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“No fui yo quien te perdió a ti”, debería cantar Benjamin Biolay si esa letra existiera realmente. Porque aunque su último disco (doble) nace de las cenizas de su relación con Chiara Mastroianni (búsquenla, espléndida, en las campañas de APC de primavera y verano), es un ejemplo magnífico de soberbia bien entendida. Si el talento se pone delante, sólo toca sentarse a admirar. Y tragar lágrimas por no haber sido tú o no haber estado junto a él.
Puede que su disco sea un Robert Smith en toda regla; el cantante de The Cure reconoció tras Disintegration que él compone mejor sobre la tristeza cuando está feliz porque así se tiene la cabeza (enmarañada) mucho más fría. Quién sabe si el desamor -más interesante que las cenas y los cines cuando todo va bien, sin duda- de Biolay no ha sido el empujón perfecto hacia su grandeza luminosa.
Biolay no sólo canta mejor en directo que en sus grabaciones, sino que es perfectamente comprensible que un tipo así se joda a Carla Bruni cuando le apetezca. En Murcia, una de sus paradas de su reciente gira española, lució impecable de negro espigado; con todo lo bueno de la nouvelle chanson y el flequillo por detrás de las orejas mientras cogía la segunda copa de vino a lo Gainsbourg. Llama la atención verle entrar al escenario desde un lateral mientras su banda comienza a hacer sonar los primeros acordes de Pour écrire un seul vers.
Una banda impecable de seis músicos que tocan de todo, con un bateria que tiene una baqueta con eslabones de cadena en la punta y una chica con arpa (Audrey Blanchet) que canta y toca el cello si es necesario. Músicos del mundo, pongan una joven con arpa y botas de cuero hasta las rodillas en sus giras. Por favor. Le apoyó compartiendo versos en el cierre Brandt Rhapsody y lució solvencia durante las más de dos horas anteriores.

Biolay intentó animar al público en un concierto a medio camino entre el éxtasis saltarín y la devoción de cámara, la que obliga al respetable a mantenerse en su asiento. Con arsenal tremendo: Cerfs volants, A L’Origine, Qu’est que ça peut faire, o, incluso, el Jardin d’hiver que compuso para Henri Salvador (respeto). Aunque el grueso de la selección salía de La Superbe; Padam, L’espoir fait vivre, Tout ça me tourmente, Prenons le large…
Por encima de todas, quizás, Ton heritage, canción para su niño, y la larga La Superbe, que sonó espléndida y grandilocuente (a pesar de las cuerdas pregrabadas y un extraño acople de sonido); una sólo al piano, otra con toda la dinamita en los altavoces. Salió dos veces a saludar cuando ni siquiera debería; él es grande, reconocido. Pero necesita el aplauso. Serán cosas de la decadencia.
Porque el principio de la debilidad siempre es reconocerla. Y Biolay no duda en decir que sigue queriendo a su chica. Que no ha olvidado, que las noches no callan. Y se viste de media etiqueta para cantarle que ha sido un no, pero casi. Que sólo faltó que uno de los dos también amara. Con la cabeza alta, volviendo a por más burdeos a backstage; pero dolido. La decadencia es una canción en francés. Y una tentación. Ya lo decía Santo Tomás, todos nos sentimos extrañamente atraídos hacia el fracaso.
Fdo. Daniel Borrás
Ambición estética
Llevaba un traje plateado y holgado. De Prada. Y estaba nervioso por ver en persona a Siouxie. Siempre era así, dicen, con esa pose de dandi frágil tan manida por las semblanzas, sublimando su tristeza en trozos de papel. Una hamburguesa vegetal. Una contradicción en sí misma y acertijo sin respuesta. ¿Cómo puede alguien tan brillante llevar dentro la semilla de la autodestrucción?.
Carlos Berlanga fue un genio. Punto. Tan poco valorado, eso sí, como leer. Como el tópico: sentarse con un libro entre las manos parece cosa de tiempo libre pero no lo es, requiere mucho esfuerzo. Leer un libro es algo grande. La obra de Carlos, nunca sobre el podio y de apariencia frívola, también.
Más cerca del politono que del underground, Berlanga, que quería ser reconocido pero no famoso, tuvo un poco de todo. Le pilló la Movida en tiempos en los que parecía obligado aparentar modernidad, y todos compraron, quizás por inercia, los discos que luego le dejaron acumular en las estanterías. Castigándole.

Cuentan que en los manuscritos de sus canciones ponía notas en los márgenes; ‘hit seguro’, escribió junto a A quién le importa. Siempre quiso trascender. Y crear. Pablo Sycet, pintor, íntimo y comisario de la exposición que puede verse estos días en Madrid sobre Carlos (hasta el mes de marzo en la Sala de Exposiciones El Águila), lo tiene claro. “La muestra pretende recrear y ensalzar la producción multidisciplinar del que, para mí, es sin duda el artista más completo y brillante de su generación».
Su hermano Jorge Berlanga da en el blanco. «Mucho se ha hablado de su particular carácter, complicado, impredecible, airoso y en ocasiones airado. Capaz de la mayor ternura y la más hiriente aspereza. Quizás tenía más reacciones viscerales de las que él quisiera, con su aspiración de dandi adicto a las virtudes del distanciamiento. Puede que sus afectos fueran contados, pero eran profundos», relata en el católogo editado para la ocasión.
Una persona capaz de ir a un programa televisivo de cocina y cantar, sin apuro, Mari Luz, de Vainica Doble, está por encima de cualquier crítica; no merece que nadie juzgue sus contradicciones. «Las drogas son algo satánico, te afectan muchísimo. Detesto estar enganchado. Detesto la coca y el caballo. Cuando me metí en estos temas era consciente de lo que hacía», reconoció una vez.
Yo, que sólo fui para ti Paracetamol. El arte, tal vez, Ibuprofeno para un alma que nunca encontró su lugar. Demasiada actitud.
Diez canciones imprescindibles
1. y 2. Cómo pudiste hacerme esto a mí / Qué sería de mí sin ti (melodrama en dos partes)
3. 120 años sin ti
4. En el volcán
5. Lady Dilema
6. Indicios de arrepentimiento
7. Noches entre rejas
8. Impermeabilizado
9. Bailando
10. A Cannes (adaptación de un tema de Françoise Hardy)
Fdo. Daniel Borrás
El diseño
La Bauhaus debe ser historizada más que invocada o exorcizada”
La Bauhaus tiene una web donde poder comprar lápices de colores. Su fantasma, sí, camina como alma en pena por los pasillos del diseño y los pósters de estudiantes. Pero recordad que todos, alguna vez, tuviesteis la carne firme: Fue creadora de conceptos hoy tan normales como el diseño gráfico o el industrial. Impregnó lo cotidiano de ideas, a veces románticas, en ocasiones prácticas.
No se puede ser buen alcalde y mala persona; el trabajo y la vida personal eran lo mismo en la Bauhaus. Tan importante como el triangulo amarillo eran las fiestas. La fiesta blanca, la fiesta del metal, la fiesta de los cometas. Todas las excusas eran bienvenidas para relajar y celebrar. Llevarse bien con los vecinos que miraban con recelo, recordar una buena clase. Había disfraces y bebida. Y más bebida.
Forma de vivir y de crear única que sirvió de inspiración para todo tipo de manifestaciones culturales posteriores. Para reventar desde dentro, incluso, el denostado punk inglés más preocupado por que los imperdibles los firmara Westwood que por escupir sobre esa ’sociedad’ que siempre es otra distinta a la nuestra. Bauhaus, punto de partida y nombre de la primera banda gótica de verdad.

La música
Parte personaje, parte sensación, la sombra se proyecta”
La juventud EMO mató a la estrella del after-punk. Antes las lágrimas no se pintaban y se escribía con una cuchilla de afeitar en las manos; no, no es posible que millones de adolescentes estén tristes y amargados y lo solucionen escuchando a Tokyo Hotel. Antes soñaban con matarse juntos en un accidente de tráfico; ahora beben (lamentable) vodka negro.
Bauhaus, Peter Murphy a la cabeza, se vistieron de vampiro desde el principio. Bela Lugosi’s Dead duraba 9 minutos y era, pese a todo, el single elegido. Actitud. Y no duraron mucho más; pocos discos, muchos proyectos paralelos, legado imprescindible. Viaje alucinante al centro de la cavernosa alma humana. Con banda sonora de ruido, pedales y voz imposible.
She breaks her hear / Just a little too much / And her jokes attract the lucky bad type / As she dips and wails / And slips her banshee smile / She gets the better of the bigger to the letter”

Bauhaus, la banda, reedita estos días In the flat field, su primer álbum ahora remasterizado y con extras de interés. Para acercarte a su obra prueba con el recopilatorio Crackle.
Fdo. Daniel Borrás
El expediente Aguilé
Muere Stephen Gately, líder de los Boyzone, y se monta la parrala aunque aquí no lo conocía ni el Tato. Muere Luis Aguilé, el Sinatra del franquismo, y apenas merece unas líneas en las secciones de necrológicas. ¿Por qué?
Gately era gay y murió en Ibiza. Eso, y que era inglés, hacía presagiar que sus últimos estertores los dio macerados en éxtasis y pope. Mala suerte. Fue un edema pulmonar. Pero el morbo sirvió para que la prensa se fijara en él a la espera del gran titular. Era cuestión de tiempo que se pudiera hablar de orgías o cosas peores. Pero el titular nunca llegó.
Aguilé, en cambio, murió de cáncer en un hospital de Madrid rodeado de los suyos. Ahí estaba su mujer Ana, a la que conoció siendo él ya toda una estrella y ella una simple modista de las que se ganaban la vida cosiendo a domicilio. Cuando los conocí, hace ahora tres o cuatro años, se miraban (y parecían quererse) como si aún tuvieran 16 años pese a llevar más de 30 casados . Eso no vende una escoba.
Y sin embargo, Aguilé merecía mucho más. Llegó a España en 1963 con 27 años, cuando ya había tenido tiempo de triunfar en Argentina, y con sus rostro aniñado pronto se convirtió en el yerno que toda madre quería tener (una especie de Cantizano avant la lettre). Apenas puso un pie en nuestro país y ya se había convertido en el crooner por excelencia que se rifaban las mejores salas de fiesta.
Sus letras, alegres y vivarachas, parecen hoy a la inteligentzia local pura caspa, lo cual es de comprender cuando sobran grupos en este país (esos Orejas de Van Gogh, Sueños de Morfeo, Bisbales y Cantos del Loco) que haría palidecer de envidia al mismísimo Sófocles. Tell Him, de Vonda Shepard, será un temazo, pero pocos recuerdan que Aguilé nos hizo vibrar con Dile unos 40 años antes. En inglés todo suena mejor.
A lo largo de su vida llegó a manejar un repertorio de cerca de 400 títulos (800, según otras fuentes), en los que se incluyen temas míticos como Cuando salí de Cuba . La canción pronto se convirtió en un hit entre los gusaneros de la Pequeña Habana de Miami. Según él, vivía en la isla cuando la Revolución y tuvo que entrevistarse con el Ché para poder irse llevándose algunas de sus pertenencias. Una historia de la que contó tantas versiones que, en realidad, él no compuso la canción y que -aunque si vivió en el país- sus vivencias eran, más que otra cosa, fruto de su imaginación.

Azote de censores
Curiosamente, no fue su único encontronazo con la Canción Protesta. Señor Presidente, se ha convertido en un hinmo contra contra Chávez , De hombre a hombre, en cambio, le valió la censura en el Chile de Pinochet. De milgaro Soy currante no se convirtió en el himno del sindicato polaco Solidaridad . Probablemente en este epígrafe haya que incluir su homenaje a Carlos Fabra, el padrino de Castellón, a quien cantó -previo pago- la inmortal Nadie me quita mis vacaciones en Castellón, el himno de Marina D’Or (ciudad de vacaciones). Y es que un cantante sin una leyenda –verdadera o falsa- no es nadie.
En una vida tan dilata (73 años) tuvo tiempo de recopilar tantas anécdotas como corbatas (algo por lo que se hizo famoso). A finales de los 70 su programa El Hotel de las 1.000 y una Estrellas (lo más picante que emitía la televisión de la época) fue suspendido de la noche a la mañana por un streap tease en el que a una actriz, disfrazada de monja, se le llegaba a ver dos centímetros de pantorilla. Más de un franquista murió empalmado y se cortó por lo sano.
En las distancias cortas, Aguilé era un tipo curioso. Con casi dos metros de alto y aspecto, no ya de dandi sino de galán, demostraba un excelente sentido del humor y una sorprendente cultura (aunque sea difícil creer, como decía, que llegó a ser finalista del premio Planeta). Pero sobre todo, tenía actitud. Hablaba con el aplomo del que se siente capaz de llenar el Maracaná para una gala, totalmente ajeno al hecho de que ya sólo lo querían de relleno en programas de televisiones autonómicas.
A reivindicar
Sus coqueteos con la zarzuela, el cine o la literatura (escribió, entre otros, la infumable La nieve de las cuatro estaciones, un delicado eufemismo para referirse a los peligros de la drogaina) tuvieron más de fracaso que de éxito. Sin embargo, nadie podrá negar que tenía lo que –según Loquillo- tiene que tener todo crooner que se precie : actitud. A él, le sobraba.
Quizás las leyes de la biología se llevaron hace tiempo a la mayor parte de los que fueron su publico natural, pero en los últimos años se ganó con creces una peana en el panteón de lo friki. Por eso hay por ahí un cansautor que se hace llamar El Tio Calambres y por eso Los Petersellers grabaron una versión de esa canción. Como hicieron Dr. Explosión con La Chatunga o Los Soberanos con Ven a mi casa esta navidad. Y la lista no es completa y no incluye, por malograda, su colaboración con Def con Dos.
¿Por qué Aguilé, que un día la juventud lo recuperará y respetará como hizo con Raphael, mereció menos papel que Gately? Un enigma.

Javier Ruiz Cavanilles es periodista y responsable del blog Conspiranoia Times.
Fdo. Javier Cavanilles
Todos (toda la sociedad civilizada) conocen el mint julep, la bebida típica del Kentucky Derby. Conmixtión mágica de bourbon y menta que, como todos los grandes cócteles ha superado la suma de sus partes para devenir símbolo de un grupo social: la clase alta del good olde south estadounidense. Bebida veraniega, pariente cercano del mojito cubano, evocador de grandes latifundios y relucientes verandas y olorosas buganvillas, que de siempre han sido las flores en los jardines de los ricos. Pues bien, en el famoso libro de Jerry Thomas, el primer gentleman-bartender y oficioso patrón de los barmen, encontramos esta curiosa variación: el Real Georgia mint julep, que sustituye el whiskey por cognac, añade brandy de melocotón y mantiene, en la hermosa terminología de Jerry, esos “sprigs of the tender mint“. Nosotros hemos decidido, con permiso de Jerry Thomas, hacer unos pequeños cambios para volverlo más seco y más viril.
Frotar con suavidad y dulzura un puñado de hojas de menta fresca por las paredes interiores de un cubilete de plata, macerando con uno o dos centilitros de jarabe de azúcar. Rellenar hasta arriba con hielo picado y verter Hennessy Fine de Cognac al gusto. Remover lentamente con la cuchara mezcladora, diluyendo la mezcla hasta conseguir un efecto escarchado en las paredes del cubilete. Completar con más hielo y flotar tres golpes de bitter de melocotón Fee Brothers. Coger un pequeño ramillete de menta y pegarle unos cachetes con las palmas de la mano. Colocarlo en el vaso de manera que nuestra nariz lo roce al beber.
La canción está clara: ‘Georgia on my mind’. Estándar de Carmichael popularizado por Ray Charles, pero yo soy más de Billie.
Cuando preguntaron a Paul Desmond cómo conseguía el inconfundiblemente lánguido timbre de su saxo barítono, el genio respondió: “Mire, simplemente quise que sonara como un dry-Martini“. Así era Desmond, una de las figuras más curiosas del jazz: ingenioso borrachín de curtido hígado, gran seductor, divertido, chispa detonante de decenas de anécdotas más o menos apócrifas. Sin embargo, su sonido fue por otros derroteros, teñido de una peculiarísima melancolía límpida y pura, como límpido y puro es también el cóctel que da vida a tan oportuna metáfora. Hemos elegido aquí, por simple valor simbólico, el estándar impepinable que convertiría ya en 1959 al jazz de música negra y maldita, de heroinómanos y buscavidas, en lo que es ahora: la música de las élites intelectuales de cualquier país. Y así el dry-Martini, que trasciende su condición de simple bebida para ser símbolo y ritual cuasi moral, a un tiempo de civilización y decadencia –depende del lado que miremos su prisma de ginebra.
En una coctelera de acero llena de hielo, introducir un vaso mezclador a su vez relleno de grandes piedras de hielo de calidad. Verter cinco centilitros de ginebra Tanqueray Ten helada, un centilitro de vermouth seco Noilly Prat y un golpe de bitter de naranja The bitter truth. Remover silenciosamente con la varilla durante unos treinta segundos y colar en una pequeña copa de cóctel helada. Retorcer un twist de limón ecológico sobre la copa y dejarlo caer en la susodicha.
Cuando hablamos del ron, bebida humilde y denostada por snobs y gentucilla en estos tiempos de absolutismo gintonicista, hablamos de tres grandes escuelas: la ‘española’, que engloba a todos los hórridos destilados que bebe la muchachada (el del indio, el del murciélago, el que lleva nombre de limpiapinceles mallorquín etc.) y otros también muy buenos; la ‘francesa’ del rhum agricole, pequeña maravilla (el cognac de las Antillas) que por fortuna se sustrae a las zarpas del gran público; y la que –por decir algo– llamaremos “de la Commonwealth”. Rones estos últimos de aquellas islitas y nodos de banca offshore que eran el fuerte del gobernador del Lego Piratas: Jamaica, Trinidad, Santa Lucía, Barbados, Demerana etc. Estos rones de genealogía británica son bastante variados, pero sí que suele haber un hilo conductor: el funk. El funk, en la música ese indescriptible elemento sincopado que tiene su origen remoto en las percusiones africanas de los esclavos, y los pasos de marcha del Mardi Gras, y más adelante desarrollado por el legendario Professor Longhair; el funk, en el ron ese oscuro y tenebroso poso de molazas, de vainilla, de toffee y beurre salé y de vino fortificado. Funk musical, funk alcohólico.
El Dark&stormy es el cóctel oficial de la marca Goslings y la bebida nacional de la isla de Barbados. En un vaso alto high-ball relleno de piedras de hielo de calidad, verter 6 centilitros de ron Gosling’s Black Seal u otro ron muy oscuro (Cruzan Blackstrap, en su defecto Myer’s Dark), un chorro de lima fresca y completar con cerveza de jengibre. Funk de uno de los rones más oscuros que existen, más el picante de la cerveza de jengibre -evocadora de novelitas de Enid Blyton y picnics con mantelitos gingham.
Musicalmente, saltamos de isla en isla en busca de funk: de Barbados a las Bahamas. Funky Nassau, del one-hit-wonder ‘The beginning of the end’. Tres hermanos negros que pagaron la hipoteca de su chamizo, mandaron a las hijas a estudiar a Estados Unidos y resolvieron su vida para siempre con uno de los temas legendarios del funk – y predilecto de un servidor. Nassau got funky, Nassau got soul. Sol, fraude fiscal y uno de los tragos largos más sencillos pero sofisticados que conozco.
Nueva Orleans (en realidad, todo el sur de Estados Unidos) tiene un papel clave en la historia del beber, siendo una suerte de Mesopotamia del cóctel. También tiene, claro está, un papel fundamental en la música. Algo obvio: no se ha visto nunca hacer buena música a un abstemio. Salvo que se tratara de algún alcohólico renacido. En Nueva Orleans se encuentran los fermentos y levaduras que dieron lugar al dixieland, género seminal del jazz. Louis Armstrong será el primer gran artista de esta música marginal, y uno de sus primeros estándares y éxitos llevará el nombre de una calle en el distrito rojo del French Quarter, Basin Street. Un mundo de láudano, cognac, absenta, calor pegajoso, putas, negritud y aquellas dos genuinas aportaciones de los Estados Unidos a la cultura: el jazz y el cóctel. El aire trotón de este célebre blues, sin faltar al respeto a Louis Armstrong, lo recomiendo escuchar en una versión del trio de The Dave Brubeck (ya sin Paul Desmond) en su mítico concierto de 1974 en Berlín, acompañado un cuarteto fuera de sí por un blower impresionante como fue Gerry Mulligan. Un disco robusto y serio, como la bebida que lo ha de acompañar.
Para encontrar precisamente una bebida acorde no hace falta alejarse demasiado de Basin Street. Unas cuadras más allá encontramos la ubicación de la farmacia de Antoine Amadée Peychaud, emigrante francés de barroca onomástica que abrió una botica en pleno French Quartet, anno 1795. El estupendo tónico medicinal que lleva su nombre, Peychaud’s Bitters, pronto se utiliza para curar, más que enfermedades del alma, malaises del espíritu. Del uso intensivo de este amargo surge, en torno a 1830, el que posiblemente sea el primer cóctel documentado: el Sazerac. Su ingrediente principal, el cognac, habría dejar paso más tarde o más temprano al whiskey de centeno. Hoy en día, en combinación con el rey local también llamado Sazerac, tenemos el cóctel oficial del estado de Louisiana.
Enfriar un pequeño tumbler de whisky con hielo y agua. En un vaso mezclador, remover con hielo 6 centilitros de buen whiskey de centeno o de cognac, un centilitro y medio de jarabe de azúcar y dos o tres golpes de amargo Peychaud’s. Vacíar el tumbler escarchado, verter en él un pequeño chorro de absenta (o, si no se tiene, licor anisado) y cubrir las paredes del vaso. Descartar el exceso de absenta y colar el whiskey o el cognac. Perfumar con una piel de limón ecológico y, opcionalmente, añadir una pelota de hielo.
Tras remontarnos al Nueva Orleans de antes de la Guerra Civil, salto cuántico en el tiempo: al Berlín del siglo XXI para conocer una de las maravillas de la mixología moderna. Pero que también tiene mucho de antiguo. Creado por Gonçalo de Sousa Monteiro, el Beuser & Angus es básicamente un sour de Chartreuse Verte. Como pronunciaría Tarantino en Death proof: “Chartrooz, a liquor so good the named a colour after it“. ¿Y qué es la Chartreuse Verte? Fabulosísimo producto surgido, como tantas otras cosas, de las alturas católicas. Su receta lleva más de cuatro siglos en manos de monjes cartujos franceses – si bien la producción se traslada durante unas décadas a Tarragona, cosas del jacobinismo. Originariamente, al igual que el tónico de Antoine Peychaud, era una medicina digestiva. Pero ya se sabe: una mezcla exquista de más de 130 hierbas, con la muy respetable graduación de 55º, debe tener usos más provechosos y, así, el Élixit végetale de la Grande Chartreuse (pues tal es el nombre completo de tan cristiana pócima) se convertiría en lo que es: por goleada, el mejor licor de hierbas del mundo. Una patada en el occipital a los horribles orujos y Ruaviejas con los que nos torturan los restauradores españoles. Intensísimo, muy azucarado, complejo en boca como pocas cosas he probado en esta vida, hiperalcohólico (demasiado para el amariconamiento estructural de hoy en día) y fabuloso en este Beuser & Angus Special.
Agitar largo y tendido cinco centilitros de Chartreuse Verte, dos de zumo de lima fresco, otros tantos de Luxardo Marrasquino, un golpe de azúcar y media clara de huevo. Colar en un tumbler relleno de hielo picado y flotar unas gotas de agua de azahar. Abstenerse de tomar una segunda copa de este calibre.
En la música, estaba tentado de recomendar alguna sesión de jazz progre de Ornette Coleman (Ornette Coleman-The complete science fiction recordings), porque ese barullo y complejidad me obnubilan como las letárgicas y pesadas melopeas de la Chartreuse. Pero al final se impone el oportuno retorno al líquido amniótico del que bebe – y nunca mejor dicho– toda nuestra cultura, que es el cristiano. Y ahí, igual que en el mundo del licor de hierbas, no hay color: cantatas del amigo Juan Sebastián a tutiplén. Y si son las canónicas de Karl Richter, con pesos pesados como Fischer-Dieskau, Stader o Schreier, mejor aún. Jauchzet Gott in allen Landen, alabad al Señor en todas las tierras…y bebed.
Fdo. Lord Finesse
A fecha de hoy escribo un poema tan triste como una canción de Burt Bacharach. Y no me sale. No es fácil. El propio autor, que con 81 años ya tiene más que asumido que la humildad está tan sobrevalorada como ser sincero, lo resumió y cinceló en su visita a Málaga el pasado 26 de julio: “Ahora voy a hacer un medley con mis cuatro primeros hits”. Hits. Ni grabaciones, ni canciones, ni temas. Cero eufemismos.
Porque un señor que está en la lista de los 20 compositores que más canciones ha colado en las listas británicas puede aparecer en escena con zapatillas con cámara de aire si quiere (y vaqueros, y blazer azul con botones dorados). Puede reírse de mí. Podría quedarse en su casa, incluso. Tiene una mansión de siete millones de dólares.
“Escribo desde siempre, no recuerdo haber hecho otra cosa en mi vida”, dijo también. De forma impecable, sofisticada, compleja. No le vale el ‘hazlo tú mismo’, ni repetir los mismos cuatro acordes. Unas veces, sus canciones las marca el ritmo de un corazón que bombea enamorado; otras, el del mismo órgano pero agonizando. ¿Easy listening, música de cóctel? Ya.
Sólo bajó a la tierra para reconocer que nunca supo cómo ponerle palabras a su música (David lo hizo mejor que nadie, luego también su ex mujer Carole Bayer o en colaboraciones con Elvis Costello). Pero que nadie se engañe, un hombre admirado por el Brian Wilson de la época Pet Sounds no tiene resquicios. Nada de puntos débiles. Su letra favorita, dice, siempre fue la de Alfie. “Without true love we just exist”. Y tanto.
En escena
Tiene tanto que ofrecer que se permite el lujo de distribuir el concierto en varios popurrís temáticos (melodías de cine, escritas por Hal David, popularizadas por la tía de Withney Houston, éxitos tempranos…), de tocar solo durante un minuto y medio el Arthur’s Theme, de olvidarse de I just don’t know what to do with myself y quedarse tan ancho. Y, con todo, conseguir uno de los conciertos de tu vida.
Vale que la puesta en escena huele a años 50 desde lejos (bromas onomatopéyicas de las que gustaba hacer Sinatra, cantantes moviéndose como coristas, sintetizadores ochenteros) y que no arriesga mucho. Sus tres voces de apoyo son una Warwick, una Aretha y un Tom Jones. Clavados. Pero el setlist es de vértigo. Imposible de alcanzar, hoy día, por ningún otro compositor vivo. El resto pagaría por haber escrito la mitad de un estribillo de su peor canción.

El (todavía) galán visitó además Madrid en dos fechas únicas en España. Quién sabe si también últimas. Puede disfrutarse de su directo, no obstante, en el disco de 2008 Live at Sydney (mismos músicos de acompañamiento, listado de temas similar), y en una exclusiva actuación para la BBC. Pero nada como escucharle susurrar, de forma casi milagrosa, un Raindrops coreado a modo de catarsis colectiva por medio Teatro Cervantes. El otro medio no acudió por preferir gastarse el alto precio de la entrada en insulsas cenas de diseño o en mujeres feas.
“Tener éxito con una canción es como triunfar con una mujer, ser capaz de convivir toda una vida con ella sin que te canses“, reconoció ese mismo día a El País. Amores verdaderos, canciones sempiternas. La misma cosa. Bacharach es poco conocido (su nombre, su rostro; cuentan incluso que se pasea con el torso desnudo de forma impune, pocos le reconocen). Pero prueba a escuchar una canción suya. Si no la tarareas es que no eres de este mundo. Ni tienes alma. O es que no has visto La boda de mi mejor amigo. No puedo ponértelo más fácil.
Reflejándose en el cromado de su piano, Burt se levanta. Con una mano pulsa dos notas, con la otra hace un movimiento leve, suave, como de director de orquesta cerrando la melodía. Luego va hacia su vocalista y chocan puños en señal de camaradería. Flojito, claro. “¿Cuál es la mayor aspiración de la vida?“, preguntan en Al final de la escapada. ”Llegar a ser inmortal y después… morir“. Todavía no, maestro. Todavía no.
Diez imprescindibles
· The Walker Brothers / Make It Easy On Yourself
· BJ Thomas / Raindrops Keep Fallin’ On My Head
· The Carpenters / (They Long To Be) Close To You
· Dusty Springfield / The Look of Love
· Dionne Warwick / Anyone Who Had A Heart
· Jackie DeShannon / What The World Needs Now Is Love
· Christopher Cross / Arthur’s Theme
· Herb Albert / This Guy’s In Love With You
· Elvis Costello / God Give Me Strenght
· Dionne Warwick / Walk on by
Fdo. Daniel Borrás
El jazz fue siempre la música del exceso.
Escribimos los años 40 y 50. Revolución, meollo y fin del bebop y su hijo el hard-bop. Luego llegaría el cool y el jazz modal. El jazz se vuelve más bello, pero ya no sería el jazz del exceso. No, no, dejemos los cincuenta. Volvamos a esa época intensa. Charlie Parker. Sonny Rollins. El Miles de antes del Birth of the cool. John Coltrane.
El jazz no era, como ahora, música burguesa. El jazz se cocinaba en el infiernillo de los hipsters (el gran Lester Young era su jefe espiritual), de un sórdido mundo negro que se juntaba con una bohème blanca. El jazz era la música del jaco, de las putas, de la bancarrota, de las grandes melopeas de whiskey de centeno bajo el volcán. Charlie. Rollins. Miles. Coltrane. Los cuatro sucumbieron a la droga, a la vida de tugurio. Todos renacieron, se enderezaron, salvo Parker, el más excesivo en vida y música, que vivió demasiado rápido en el carril equivocado y pagó su genio con la muerte. Ese exceso vital tiene su correlato en el discurso musical del bebop y el hard-bop.
El bebop fue una manera de hacer jazz que rompió con el pasado. Aceleró la música hasta lo imposible. Rompió las estructuras rítmicas. El saxofón de los grandes genios -de Parker, de Coltrane, de Rollins – se encabrita, culebrea, se revuelve nerviosísimo. La batería es frenética. Se consolida la improvisación: el jazz abandona el tono ligero y bailable, propio de las antiguas grandes formaciones.
Ahora los grupos son pequeños, reunidos de la noche a la mañana; tríos, como mucho, cuartetos. El músico deja de ser asalariado y se torna en artista. Y el jazz deviene, insisto, improvisación: el jazz es libertad, es caleidoscopio, es amalgama salvaje de elementos (saxo, piano, batería, bajo) que interactúan en una mágica probeta. Probeta que arroja humos, humos iridescentes, de efectos ópticos e hipnóticos.
Eso fue la revolución del bebop.
Tomemos, verbi gratia, dos de mis temas favoritos de Rollins y Coltrane: Strode rode, de Saxophone colossus; Cousin Mary, de ese otro disco referencial que es Giant Steps – grabaciones ambas muy tardías, de finales de los cincuenta, pero que todavía recogen acá y acullá geniales muestras postreras de bebop. La música parece una espiral (Spiral se llama, precisamente, uno de los temas de Giant steps de Coltrane), un helter skelter, espiral como la vida de los grandes jazzmen, ebria de drogas, de alcohol, de dinero derrochado; una vida trashumante de garito en garito y de actuación en actuación, tocada por minorías excluidas y sin ningún prestigio social.
Un jazz excesivo, desagradable para muchos oídos imberbes, agotador en ocasiones, henchido de muchas cosas y, de entre esas, henchido de una extraña belleza.
Fdo. Lord Finesse