con colores saturados y ves a las feas guapas y los semáforos son una sinfonía, un coro de trompetas y timbales de caramelos de algodón que se abren paso ante tu reluciente corcel hinchado de auto engaño, pero ey!, hinchado, al fin y al cabo.
Fue en el puto MACBA, en la plaza donde los Ángeles y los EMOs patinan felices ajenos a las cuentas corrientes y el yogur desnatado. Fue en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona y el atraco la exposición se llamaba “Tiempo como materia. Nuevas incorporaciones (XXII)“. Supongo que pensé que esta vez sí, y también supongo que algún soplapollas con columna de opinión en El Cultural o Descubre el Arte me infló las gafas de pasta con alguna reflexión del palo “La Ricarda representa una pieza clave dentro de la renovación del lenguaje artístico en nuestro país: una nueva fidelidad a los principios de la arquitectura racionalista condicionada, no obstante, por un inicial realismo estructural y estético.” Uauuhhh, vamos ¿no?

Yeah yeah yeah yeah yeah yeah
¿Y dentro?
Basura, joder. Basura.
Kapitalistischer Realismus, experiencias visuales, instalaciones (sí, se pueden reír), performances (dos tazas, sí), videoarte, microutopías y decenas de “Sin título” (porque no me jodan, hay que ser muy facha y muy retrógado para ponerle título a un cuadro). Y tú andando por los pasillos con el folleto empachado en Helvética, con esa cara de gilipollas que se te pone cuando no pillas el chiste. Y cuando al fin te partes el culo resulta que no era un chiste, es más, resulta que el asunto es serio de cojones, o al menos eso parecen querer decirte los modernos que vagan por las salas en silencio, espectros entregados a la biblia del Moleskine y el palo en el culo. Entregados a la estúpida religión de usar la teoría del arte más complicada para decir las cosas más sencillas.
“Los trabajos han generado lecturas que, incluso yo, había pasado por alto” dice Asier Mendizábal, uno de los genios que expone su “obra” (el entrecomillado es mío). Y no sabes cómo te creemos, colega.
¿Y dentro, otra vez? Porque supongo que algún infleliz, a estas alturas, aún se pregunta qué colgaba de las paredes.
Basura, queridos lectores.
Basura.
El noventa por ciento del arte moderno es una auténtica estafa”.
Generoso, el amigo Albert Boadella
Fdo. Jesús Terrés
La vida es rara, el trabajo también
“Estoy acostumbrado a pintar toreros; conseguir ser chic no me preocupa”. Eduardo García Benito, señor de los antes, no le tenía miedo a los retos ni al trabajo. A la vida parisina puede que sí (“y qué voy a hacer yo allí, si a mí lo que me gusta es jugar al dominó y comer cocido”), pero nunca a medirse. Messi sale al campo, no lo olviden, consciente de que es mejor que los demás.
Así, un joven de Valladolid pasó de becario al mejor de su tiempo. Pronto comenzó a encontrar trabajos en revistas tanto en París (Femina y La Gazette du Bon Ton) como en Nueva York (Vogue y Vanity Fair). Y cocido no, pero ginebra mucha. Bebió junto a la vanguardia enmarcada en la revolución artística del siglo XX. Picasso, Matisse, Manet, Gauguin, Cocteau… ahí puso el listón. Y consiguió ilustrar la moda de toda una época con su geometría Art Déco, sus ecos a la Bauhaus, su escaso realismo.
Condé Nast, artífice de las biblias del estilo de vida, nunca tuvo claro que la ilustración de moda fuera suficiente; los artistas se esforzaban más en parecer artistas que en reflejar el vestido. El arte encajaba en Vogue si éste lo hacía con su universo intangible. Muchas dudas. Pero ninguna con Benito (puede que no encuentres el García en los anexos de los libros).
Ocupó la mayor parte de las portadas entre 1910 y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pintó a Monsieur y Madame Poiret porque así se lo pidieron. Gloria Swanson también. Trazó un vestido negro de satén con lazos con flecos de color verde a la altura de las caderas, Le Bassin D’argent. Se reflejó en Modigliani.
Y es que Nast siempre dijo: “Coja a 14 personas singulares, con un espíritu realmente especial; luego a otras siete normales para completar la lista. Con el tiempo, estos últimos se empaparán de las bondades de los primeros”. Así elegía él a sus colaboradores. Miren sus revistas, sólo eso.

Ya nadie hace lo mismo. De La Gazette du Bon Ton a Jordi Labanda hay un buen trecho. Es cierto que después de los 80 la visión street de los diseñadores de moda volvió a revitalizar la ilustración; había más concepto que material, los dibujos volvían a tener sentido aun perdiendo descripción. Pero no es igual. La vida cambia, pero vivir bien sigue siendo la mejor venganza. O traduciendo: hay cosas que sólo tienen un camino.
“No se puede decir que Eduardo García sea un artista desconocido para nosotros. Pero sí es cierto que el alcance y la relevancia de su obra no hace otra cosa que llenarnos de admiración y respeto”, dice el alcalde de Valladolid, Javier León de la Riva. La realidad, injusta, prefiere dice que casi nadie le ha hecho caso hasta ahora.
En Nueva York, vaya, el Congreso de Estados Unidos aprobó a principios de los 70 una moción felicitándole por la labor cultural que realizó en aquel país. En su tierra, rechazaron una propuesta de su puño y letra poco antes de morir: Un museo de arte contemporáneo en el que él abriría la lata con la cesión de más de 400 obras.
Arrepentidos, los que mandan exponen ahora, por primera vez, gran parte de su trabajo para las revistas de moda y otras propuestas como recreaciones gráficas de La Odisea o El Buscón. La fe, dicen, aparece en el punto exacto donde termina el orgullo. A Benito, torero y hedonista, probablemente le hubieran sobrado cojones para decir que, ahora, no. Pero la muestra, para el resto de los mortales, es un bendito error.

Parte de la obra de Eduardo García Benito (200 cuadros e ilustraciones, sobre todo de su etapa americana), se expone hasta el próximo 1 de noviembre en la Sala de Exposiciones del Museo de la Pasión de Valladolid.
Fdo. Daniel Borrás
Cuesta empezar. Levantarse. Cambiar. Porque dar un paso es dejar tu sitio, alzarse es pelear.
Es más fácil dejar las cosas como están. Seguir con lo mismo. Por eso, quizás, nos gustan las estrellas. Por la ilusión de permanencia.
En realidad se encienden, se agotan y se apagan. Y sin embargo, fingimos.
Fingimos que las cosas duran.
Fingimos que las vidas duran más que un momento.
‘Los mundos no duran: estrellas y galaxias son transitorias, cosas efímeras que lucen como luciérnagas y se esfuman en el polvo y el río‘.*
Pero hay que levantarse. Empezar. Y hacerlo, por qué no, pisando museos y escribiendo líneas en aquella libreta que dejamos olvidada. Esa que pensábamos llenar de garabatos, poesía y trazos de nuestra vida.
Esa que sigue en blanco.
1-A ritmo de jazz
“Hubo una época en la que el jazz era lo único que podía considerarse un arte auténtico en Estados Unidos. Mondrian también sintió su impacto. Él reaccionaba a los ritmos básicos del jazz de una manera directa, física; hasta lo impulsaban a bailar“. Son palabras del pintor Stuart Davis que la galerista Katherine Kuh recoge en sus recomendables memorias ‘Mi historia de amor con el arte moderno‘. No fue sólo el pintor abstracto quien se sintió seducido por la nueva música, hasta el punto de ponerle a sus composiciones títulos como Broadway Boogie-Woogie: los ritmos sincopados del jazz sirvieron para canalizar las emociones creativas de artistas de casi todos los segmentos de la primera mitad del siglo XX. El Centre de cultura contemporània de Barcelona, CCB, recoge las relaciones entre el jazz y el arte visual en una muestra titulada ‘El siglo del jazz‘, que se complementa con una programación de conciertos, películas y conferencias entorno a la música que revolucionó el siglo XX.
‘El siglo del jazz‘. Centre de cultura contemporània de Barcelona.
CCCB, C/Montealegre 5, Barcelona. Hasta el 18 de octubre.

2- Amar, vivir, seducir, morir
“… es debido a que somos humanos y a que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte el que conozcamos la violencia exasperada, la violencia desesperada del erotismo”. **
El mundo gira entorno a estos principios, y por ende, la vida y su final. No hay vida sin arte, ni grandes obras artísticas que no se basen en alegorías religiosas y mitológicas: Eros y Thanatos; Adan, Eva y castigo; seducción y muerte. La estrecha relación que une estos conceptos es el eje temático de la exposición ‘Lágrimas de Eros‘, representados en una amplia selección de pinturas y esculturas, principalmente del siglo XIX -Canova, Ingres, Delacroix, Millais, Moreau, Rodin…-, acompañadas por otras del Barroco, y de artistas del surrealismo que se inspirados en temas del s.XIX.
‘Lágrimas de Eros‘. Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid.
Del 20 de octubre al 31 de enero de 2010.
3- La percepción del tiempo
El Museo Reina Sofía de Madrid busca su mojo tras la reestructuración de Manuel Borja-Villel, esa que ha puesto patas arriba la historia del arte y el uno más uno, dos. Para empezar, será gratis desde el 2 de septiembre entre las siete y las nueve de la tarde, buena noticia si lo que buscamos en el museo es huir del ruido, el mundo, las cámaras de fotos y los domingueros con -demasiado- tiempo libre. Ésos, que son los mismos que lloran por soltar un puto euro, irán a partir de las siete.
Pero el mojo necesita de algo más. Arte, por ejemplo. Y el Reina arranca la temporada con Matthew Buckingham, un desconocido en España -sólo se han visto sus obras en muestras colectivas- que habla, desde una extrema sencillez, de cómo utilizamos la memoria para definir el momento presente. En palabras de la crítica de arte Elena Vozmediano, “Si es fácil dejarse seducir por sus narraciones es en parte porque casi siempre se apoyan en una experiencia ‘física’ o corporal, en el sentido de que busca la implicación de las percepciones sensoriales del espectador.”
Quince obras escultóricas, fotográficas y audiovisuales ante las que sólo queda desnudarse.
‘Matthew Buckingham. Representantes del tiempo‘. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Hasta el 27 de septiembre de 2009.
Fdo. Jesús Terrés
Obertura. Arte y barras de bar
Recorremos los pasillos de los museos buscando trozos de nosotros mismos. Aquí y allá, en aquella taza sobre el mantel y en la mujer tras la ventana, en la luz del bronce y los trozos de carne.
Buscamos notas que suenan en nuestra cabeza y no reconocemos, unicornios, respuestas a preguntas que ya no formulamos, que sepultamos bajo el peso del humo del café y la plancha del pelo.
Tras el lienzo, más preguntas. El tipo de la brocha observa cómo su vida gotea sobre la tela, tras cada pregunta. El pintor es un cazador furtivo, un cazador que busca, “El pintor persigue la línea y el color” -Rembrant- y, quizás por eso, la historia del arte está poblada de cazadores ahogados al fondo de un vaso ancho con hielo. Ahogados en alcohol y fracaso porque nada ahoga más que mirar hacia dentro y hacer preguntas. Una tras otra. Hasta que no queda nada. Sólo. Lienzos.
Quizás por eso -por tantas cosas- pagamos el ticket de la entrada y alquilamos preguntas de otros.
Interludio. Alcoholismo al óleo
O un recorrido por algunos artistas ahogados en preguntas, en vasos (tan) pequeños:
· Van Gogh y el vino barato.
Vincent se bebió, literalmente, hasta el agua de las macetas del París canalla de los adoquines y las vanguardias. En Montmartre inicia su problemática relación con el alcohol hasta su ingreso en el sanatorio mental de Saint Remy de Mousola. Después, Arlés y la paz momentánea de la naturaleza.
Gauguin, antes del tajo, escribe: “a pesar de algunos desacuerdos, no puedo estar enojado con un excelente compañero, que está enfermo, que sufre, y que me reclama. Recuerda la vida de Edgar Poe, que se volvió alcohólico como resultado de su dolor moral y de su estado de nerviosismo.”

· Touluse-Lautrec y la absenta de los bohemios.
Ah. La absenta. Artemisia absinthium. Hasta que se prohibió en 1915, bohemios, artistas y gentuza del palo de Wilde, Baudelaire, Manet o Picasso se ponían hasta los ojos de ‘el hada verde‘ esperando inspiración o musas de polvo fácil, vaya usté a saber.
Al enano cartelista se la sudaban los paisajes (de sus amigos impresionistas), así que metió el caballete en los antros más decadentes de la ciudad del amor: Salon de la Rue des Moulins, el Moulin de la galette, el Moulin rouge, Le chat noir o el Folies Bergère. El resultado ya lo imaginan: sífilis y una adicción al alcohol de tres pares de cojones, llegando a mezclar champagne, cognac y absenta en una misma copa.
+ La absenta también es protagonista de un maravilloso lienzo de Degás: ‘El ajenjo‘ (1986, museo de Orsay)
· Pollock y la cerveza de la calle 42.
Jackson Pollock o el alcohol no ya como vehículo hedonista de juergas y bohemia, sino como signo de su atormentada búsqueda de identidad. Tormento, neurosis, depresión y un vaso medio vacío. El genio americano, santo y seña del Action painting fue ingresado dos veces y tratado mediante psicoanálisis jungiano, pero nada, Jack volvía a encerrarse en sí mismo la botella. Siguió pintando y murió borracho, estampando su coche tras salirse de una carreterera sin dirección.
+ No se pierdan la excepcional interpretación que hace del Pollock alcoholizado Ed Harris en su ópera prima.
· Francis Bacon y los Dry Martinis en Le Cock.
Bacon, aquel que “Se escapaba por las noches vestido de cuero al puerto con unos amigos rapados y llegaba al hotel a las 6 de la mañana. Nos lo pasábamos muy bien juntos y pillábamos unas borracheras tremendas”. Bacon, el animal herido que acabó sus días en el Madrid del Prado y el bar Le Cock, esperando en su mesa -la nueve- a Jose, su amante madrileño. Su propietaria, Patricia Ferrer, recuerda a Bacon “tomándose tres martinis antes de cenar. Un auténtico caballero con un cutis sonrosado de niño, de haber sido un buen bebedor de ginebra.”
Bacon, coctelera humana en la que se mezclaban el champagne Krug, carísimos Premier Grand Cru de Burdeos y el whisky de garrafón.
Bacon. Tierno, provocador, enfermo, altivo, alcohólico. Vivo.
+ No se pierdan la película Love is the devil: study for a portrait of Francis Bacon, donde Derek Jacobi borda el Francis más atormentado y alcohólico.
· Ernest Hemingway y el Bourbon.
Un juntaletras entre tanto pintamonas. Y qué decir, de Hemingway. Qué decir del más es más, de la vida en mayúsculas. De las botellas, la caza, las letras, la arena, el dolor, la guerra y las mujeres.
Ernesto se ponía hasta culo de wisky de Kentucky en el Harry´s New York Bar de la calle Daunou, en compañía de sí mismo y, a veces, de Scott Fitzgerald.
“Me han preguntado si hay algo que lamentaré antes de morir. El arrepentimiento es el lujo de quienes creen que vivirán de nuevo. Olvídate de toda esa basura: coraje, dignidad, arrepentimiento; cojones, eso es todo lo que se necesita para morir bien. Cojones.”
· Martin Kippenberger, todo o nada.
El exceso. Kippenberger, apóstol del neoexpresionismo extremo, enfant terrible del arte alemán y perfecto espejo del fango en que hemos convertido el arte moderno. La nada. La ausencia de partitura, forma, ética o estética. El filo de navaja, el artista como obra, el reclamo como mensaje.
Martin fue el perfecto comediante. El bufón que entendió la broma y cobró el cheque del MOMA, crucificando una rana mientras sostiene una cerveza y un huevo en las manos. Imagino el chiste, y a Martin partiéndose el culo ahogado en vodka.
Después, la nada; transgresión, alcohol, problemas, drogas, putas, arte y jarana.
Fin
Ya conocen el fin de la historia, la postdata al final de la barra, allá lejos, después del ruido, la furia, los cristales rotos y la vida en vena:
“La muerte es sólo una puta más”
Entonces, Ernest, maestro, sólo queda follárnosla.
Fdo. Jesús Terrés
“Mi vida ha estado muy bien, pero no tengo la menor idea de cómo llegué a este momento de mi vida, en el que he perdido la huella de mis años. He vivido muchas vidas y me inclino a tener envidia al hombre que vive una sola, con una mujer, un trabajo, un país… bajo un solo Dios. Quizá esa no sea una existencia emocionante, pero al menos cuando llega a mi edad sabe cómo ha llegado. Yo no lo sé. Sólo cuento los nombres de aquellos que se han ido y de aquellos que aún están: los cuento como un pirata cuenta su botín al final de un largo viaje”.
Lo firma John Huston, el mismo que abrió la puerta del cine con ‘El halcón maltés‘ y la cerró con ‘Dublineses‘. El mismo que rodó su testamento en silla de ruedas y con máscara de oxígeno. El mismo que amaba la vida más que a sí mismo, el mismo que huía hacia adelante, que pintaba, boxeaba, bebía, apostaba, ganaba, perdía, caía y se levantaba.
El viejo de Nevada no era amigo de andarse con rodeos. En “Dublineses” adapta un libro corto de James Joyce, ‘Los Muertos‘, y sienta en la mesa, sin aderezos ni vaselina, a la zorra de la guadaña.
“El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida.”
Forma parte de la secuencia final. Durante la misma, Huston, por primera vez en todo el metraje, se distancia del libro de Joyce y de su propia mirada, también de su filmografía anterior y de la retina que observa la escena desde la butaca.
Todos, de alguna manera, ya estamos muertos.
Muertos como los personajes que pueblan cada plano de la película, como los días grises que nacen con el despertador del móvil, como los créditos hipotecarios y los sueños aplazados para un mejor mañana, ese Macondo en el que no suena el despertador.
Ese que no llegará nunca.

Una grieta en el museo
El relato de Joyce funciona como una despiadada crítica al inmovilismo, a un tiempo que se consume. A una sociedad atrapada en sus viejas convenciones, sin expectativas ni rosas blancas.
Lo mismo que parecen gritar las paredes del museo de Bellas Artes de Valencia, la segunda pinacoteca de España (después del Prado), un gigante de piedra y barro, una decadente sombra, inerte y mustia, que observa desde la barrera como pasan los años, los Calatravas, las nits del foc, las regatas, las modas, los periódicos electrónicos y las revistas de tendencias.
El museo se ahoga, como Artax, en el pantano de la tristeza. Se muere. Veinte años de una interminable obra de ampliación inacabada, grietas aparecidas en retablos góticos, problemas de climatización, desapariciones y goteras.
Y se muere, por encima de todas las cosas, porque nadie lo mira. Porque nadie se emociona en sus salas, porque los pasos se oyen fuera, allá donde suenan los despertadores.
No sé cual es el epitafio de Huston. Pero imagino las palabras escritas en la carta dentro de la botella,
Las cosas se acaban. Sin más, sin neones ni retrospectivas en La Fábrica ni notas a pie de pagina.
Se acaban.
“Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida.”
Fdo. Jesús Terrés
Fovismo y patraña. Un grito en la pared.
“Un buen cartel debe ser como un grito en la pared”.
Lo firma Josep Renau, muralista y agitador. Un puñetazo en el estomago, nos dictaban en la facultad. La vida a 24 fotogramas por segundo. 15 minutos de fama. Tienes 20 segundos para seducir, que es vender. Que debe ser es vivir.
La mirada de Henri Matisse germinó en la escuela de Bellas Artes de París, bajo la influencia de Moreau, padre del simbolismo. Escuchaba los trazos de Paul Gauguin, Paul Cézanne y Vincent van Gogh, clérigos del impresionismo. Y esperaba.
El impresionismo, como el grito en la pared, buscaba la pura ‘impresión‘ óptica. Mediante el uso de la luz y el tratamiento del color trataba de plasmar en el lienzo, desde la más absoluta libertad formal, el ahora. La piel y las entrañas, el frío o el calor. Sin más.
¿Acaso hay más?
En 1904 expone ‘Lujo, calma y voluptuosidad‘ en el Salón de los Independientes del Salón de otoño de 1905. Estalla el escándalo fauve. Animales, fieras arañando la espalda del libro de historia del arte, ese que estudiaban en Rue Bonaparte, 14. “Un tarro de pintura tirado a la cara del público” escribirán de Henri Émile.
Bien, lo has conseguido.
¿Y ahora?

Ideas. Emoción. Verdad.
La exposición de museo Thyssen-Bornemisza recoge la segunda etapa del pintor, el periodo que se extiende desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta 1941.
Una vez abandonadas las galeras del fovismo, Matisse abandona París y se refugia en Niza, tras una ventana.
Abandonó la búsqueda y la experimentación. Abandonó los colores planos y la ‘impresión‘, el ornamento y el grito en la pared.
Abandonó todo lo que se supone que era hasta que sólo quedara una cosa. Él mismo.
Renunciando a los grandes formatos y los colores planos de su primer periodo, el de las grandes composiciones “decorativas”, como las llamaba él mismo, trató de establecer una relación más próxima con la mirada del espectador, adentrándose en lo que llamaba “pintura de intimidad”. Para ello creyó necesario volver a introducir en sus cuadros las sensaciones de volumen y espacio que había abandonado en el periodo anterior, aunque valiéndose sólo del color y de la forma y evitando el claroscuro y la perspectiva tradicional.
Comenzó la búsqueda de ”un arte puro y apacible”. La búsqueda de la emoción.
En Nueva York, en el 291 de la Quinta Avenida, Stieglitz espiaba el mundo tras haluros de plata. Duchamp urdía el gran farol y levantaba la falda a la historia. Todas las faldas.
El resto del mundo intuía la gran mentira.
En Niza, Matisse miraba por la ventana.
No murió el arte moderno, se redimió.
Fdo. Jesús Terrés
Una historia de prejuicios y ternura.
No me interesa la obra de Bacon.
No aquí, quiero decir. Y no hoy, cuando el reto se llama ‘Exceso’.
Entiéndanme, me interesa menos su mirada que las que caían sobre él, bajo su obra y sobre su vida. Porque el pequeño cabrón inestable tenía esa rara cualidad de ser un reflejo, antes de ser nada.
De ser un espejo que reflejaba (que refleja) a quien está delante. Las luces y las sombras. El dolor, la ternura y las habitaciones oscuras, esas que no queremos ver.

Bacon en la puerta de Velázquez. Esperando.
Hace un mes finalizó la retrospectiva del Prado, comisariada por Manuela Mena, jefa de conservación de pintura del siglo XVIII del museo, y testigo en primera persona de la última visita de Bacon a Madrid.
En aquella ocasión, el artista solicitó acudir al Prado un lunes, único día de la semana cerrado al público.
Sólo quería ver Velázquez y Goya. Nada más.
Hace un mes también finalizaron las colas, las notas de prensa y los tags en los medios.
Hace un mes de las fotos y los sinsentidos. Como ver a Esperanza Aguirre abrazando la importancia del pintor, ese artista horrible que garateaba “asquerosos trozos de carne” en boca de otra Esperanza.
Sinsentido, porque nadar en Bacon es hacerlo en esa parte que no llega a los medios. Que no aparece en firmas ni solapas de revistas culturales. Esa parte de la que no se habla.
Esa que no existe.
Esa que siempre es de otros, de otro. Que pagas por ver enmarcada cruzando la puerta de los Jerónimos.
Un juego de espejos.
No soporto los suplementos dominicales. Ni las películas con mensaje ni (mucho menos) las mujeres fáciles.
No puedo con esa doble moral que se dio cita el 2 de febrero en la inauguración que presidieron los Príncipes de Asturias. A saber, el ministro de Cultura, César Antonio Molina; la presidenta de la Comunidad de Madrid, el del patronato del Prado, Plácido Arango; el vicepresidente de Acciona, Juan Ignacio Entrecanales, y el director del Prado, Miguel Zugaza.
Estos tíos saben lo que está bien y lo que está mal. Son los que pintan con tiza la línea que separa lo ‘normal’ del resto del mundo, ese mundo que arreglan en las sobremesas del L´Hardy.
Bacon no era de los suyos ni de los nuestros, un hombre “íntegro, un intelectual muy puro, cariñoso, encantador, un gran seductor, un hombre extraño pero muy divertido. Tenía mucha vida. Le gustaban los sitios peligrosos, la gente especial. Se fascinó con una amiga mía que era escritora pornográfica lesbiana. Se escapaba por las noches vestido de cuero al puerto con unos amigos rapados y llegaba al hotel a las 6 de la mañana. Nos lo pasábamos muy bien juntos y pillábamos unas borracheras tremendas.”
Son extractos de ‘Entrevistas con Bacon‘ (DeBolsillo), un libro que reúne las cinco conversaciones que mantuvieron Claudio Bravo y el voraz Bacon entre 1962 y 1975. Un libro que no imagino en la mesita de noche de los de arriba, a la vera de John Boyne y la lámpara de las buenas intenciones.
De Madrid al cielo.
Bacon murió en Juan Bravo un caluroso día de junio, en el Madrid pegajoso de los gatos sin nombre, en brazos de una monja.
Hablaba poco.
Se encerró un día en el Prado y nunca esperó a nadie.
Ni tan siquiera a sí mismo.
“Hay que creer en nada, pero creer “.
Amén, maestro.
Amén.
Fdo. Jesús Terrés