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Nacer, crecer, madurar y morir. Véase la receta más conformista y aburrida que adoptar frente a la vida. A las puertas del ocaso, más vale recurrir al zigzag y dibujar sutiles vaivenes en esa fina línea que recrea nuestro paso. Porque en tiempo de decadencia, es preferible respirar hondo y coger fuerzas de nuevo, aunque se convierta en rutina de cada par de años.
Las firmas de moda, cual ser vivo, acaban respirando por los poros de sus directivos, aquellos que muchas veces meten la pata hasta bien entrado el fondo. El mundo es exigente. Tremenda e involuntariamente exigente. Inventar el corte al bies no te asegura una referencia como tal en la nueva y democrática enciclopedia del siglo XXI, Wikipedia. Pena de Madeleine Vionnet, toda una visionaria que no hizo más que machacar su mente, allá por 1912, para, entre otras cosas, llegar a la conclusión de la garantía de imagen que supone para una diseñadora colocar su etiqueta sellada en cada una de sus creaciones. Todos se beneficiaron pero nadie se lo agradeció. Tras la segunda guerra mundial su maison, Vionnet, cerró las puertas, y el resto sólo recordó a su coetánea Coco.
Decadencia, declive, deterioro. Según los publicitarios y estudiosos de producto, la etapa de decadencia forma parte de la fase biológica del mercado. Cuán denso suena, pero parece acertada la objeción. Rápido descenso de la demanda. Disminución de ventas y, por tanto, de beneficios. No se hacen acciones de comunicación y se va dejando morir el producto poco a poco sin darle ningún apoyo. Y el ambiente se volvió taciturno. Dejar morir el producto, la firma, el olor a viejo atelier, por un descenso de ventas. Cuánto poder tenemos los consumidores a veces. La sociedad devastada que vivió en sus carnes los efectos de la segunda contienda mundial no consideraron comprar un Vionnet para salvar la maison. Eso no importaba. Y ahora, que todo está –relativamente- calmado, resurge de sus propias cenizas la firma francesa. En 2006 Vionnet volvió a la vida, y publicaciones de todo el mundo se hicieron eco de la noticia, así como aprovecharon el tirón de las retrospectivas. Si bien ya no es lo que era, o lo que hoy apreciamos que debería ser por la grandeza creativa de su fundadora, Vionnet cuenta con la dirección creativa del italiano Rodolfo Paglialunga. Ardua responsabilidad la suya.

Pero Vionnet no es, ni será, el único gran ejemplo de firmas grandiosas que han rozado las asperezas de la decadencia y el cuasi-olvido. Rochas debe su supervivencia hasta finales de los 90 a la devoción de señoras y señoritas por sus perfumes, porque de los abrigos tres cuartos y vestidos de corte sirena que dibujó su fundador, Marcel Rochas, pocas se acordaban. La firma supo escoger a su Fénix particular, Olivier Theyskens, que en su primera colección para la firma francesa, fechada en 2003, obtuvo una crítica más que favorable, sentenciando así la ansiada renovación de la maison. Hoy el cometido es de Marco Zanini, quien sella sus líneas bajo las premisas de la discreción y la elegancia.
Y es que el olfato para escoger la varita con la que resucitar una firma de moda en decaimiento es esencial. La pieza del juego. Si no, que se lo comenten a los del último piso de Gucci, que deben el esplendor de la firma al sorprendente y lascivo Tom Ford. Elevado él a la categoría de Jesucristo pues suyo fue el milagro de levantar en diez años la legendaria marca italiana. En los 90 sólo se habló de Gucci y de Ford. Dos términos ligados, y por ello el mundo conmocionó cuando acabó esta infalible unión.
Pero la decadencia también conoce de grandes hundimientos. Y es cuando ocurre eso de llover sobre mojado. Una mala elección guiada por la necesidad de éxito –o prensa fácil- a corto plazo puede causar daños colaterales de difícil digestión. Que se lo pregunten a los que criticaron la penúltima colección de Ungaro. A gusto se despacharon contra la desafortunada intervención de la trasnochada Lindsay Lohan en el equipo creativo. La española Estrella Archs recibió la llamada de socorro para salvar lo que había hecho –o deshecho- Lohan. Del todo desechable, para seguir con la broma.
He aquí la muestra de que el resurgir una firma de moda en decadencia es tarea dura, más de lo previsto. Todos te criticarán porque lo grande ya lo hizo Ford y como él pocos habrán. Mientras, Pierre Cardin pide una remodelación a gritos. Su salto del experimentalismo en moda jugando con las formas geométricas a la histriónica diversificación de su marca que acoge desde colchones hasta billeteros es intolerable para muchos. Por otra parte, Decarnin (Balmain) tiene las horas contadas. El exceso le ha pasado factura, y del amor al odio hay menos de un paso. ¿Últimas palabras? Sarah, bienvenida a la línea alta del organigrama de McQueen. Estás en el punto de mira.

Patricia Moreno Barberá es responsable del blog de moda Take care, honey!
Fdo. Patricia Moreno
Preface
Reglas no escritas: si eres hombre y te gusta la moda eres gay; si eres hombre y te gusta la moda irás disfrazado por la calle; si eres hombre y te gusta la moda es muy probable que en algún momento te vistas de mujer o uses alguna prenda femenina. Y yo me cago en las reglas no escritas, en las Clubmaster y en los escaparatistas con ínfulas y pitillos rojos. Ser hombre es otra cosa; negaré haber dicho que Scott Schuman hizo algo importante pero vaya, quizás sí lo hiciera: por una vez retrató a hombres que entendían la moda como cuidado y elegancia, a aquellos que buscaban el detalle, a catrines urbanos con entradas que se peinan hacia atrás y llevan zapatos de Grenson sin calcetines.
La moda es sólo un tema de conversación. Debería serlo, al menos. Pero los hombres tienen derecho a vivirla si quieren. Sin consejos de belleza a modo de publirreportaje, sin Sexo en Nueva York. Y sin los tópicos del otro lado, que también algunos están hartos de ver a Pilar Rubio no enseñando nada en las (supuestas) revistas masculinas. Los editoriales de moda de las publicaciones que te ponen a punto el six-pack (si todos sabemos cómo se hace: corriendo y cambiando el Stilton por el arroz moreno) tampoco cuentan.
La verdad (la nuestra) es muy distinta. El hombre y la moda dependen de otras normas y, por suerte, hay editores que lo ponen un poco más fácil. Porque leer en domingo sigue teniendo su gracia y porque además de los preservativos, también podemos llevar una revista en la bolsa y leerla cuando nos sentamos a tomar un té negro con canela. Cinco normas (las nuestras) y cinco revistas que te ayudan a cumplirlas:

El hombre…
…sabe lo que ocurre a su alrededor.
Monocle, Monocle, Monocle. Tyler Brûlé es dios y lo sabe. Hizo lo que le pidieron con Wallpaper, triunfó, y después se marchó para hacer lo que le dio la gana. Su criatura es una revista sobre asuntos sociales, políticos, económicos y culturales. Que habla sobre un pequeño museo en Japón que es la hostia, sobre cómo viste Lula y sobre cómo están los ejércitos en el mundo. Todo con sentido del humor y contando cosas que de verdad interesan, no vendiendo titulares. Tiene programa de radio, tiendas y listado impecable de colaboradores. Todo el mundo la conoce y se vende en todos los aeropuertos… pero da igual. Sigue siendo la mejor. ¿En qué otra publicación puedes encontrar un reportaje sobre la atención de los dependientes en las tiendas? Y tiene editoriales de moda, claro. Pero con hombres con chaquetas de Watanabe. Como toca.
…mira la moda y lee sobre moda.
Man about town es sólo un ejemplo (hay bastantes magazines de interés) pero es bastante bueno. La publicación se enmarca en el roído cajón de sastre de las revistas de ‘estilo de vida’ pero dedica mucho espacio a la moda por dentro. A la industria, a los nombres, a los sitios. Un ejemplo es su último número: es casi un monográfico sobre París y se adentra en Balmain o Charvet. Aunque también deja espacio para estudios con más o menos calado (sociología; ¿hay un tipo de hombre parisino?), curiosidades (cómo preparar un Whisky Cobra) y buenas fotografías. Un retrato de Slimane a Charlotte Gainsbourg, por ejemplo. Casi todo en riguroso y favorecedor blanco y negro.
…tiene estilo propio.
Eso es justo lo que propone Fantastic Man, revista prima hermana de Butt y pareja estable de The Gentlewoman. No habla sobre moda y sí sobre estilo. El que ellos quieren proponer. Se articula alrededor de perfiles sobre hombres relevantes pero no especialmente mediáticos; y propone un peculiar juego de referentes: la palabra del mes, la prenda de la temporada, un listado donde nombres conocidos cuentan qué hacen o qué compran y debates aparentemente imposibles. En su último número, un a favor/en contra sobre los desayunos del McDonald’s.

…se ríe de sí mismo
The Manzine es una revista que se publica en un formato físico poco convencional y que se rie de ella misma y de todos nosotros. Es como una metarevista que habla sobre otras revistas recurriendo a firmas de otras revistas. Todas de campanillas, eso sí. Sus artículos juegan con el sentido del humor y un diseño cuidadamente descuidado. Hicieron, incluso, una parodia de Monocle. Rebautizada Manocle, claro.
…es hedonista.
E, inevitablemente, se preocupa por la moda y por los cuerpos que la lucen. Existe toda una nueva colección de revistas eróticas (o casi) donde el desnudo es un placer habitual, algunas de ellas ya reseñadas. Pero no sólo de pezones vive el hedonista. Apartamento es una revista maravillosa sobre decoración e interiores que no se parece a ninguna, que incluye recetas de cocina, opciones de papel pintado y entrevistas con Chloe Sevigny en su propia casa. En su último número hay un artículo titulado Post sex and relaxation. Nada más que decir.
Y como todas las normas están para romperlas, es posible que algún hombre quiera ser también transversal. Candy es la (arriesgada) opción para ellos. Una revista que no tiene ni precedentes ni imitadores. No es posible. Obra de Luis Venegas, artífice de maravillas como Fanzine 137. Lejos de la estética Arterego, si es que existe, pero altamente recomendable.
Fdo. Daniel Borrás
Hablar de honestidad suena tan falso como autoproclamar que uno es humilde. Ni que decir tiene que la frase “la moda no trata de la belleza interior” puede resumir lo que, a primera vista, parece ofrecer el mundo de la moda, la imagen y la frivolidad en general.
Probablemente, nada más cierto pero, nada más falso. Hablar de honestidad supone transportarse automáticamente a Balenciaga. Maestros de maestros y asceta español fue el único ante el que Dior se inclinó y una luz entre las tinieblas. Con su carácter severo, español, ese aire serio y compungido casi místico, se descubría un hombre que entraba casi en éxtasis con la belleza serena y digna. No pisó el Prado ni ningún museo nunca y apenas sabía dibujar pero supo retirarse a tiempo. Justo a tiempo. Mona Von Bismarck lloró su salida de la moda una semana y el mndo de la moda enluteció pues no habría sucesor para el digno. Cristóbal Balenciaga sencillamente no quería “prostituir la moda“.
Para él, la moda era la Alta Costura, una diosa situada en un pedestal a la que hay que contemplar por obligación y con sumo deleite por esa belleza suya que conmueve y emociona. Le Dix -el diez-, su perfume, la perfección como sello de una marca, de un hacer y de una filosofía de vida. Insignia de la honestidad, de esa perfección motivadora. Ese grandilocuente término de sincera firma para el genio español.

Balenciaga era un hombre único y una estrella candente cuyo recuerdo no se pierde en la memoria. Sus más íntimos cuentan que crujía y retorcías las telas -con peso, por favor-; que oía los colores -no tan negro, negro aterciopelado, mañana de luto, azabache o perla…- y que flotaban sus manos entre encajes y enaguas.
Realmente es díficil hablar de honestidad en un mundo tan vendido a la comercialidad que, como diría Wilde, es “una forma de fealdad tan espantosa que precisa cambiar cada seis meses” pero, quizás, se pueda salvar a más de un alma pese a sus errores. Quizás se pueda nombrar a ese otro genio, Yves Saint Laurent, el príncipe de Argelia llegado a París.
Se comprendía con Dior con la mirada, vislumbraba el futuro y las necesidades del mundo y entendió -!entendió!- el tira y afloja de la vanidad femenina. “No se trata de escandalizar, que es muy fácil, sino de vender temporada tras temporada una chaqueta negra de silueta depurada a la misma mujer”. Las mujeres de YSL no eran ya aristócratas marmóreas de Balenciaga; ese hombre que concebía a las mujeres como estoicas vírgenes de la imaginería castellana tan hermosas, tan desgarradoras, y luego, tan inmaculadas sino salvajes corazones sin auriga que frene las bajas pasiones que bebían, reían, fumaban, lloraban y amaban. Sobretodo amaban. Porque, como decía el maestro de Orán “no hay mejor traje para una mujer que los brazos del hombre que ama“.
Hoy en día, presas de una contemporaneidad que podría ejercer de némesis de la honestidad, se podría nombrar a Karl Lagerfeld. Diseñador de Chanel y káiser de la moda sin objeciones. Si se le puede nombrar es, únicamente, por aquello que decía Capote en Desayuno Con Diamantes, “es auténtico porque es genuinamente falso“. Impostado tiene el sello, falsa la imagen, vacía la modernidad y sus sentencias están teñidas de veneno despótico y tiránico. Tiene ese sabor que rezuma a falso y que por eso sabe a auténtico. A descorazonadamente auténtico.
Como decía madame Chanel, otra embustera sincera que más que honesta era terrible y maravillosa al mismo tiempo, “las perlas sólo se pueden llevar falsas porque las auténticas son un lujo para casa”. A Lagerfeld le ocurre eso. Es fuego vano pero fuego y parece desafiar a todos a desentrañar su leyenda y su mito. Mira como diciendo, soy un fantoche de mentira pero te inclinas. !Soy un bastardo coronado, que rumoreen!
Al fin y al cabo, la honestidad es un concepto que suena a decimonónico, a obsoleto y a afincado en un pasado lejano de dandies, cortesanas y mecenas. Honesto sólo puede uno serlo consigo mismo porque, al fin y al cabo, la honestidad consiste únicamente en no traicionarse. Y eso, en un mundo que Lagerfeld ilustra con un “eres tan bueno como tu última colección y no tienes ni pasado ni futuro” no parece, de primeras, ser posible.
La honestidad parece renegar intrínsecamente de la frivolidad por principios. Pero, como es mujer, ya dijo Nieztsche “si no se persigue, te alcanzará” como la felicidad, la libertad o la sabiduría. Ciertamente, es díficil el compromiso que se pacta con ella pero hermosa gratificación la que confiere la honestidad: ser leyenda.

Holly Golightly, autora de este artículo, es editora del blog de moda Cool & Chic.
Fdo. Holly Golightly
Honestidad Vulgar
“Ser inmortal… y después morir”. Impulso vital último aportado en Al final de la escapada que pone las cosas en su sitio para aquel que sólo quiera quedarse en la superficie. Y el crítico de la frivolidad se relame: un (supuesto) suicidio pone el lazo estampado con calaveras a la vida de mentira de un diseñador de moda con delirios de grandeza.
Pero qué va. McQueen era más de caminar sobre un hilo, de desprenderse como el alfiler que nadie escucha cuando cae; una mente pespunteada, al límite, que aspiraba a la sorpresa de cada segundo. Los acontecimientos y las mañanas de domingo le superaron porque los genios son más frágiles. Sólo así se explica que alguien tan grotesco fuera capaz de destilar tanto encanto. El talento, dicen, se impone por arrogancia, sale como sudor por los poros. Ensucia. Su ropa era de club y de vaso ancho sin limpiar, de inspiración cercana a la vulgaridad… y también de confección angulosa pero perfecta, agresiva y sartorial, de brutalidad atemperada con lirismo. No es cierto que estuviera tan cerca de lo gótico y lo oscuro.
Puede que los hermanos Grimm fueran un referente más próximo para una mente lo contrario a estanca: Una mujer de ojos separados lucha contra una camisa de fuerza del color de la yema tostada mientras, justo detrás, una criatura de carnes prietas emerge de una caja cerrada que dispara mariposas. Y es sólo un ejemplo al azar de un desfile al azar. ¿Qué cita de agenda o qué fragmento de canción puede servir como referencia para algo así? Imposible pensar en la autocomplacencia, en que estaba todo hecho.
Todavía tenía que hacer el vestido sin costuras perfecto, todavía le quedaban mujeres por inventar y telas que ceñir a unas cinturas que nunca entendió del todo. McQueen se marchó porque veía ideas en cada rincón, porque cosía con una cuchilla entre los dedos. Intentó fabricarse un nuevo aspecto físico y casi lo consigue, pero no supo vigilar una cabeza llena de ideas. Y tanta belleza junta explotó, que siempre hay que pagar un precio muy alto por el romanticismo.

Honestidad brutal
No me inspiro en cosas concretas, sólo visualizo ideas en mi cabeza”.
Podrían ser más (modelos sobre el agua, el matadero de María Antonieta, los armadillos…), pero aquí cinco momentos de genial comunión entre moda y espectáculo firmados por Lee McQueen:
1. El encuentro entre una mujer y un robot no siempre es de acero frío: al final de su desfile para la primavera de 1999, McQueen colocó a la modelo Shalom Harlow en una pieza circular giratoria mientras dos brazos mecánicos disparaban pintura. Vestido freehand, recreación cool de un episodio de los Jetsons o, simplemente, espectáculo aplicado a la pasarela. (Vídeo)
2. Dos años después fue colocando sus propias piezas de ajedrez sobre un tablero luminoso. Un desfile poco común en forma y, sobre todo, distribución (aunque al principio las modelos pasaron de forma habitual). Pero la segunda parte del show no fue una recreación obvia de los roles y las piezas. Ni caballos ni alfiles, mujeres en movimiento. El ajedrez es la guerra, dicen. Como la vida. Y la moda. (Vídeo)

3. Otoño de 2003. Nómadas, tundra y la boca llena de arena. Suficiente para inspirar a Lee y colocar a las modelos en una suerte de túnel del viento a medio camino entre el futurismo y lo victoriano. No se podía andar y las prendas (con telas que inspirarían al viento; sedas, chiffones) medían varios metros de largo para crear un efecto de movimiento único. (Vídeo)
4. Bailar hasta morir, cantaba Tino Casal. Inspirado en una escena de baile de la película They Shoot Horses, Don´t They?, puso a las modelos a bailar. Literalmente. Tuvieron que aprender. La idea se inspiró en las maratones de baile durante la Depresión americana, donde la gente bailaba hasta caer en redondo con la única intención de sacar dinero. (Vídeo)
5. Mejor que la camiseta de Free Winona: un holograma con Kate Moss de cuerpo (casi)presente apuntaba a todos que es más fuerte el que consigue salir de los problemas que el que los evita. Excesos para recordar que la chica de los excesos lo estaba pasando mal pero nadie se olvidaba de ella. Colección etérea de 2006 y la Moss en una pirámide de azules virtuales. (Vídeo)
Fdo. Daniel Borrás
Si la mano no es distinta de lo que crea, la misma mano tampoco será ajena al espacio donde duerme. Importa la silla en que te sientas, la hora en la que ponen de comer, el tiempo que ha pasado desde que se generalizaron las urnas y el valor de tu moneda. Hasta la forma de preparar el café. Aun a riesgo de caer en los tópicos (las francesas no se depilan, los italianos gustan de la licra), lo cierto es que la historia ha demostrado que la moda (un juego, sí, pero con demasiada apuesta sobre la mesa) ha conocido reglas diversas según su origen. El terruño, la sensación de procedencia. Pues eso.
Sueño americano
El país en el que nueve de cada diez especialistas en economía hablan de privatización y libre mercado (como modelo y como salvación casi religiosa) no podía sino inventar el negocio: Es cierto que a finales del siglo XIX ya existía el ready-made; pero durante el periodo de entreguerras en Estados Unidos se despachaba prêt-à-porter antes que las grandes casas francesas optaran por la segunda línea. Los catálogos de venta por correo daban la posibilidad de crear, en apenas 24 horas, el traje que una semana antes había lucido Joan Crawford en la alfombra roja; la maquinaria lo permitía. También la crisis tuvo mucho que ver, ya que en los años 30 la importación tenía suplemento en aduana. Sin embargo, los patrones no, y comenzó la reproducción de prendas de todas partes en materiales sintéticos y más baratos. Resultado: más ventas. Estados Unidos no inventó nada, como casi siempre, pero elevó la ropa de no costura a límites nunca alcanzados hasta ese momento.Vera Maxwell y, más tarde, Tina Leser o Anne Klein (maestra, verdugo y luego maestra de nuevo de Donna Karan) lo hicieron posible. Dinerito, barras y estrellas, negocio.
Nada en Italia
Lo dijo Mussolini: “No existe una moda italiana”. Y todavía tuvieron que pasar más de veinte años para poner remedio a la queja. En los 50, Italia aprovechó lo que tenía, esto es, su apertura vital al resto de europa, su política de salarios bajos y pocas cargas sociales, y su industria autóctona (punto artesanal al pie de los Alpes, industria lanera en Florencia). Así, vendieron a los americanos y crearon una forma de hacer especial: era ropa de producción, pero añadiendo un plus de lujo que forma parte de su idiosincrasia. El resto son reseñas en manuales fashion; los salones de Milán, la alta moda de Roma, Valentino, la familia Missoni en los primeros años cincuenta, Cerruti, Ferré y Versace. O la frase de Eugenia Sheppard que mejor define el bolso Fendi y otros tantos con similar acento italiano: “Para ser elegante hay que ser como todo el mundo”.

Antimoda japonesa
Durante la semana de la moda parisina de 1983, las mujeres se rompieron las uñas apretando fuerte contra sus sillas y los hombres goteaban de sudor frío: dos japoneses, Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto, hicieron explotar el imaginario femenino de laca, taconazo y hombro marcado. Adiós a la mujer fatal, viva el harapo y la miseria. Y el zapato plano. La introspección y, por qué no, cierta vanguardia, llegó cuando estos dos estilistas decidieron que la moda podía ser rentabilidad pero también un acto conceptual. Ropa que incluso hoy día (la propia Comme des Garçons, Watanabe, Haversack…) le da la vuelta a la moda tal y como el neófito cree conocerla. Cuando parece que la propia silueta es la que definirá la prenda, ellos inventan otra superpuesta. Más o menos, como fabricar ropa aflojando ligeramente el tornillo de una maquina. Imposible saber qué saldrá de ahí. ¿Será cosa del manga interestelar, Hiroshima quizás?
Patadas adolescentes en Londres
Si Francia (que no está en el listado porque Francia es principio y final de todo) elevaba la alta costura y comenzaba a coquetear con las segundas líneas, el Reino Unido prefería sucumbir al movimiento de caderas pop de los años sesenta. Pelo largo en los chicos y corto para ellas, Carnaby Street, exhuberancia adolescente. Hormonas alteradas por obra y gracia de Foale&Tuffin o por la wikipédica Mary Quant, ¿inventó ella la minifalda o fue Courrèges? Sea como fuera, Londres fue testigo de un nuevo modo de vestir y entender la moda que se retrató como en una fotografía de David Bailey y bailó al son de The Beatles. La Westwood y el Sex vinieron (poco) después; que el frío londinense siempre ha sido muy de salvajes cambios de humor.
Misticismo español
Es un hecho: al español medio no le dará vergüenza que alguien suba a su coche y le descubra escuchando a Fito o a El Barrio; si tienes a Nacho Vegas en el mp3 puede que dudes a la hora de darle al play. Extrañamente temerosos de parecer creativos, la moda hecha aquí (la de verdad, la reseñable) tiene mucho misticismo detrás, mucha leyenda urbana, muchos ángulos muertos. Y, sobre todo, poco sol y mar y tapas y toritos. Balenciaga, dios, se marchó pronto y se hizo el huidizo; no concedía entrevistas, dejó de crear cuando la costura fue herida de muerte. Pero fue el mejor, todos lo saben. Tampoco la obra de Mariano Fortuny es tan conocida como merece. Nació en Granada en 1871 pero fue hombre de mundo y de arte, pintor, creador de escenarios para teatro y artífice de los primeros vestidos plisados, como túnicas griegas. Más reciente el caso de Miguel Adrover, suerte de bohemio ermitaño tan esquivo como talentoso y con algo de mala suerte; su vida es ejemplo perfecto del rise&fall. Una pena porque la moda (española) pide a gritos que regrese a su rescate.
Fdo. Daniel Borrás
La Semana de la Moda de Valencia, o Valencia Fashion Week para ir internacionalizándonos ¿no?, convendría. Algo tan trascendente para unos y tan poco para otros. La cita con la moda valenciana ha estado pasando desapercibida fuera, algo que puede estar cambiando.
Se dio en Feria Valencia, concretamente en el pabellón 8 los días 2, 3 y 4 de Febrero. El colorín valenciano no faltó a la cita y con sus más que pensados outfits , llenaron el graderío y disfrutaron expectantes las ideas.
Los profesionales en la materia, periodistas especializados, tampoco eludieron el evento y se desplazaron desde México incluso para atender y cubrir los desfiles valencianos. Fueron unos 400 los acreditados, ahí es nada.
En cuanto a los diseñadores hay muchos muy válidos, que llevan trecho despuntando y que les espera una gran carrera, eso se nota, puede uno aventurarse a decirlo.
Entre ellos está Juan Vidal, una joven promesa, humilde e inseguro, no se cree lo que vale. Según algunos entendidos necesita promoción porque gusta y triunfaría si se diese a conocer más allá del mediterráneo. En esta edición ha creado a una mujer fuerte para llevar unos atuendos sólidos y con fuerza. Una mujer fatal y sensual, esa que encanta. A sus minivestidos en gasa les ha dado caída precipitada y ha diseñado gabardinas alejadas de los clásicos a los que estamos acostumbrados. Algunos de esos maravillosos vestidos en rojo se asemejaban a túnicas griegas en rojo, y más con las cinturas ceñidas en dorado. Sus características cremalleras tajantes mantienen su reinado pero pasan del plata al esplendor dorado.
Otra diseñadora a destacar es Nona, que se mantiene firme en su afán de superación. La diseñadora que en su día presentó en Cibeles Madrid Fashion Week sabe como leer la silueta de la mujer e interpretarla. Esta vez con una colección monocolor en negro ha salido airosa dando volumen en cuellos, hombros, caderas y escotes. La colección original y elegante, jugaba con la rigidez del tejido haciendo el vestido más ornamental, dramático y arquitectónico.
Tonuca quiso hacer una puesta en escena y una colección teatral inspirándose en el ambiente circense y en sus prendas clave. Fracs de domador en terciopelo rojo y berenjena. Volantes manifiestos y generosos y unas rebecas con función puramente estética que caían a modo de cuerdas por la espalda señalando al trapecista.
Alex Vidal tuvo éxito logrando recrear la estética british, Mini a la pasarela y todo. Utilizó tejidos muy invernales como lana o lana fria, a esta la trató como es debido e hizo capas, vestidos y faldas a bullones en gris. Al chico le gustaría desfilar en Milán.
Higinio Mateu sorprendió, su inspiración una firma de muebles, el resultado idóneo y acertado. La arriesgada apuesta barroca lejos de jugarle una mala pasada gustó.
Ion Fiz y Maya Hansen con el mérito que tienen aquellos que responden en dos plataformas, Valencia y Madrid. Siendo así las colecciones no fueron nada escasas. Maya Hansen demostró maestría entrelazando multitud de materiales y tejidos, primaba el desorden y desconcierto en los corsés. Ion Fiz cautivó con una colección elegante y sofisticada, también con transparencias que apetecían.
Zambrano y Miquel Suay que trabajan ambos para el hombre, se situaban en otra época que correspondía sin ninguna duda al futuro. Miquel Suay para despotricar contra lo establecido y gritar por la libertad y Zambrano para rebelarse contra una sociedad sumida en la reiteración y en la falta de diferenciación, para recrear lo dicho usó hormigas con bártulos a la espalda. El público desde el presente acogió con agrado las propuestas de leggins y pantalones ceñidos para el hombre.
Algo relevante es la percha, el casting de modelos se ha profesionalizado, algo meritorio ya que el presupuesto no era digamos desahogado. Nombres como Anna Tunhav, Marina Alonso o Rubén Cortada que despunta por cerrar un desfile de Alta Costura de Paris, ser imagen de Armani o Dsquared se visten con diseños de Nona, Tonuca y Juan Vidal entre otros. ¡Menudo contraste!, por el momento eso sí.
Al margen de esto, de esta edición se ha sabido por aquí y por allá, cuentan que en Mallorca se hicieron eco, cuando normalmente allí no nos contemplan.
Auguro un futuro dichoso a la Semana de la Moda de Valencia, hay algo que la empuja, la guía y la lleva por el buen camino, será la constancia y el tesón de diseñadores y productores. Ya se dice que es la segunda pasarela más importante de España, apenas está brotando y nos depara mucho. Soberbia.

Nuria Calaforra es la responsable del blog sobre moda Leclectique
Fdo. Nuria Calaforra
La profecía auto-realizadora, escrita por Robert Merton, define una cualidad exclusiva del ser humano (no busques en la naturaleza) perfectamente aplicable a la moda. Casi la retrata por completo, vaya: Es suficiente querer que suceda una cosa para que, finalmente, suceda. Pensar que hoy te gustaría que hubiera una lluvia de estrellas no cambiará el mecanismo de los astros; pero decir que en tu restaurante favorito ya no cocinan como antes podría traer consecuencias a corto plazo sobre ese negocio.
No hace falta abstraerse demasiado: La importante editora de una revista de moda combina para un editorial (que llamaremos, por ejemplo, Fiebre Animal) una decena de prendas aisladas con estampado de leopardo. Podría bastar para que pocas semanas después algunos diseñadores comenzaran a utilizar las manchas en sus trabajos. Se puede creer en un zeitgeist fashion que define las tendencias de la temporada; en un comité de expertos que se reúnen en el Lago Como a deliberar y ponerse de acuerdo; en prescriptores todopoderosos.
Se puede, con más lógica, pensar que el editorial de moda tiene un valor fundamental. Como catálogo y como proceso creativo, juego artístico que legitima la publicación y engrandece, por concepto, algo tan efímero como una colección. Fotógrafos maravillosos, localizaciones de escándalo. Ideas. Grace Coddington gastándose 50.000 euros en una sesión sobre Galliano inspirándose en Brassaï de la que finalmente sólo se publican tres páginas (vean The september issue).
Más allá de editoriales tipo Jungla de asfalto o Explosión Geométrica (esto es, obvios), hay algunos que marcan diferencias. Por controvertidos, bonitos, extraños o imposibles. Por repercusión, por caras, por nombres. No es una colección de favoritos (yo, sin duda, me quedaba con los primeros de Terry Richardson para la revista Purple), no es un podio de los mejores; es, que no es poco, una lista de imprescindibles de la década:
A Sexual Revolution
Fotógrafo: Steven Meisel
W Magazine; Septiembre 2004
Modelos: Boyd Hollbrok, Elise Crombez, Hannelore Knuts, Harry Kinkead,
Jessica Stam, Karen Elson, Kiam Mitchum, Missy Rayder, Roland JRogenski

Reality Show
Fotógrafo: Mario Testino
Vogue Paris; Agosto 2008
Estilismo: Carine Roitfeld
Modelos:Raquel Zimmermann

Nun Head
POP; Otoño/ invierno 2008
Estilismo: Katie Grand
Modelos: Angela Lindvall, Missy Rayder, Maryna Linchuk, Magdalena F, Jourdan Dunn, Guinvere Van Seenus,Andres Segura

Silent
Fotógrafo: Steven Meisel
Vogue Italia; Agosto 2008
Modelos: Linda, Karen, Iris Guinevere

L’éternel Fantasme
Fotógrafo: Cédric Buchet
Vogue Paris; Noviembre 2009
Estilismo: Julia von Boehm
Modelo: Eniko Mihalik

Religión, un maniquí enamorado, sexo sin etiquetas, cementerios. Todo vale. Pero con ironía, por favor. “Las palabras moda e importante no deberían ir nunca unidas”, dice Marc Jacobs. Pensemos en un mundo de bellos imposibles, de excesos bien entendidos. La moda como tema de conversación. Como objeto de disfrute.
Fdo. Daniel Borrás
No se puede vender un Birkin de 30.000 euros en cualquier espacio. Por eso firmas como Hermès, Prada, Louis Vuitton o Channel decidieron hace tiempo invertir en diseño y lujo arquitectónico. Se busca la exclusividad, transmitir una determinada imagen de marca, generar sensaciones, sorprender al cliente, perdurar en el tiempo. Y para lograrlo sólo valen los mejores: Rem Koolhaas, Herzog & De Meuron, Renzo Piano o Zaha Hadid. Cuatro Premios Pritzker. El placer es suyo.
Rem Koolhaas y Prada
En 1999 Prada lanzó una nueva estrategia para transformar el ir de compras en una experiencia completamente diferente. El punto central de esta estrategia pasaba por la creación de nuevos e impactantes espacios arquitectónicos en los que mezclar consumo, placer, comunicación y cultura. Surge así una estrecha colaboración con Rem Kolhaas y sus socios de OMA (The Office for Metropolitan Architecture), fruto de la cual tenemos la tienda de Prada en Nueva York, la de Los Ángeles, el Prada Transformer, diseños conceptuales (no construidos) para las tiendas de San Francisco, Shangai, Londres e incluso para la Fundación Prada en Milán.
Abrimos boca con el New York’s Prada Epicenter (construido en 2001). Situada en el número 575 de Broadway Avenue, no es sólo una tienda, es una galería, un lugar para proyecciones y performances, un laboratorio, un lugar público. El espacio está articulado a través de una gigante ola de madera que literalmente sumerge al visitante en su interior. Una parte de la ola es escalonada y sirve como escaparate para zapatos y accesorios de día y como gradas de noche. El extremo opuesto de la ola es una rampa lisa que puede abatirse para hacer las veces de escenario. El diseño interior se completa con un mural gigante que decora la pared norte de la tienda y marca la temática de una exposición que se infiltra en la tienda mediante televisores de plasma colgados entre la ropa a modo de cuadros, libros apilados cuidadosamente junto a los zapatos y monitores interactivos.

La tienda de Nueva York inició el seísmo y el Prada Transformer se encarga de propagarlo. La última colaboración entre el arquitecto holandés y el imperio Prada es (fue) un edificio multidisciplinar transformable, con vocación de pabellón temporal, situado en Seúl. Cuatro caras distintas para cuatro usos diferentes. El proyecto resulta muy icónico al usar formas simples, claras y muy reconocibles en cada cara. Cruz, círculo, rectángulo y hexágono para arte, eventos, cine y moda respectivamente. Fácil. La pared es suelo, el suelo cubierta, y la cubierta pared. No tan fácil. Una estructura metálica con piel de membrana textil traslúcida lo hace posible. Pero todo lo bueno se acaba y el Prada Transformer fue desmontado el pasado 30 de Septiembre.

Herzog & De Meuron y Prada
Dos años después del éxito alcanzado con la tienda en Nueva York, Prada quiere más. El lugar: Tokio. Los culpables: los arquitectos suizos Herzog & De Meuron.
Sobre una planta pentagonal absolutamente irregular y un alzado quebrado en una de sus esquinas se erige el edificio de la tienda de Prada en Tokio. La fachada, compuesta por una estructura metálica y láminas de vidrio formando una retícula romboidal, es a la vez la piel y el esqueleto resistente del edificio. Jaques Herzog describe estos paneles de vidrio como “una herramienta interactiva, ya que debido a su distinta curvatura (cóncava, convexa o plana), parece que se mueven mientras caminas alrededor”.
El edificio de Prada está ubicado en una esquina de la parcela, de forma que se crea una pequeña plaza a la entrada para abrirse a los visitantes e integrarse en el vecindario. Un toque europeo en una ciudad dominada por edificios encerrados en sí mismos, según los arquitectos autores

Renzo Piano y Hermès
El edificio de Renzo Piano para Hermès en Tokio es sobrio y elegante pero a la vez innovador. Un claro reflejo del alma de la firma francesa. Se trata de un bloque de quince pisos que contiene tiendas, talleres, áreas multimedia, oficinas, áreas de exhibición y una terraza jardín. El concepto de este edificio fue, según Piano, convertirlo en una especie de “lámpara mágica” inspirada en las lámparas japonesas de papel. Para ello recubrió la fachada de una trama de 13.000 cuadrados de vidrio translúcidos. Un pequeño guiño a la forma de los famosos pañuelos de Hermès. El efecto logrado por esta piel de vidrio es espectacular, durante el día sombras y matices pueden percibirse a través de ella, y de noche la luz interior se dispersa suavemente a través de ella hacia el exterior, creando una asombrosa sensación de transparencia.

Zaha Hadid y Chanel
¿Qué puede surgir de la unión de Karl Lagerfeld y Zaha Hadid? Un pabellón itinerante que rompe con la noción euclidiana del espacio para mostrar al visitante el resultado de mezclar lo arquitectónico, lo artístico, la música y la moda. El Chanel Mobile Art es una de las más recientes creaciones de la arquitecta iraquí, quien para la solución formal de esta obra se inspiró en la famosa gardenia blanca, flor favorita de Coco Chanel. La potente masa escultural del pabellón y la luminosidad de su cerramiento de fachada crean un elemento brillante y enigmático.
La estructura del edificio se desarrolla como una sucesión de arcos entorno a una especie de bucle en planta. En el centro, siete aberturas orgánicas en el techo permiten la entrada de la luz del sol, que se mezcla con la luz artificial que emerge de los huecos entre la pared y el suelo. Este juego de luces junto con la fluidez de las paredes onduladas crean un paisaje artificial idóneo para la exposición de las obras de más de veinte artistas internacionales (Stephen Shore, Yoko Ono, Daniel Buren), que juegan con la interpretación del mítico bolso acolchado de Chanel, el 2.55.

Este edificio nómada debía recorrer entre 2008 y 2010 Hong Kong, Tokio, Nueva York, Londres, Moscú y Paris. Pero en mitad de la gira y debido al contexto de crisis financiera mundial la firma francesa decidió abandonar el proyecto y centrarse en inversiones estratégicas. Una pena.
Vete de compras
Hasta aquí algunos ejemplos de estas nuevas catedrales de nuestro tiempo. Imprescindibles también el edificio de Toyo Ito para Tod’s en Tokio, las tiendas de Comme des Garçons en Nueva York, París y Tokio proyectadas por Future Systems, la de Yohji Yamamoto en París diseñada por Sophie Hicks o el edificio de SANAA para Dior en Tokio. Grandes creaciones que surgen de la libertad creativa y barra libre presupuestaria que supone para un arquitecto trabajar con importantes firmas del mundo de la moda. Una recomendación, si te interesa la arquitectura…vete de compras.
Fdo. Lucía Miguel
Basta de desintegración. Integrar, integrar, integrar. Repitan. Que donde haya barrios existan espacios únicos; sólo distancias, no diferencias. Donde se definan géneros se imponga la epidermis y no las etiquetas. El ejemplo, Berlín, claro. La ciudad que avanza a una velocidad imposible de seguir. La ciudad que ha olvidado más dolor del que cualquier otra será capaz de sentir jamás.
Porque el ingenio se ve con mejor cara cuando no hay nada que perder. Y el edificio nuevo o la función distinta encajan con todo porque su todo no es demasiado. Ciudad educada, nocturna, libre y de oportunidades. Todas pequeñas, sí, pero oportunidades.
El maestro
Y vaya, que la urbe que vio nacer y acoge el legado de Helmut Newton merece respeto. Figura carne de magazine de hotel, influencia de diseñador de provincias y cartel que decora muestrarios de muebles, por supuesto; pero que la anécdota no engañe: Es (muy) grande.
Su museo, escondido, en un antiguo casino militar y a tiro de bicicleta desde el zoológico (por si acudes en familia o con amigos juguetones), es parada imprescindible para el aficionado a la moda (portadas de Vogue, condolencias de puño y letra de Yve Saint Laurent), la fotografía (Rolleiflex originales, tocadas por sus manos), las mujeres (hay una recreación de su despacho, con piernas de plástico y cuerpos femeninos por todas partes), y la vida.

Los tenderos
Antes, o puede que después (la segunda opción implica el riesgo de que la fiebre de curvas ciegue tu capacidad de raciocinio), merece la pena visitar la tienda Wood Wood, pionera de la slow fashion y patada en las pelotas a las guías trendy. Hacen su propia ropa, venden cosas de Jeremy Scott y Opening Ceremony. A su lado, el restaurante Zoe para hacer parada.
Los patios interiores, inutilizados, y los bajos en edificios olvidados son pasto perfecto de interesantes como Acne Jeans, Filippa K o Bless. Innovación, básicos y antimoda, para llenar la maleta con un poco de todo.
Entre un graffitti de Miss Van y un trozo de muro, Comme des Garçons eligió, en 2004, a Berlín como primera ciudad en la que instalar una Guerrilla Store. Una tienda efímera, escondida, sin carteles, sin publicidad. El fiel la encontraría, previa búsqueda, en el interior de una carnicería. En los cajones, los perfumes; sobre bancos de cortar cerdo, algunos vestidos. Y la compra final, envuelta en bolsas de basura. En cualquier otra ciudad les hubieran matado por ello. Lil’ Shop, que sí está abierta, tomó el relevo.
El estilo
Las plazas acogen también la Berlín Fashion Week (Vivienne Westwood fue una de las que prestó su apoyo al proyecto) y se ha convertido en sede imbatible (sorry, Barcelona) del Bread&Butter, que no es moda moda ni interesa especialmente al que busca algo nuevo (a la industria sí, mucho) pero es mejor tenerla que dejarla escapar.
Y, sobre todo, esa sensación de que todo vale porque nadie mira. O mira bien. Madrid es la ciudad de los 10.000 cadáveres, todos iguales; Milán la capital de la licra y las gafas espejo; París un reducto de elegancia suave que no todos son capaces de alcanzar. Berlín, con callos en las manos y cicatrices para demostrar que cruzó el fuego, lo permite todo. Y a ver quién no es capaz de encajar en todos los sitios a la vez.
Fdo. Daniel Borrás
La vida es rara, el sexo también
Sólo en lo físico hay verdad. “Dime. Callemos… ¿Qué es el amor? Vivirnos”, decía Aleixandre. Comernos más que escribirnos. Cambio beso por poesía. El desnudo, el sexo, la realidad, sigue siendo la imagen más potente aun siendo la miseria cotidiana más fácil de encontrar. Un placer a medio camino entre el pecado y la belleza. Si alguna vez fueron cosas distintas.
Enterrada la culpabilidad -¡qué suerte quien no la posee!- el vello púbico se convierte en lujo y lujuria. Carne de informe de tendencias, vuelta de tuerca del mundo de la moda. Es difícil volver a ser diferente cada seis meses, así que seamos todos iguales. A desvestirse tocan.
El desnudo es bueno, bonito y un imán poderoso. Un seguro de vida. Ver un desnudo y leer un buen artículo al mismo tiempo, en el mismo espacio, es la tarde perfecta. Un hueso marcando cadera, una entrevista a Damien Hirst y un artículo sobre Sartre. Uf.
Paradis Magazine
Revista francesa con Thomas Lenthal como director creativo. Resumiendo, páginas y páginas de desnudos supersaturados alternados con textos de escándalo. Norman Foster y Daisy Lowe compartiendo publicación. Rascando, hay mucha miga: Su último número retrata a Charlotte Rampling desnuda en medio del Louvre por obra y gracia del fotógrafo Juergen Teller. A los del museo, dicen, les encantó la propuesta.

Jaques Magazine
America’s only new luxury erotic magazine. Tetas grandes como en los carteles pulp; fotografías siempre en película, sin retoques. Más jóvenes, menos pretenciosos y con una editora que predica con el ejemplo y muestra su fragilidad. Parece una revista recuperada de un coleccionista porno de E-bay. Pero sin manchas. En el top del fashion porn.
S
Pionera de la guarrada con coartada pero con s de sexy. Más comedida, más fina. Es la más relacionada de forma directa con la moda: Imagina un editorial de moda de Vogue pero con la chica bajándose las medias. Su último número incluye colaboraciones de Antony and The Johsons. Y mujeres, claro. Muchas.
Purple, Acne Paper
Publicaciones ‘normales’ que se han pasado a la carne. Al menos en parte. Purple cuenta con Terry Richardson fotografiando a Obama y con Milla Jovovich en cueros dos páginas después. Arte. Además, incluye anexos como Purple Sex o Purple Nude para explotar el fenómeno. Aunque no les haga ninguna falta: Es una de las revistas de moda más importantes del mundo desde 1992 por obra y gracia de Elein Fleiss y Olivier Zahm. Para no iniciados, la revista anti fashion por excelencia. También Acne Paper, la revista del estudio Acne, dedicó su número del pasado verano al erotismo. Por si acaso.
Lealtad, fidelidad
Internet hizo el porno cómodo. Y no, no puede ser. Hasta Playboy Francia está intentando subir un peldaño. Para acabar con el miedo a la revista debajo del colchón, camuflada junto a la luz superior del ascensor, escondida entre ensayos de metafísica. Fuegos artificiales en lugar de terremotos, sí, pero algo es algo. El primer paso hacia la cosa húmeda es asumir su sublimidad.
Fdo. Daniel Borrás
Todo está en los hombros. Las revistas mienten en sus decálogos de siete milagros; no es el talle alto lo que hace más delgada ni la altura del pantalón disimula trasero alguno. Chanel descubrió, o siempre supo, que la caída adecuada sobre una espalda firme permitía el movimiento en la parte delantera del vestido. Y con eso sobra: Nada de tapar el cuerpo, mejor difuminarlo todo.
Si no hay piernas, que haya escote. Si hay omóplato que no haya cuello. Triunfó, ganó dinero, no tenía que reservar en el Hotel Normandía. Cierto que el nº5 y el esplendor tardarían un poco en llegar, pero la vida de Gabrielle, ya Coco, era plena. Que significa, como siempre, que iba bien servida en la cama. Boy Capel era su hombre aunque no lo era.
Pero Arthur Capel fue enterrado a las 14.30 horas de un 24 de diciembre de 1921. Coco lo vio más claro que nunca: Ya no necesitaba pensar sobre el amor verdadero, engañarse sobre por qué no podían caminar juntos de la mano en público, escaparse en medio de una fiesta hasta un seto oscuro. Muerto, volvía a ser suyo. Sólo suyo.
La (verdadera) viuda
Tiñó sus cortinas y sábanas de negro, se marchó a vivir al Ritz de la plaçe Vendôme y casi se derrumbó. Con la mujer (real) de Capel buscando nuevo partido, ella era la única viuda aunque nada le obligaba a que lo fuera. Hasta que Misia, su amiga, la burguesa loca y un poco puta que “conectaba con quién no entendía del todo”, le invitó a acompañarla a su luna de miel. A Italia. Coco nunca había estado allí y aceptó. De crucero por el Adriático desembarcaron en Vencia. Oh, Venecia.
Si a un niño le compras un juguete deja de llorar. Chanel vio los dorados bizantinos de la Basílica de San Marcos, los museos, la melancolía del café a media tarde. Y ochenta y tres millones de obviedades más que no conviene reproducir. Por supuesto que la ciudad le causó impacto. Sólo faltaría. Luego lo reprodujo todo en sus telas, hasta el claroscuro de los maestros; una inspiración que permaneció intacta en toda su obra posterior.
Allí conoció a Diáguilev, intimó con Stravinski (”era tan ruso que no le importaba estar casado”), le escuchó decir a Cocteau que ella era como el Picasso de la moda. La Venecia de los secretos, de las cenas, de las conspiraciones del talento. El poso, como la ciudad, fue eterno; y la vida caprichosa convirtió sus canales en escenario de segundas partes.

Ocho años después Chanel regresó a Venecia. Volvió a coincidir con Cocteau. Ella le hacía siempre regalos maravillosos. Una cadena de platino fina, flexible, que reproducía el cuerpo de una serpiente y que servía para llevar las llaves. También volvió a encontrarse con el coreógrafo Diáguilev, esta vez en su lecho de muerte. Muerte en Venecia, vaya.
Escenario también de frases maravillosas y las no-declaraciones de amor más bellas que nunca le hicieron a Chanel.
Mi mujer sabe que te quiero. ¿A quién si no a ella le confiaría una cosa tan grande como ésta?”
Stravinsky también rondaba por allí, lanzado y locuaz en una Venecia que olía al perfume del adulterio. Olor a vida.

La última colección Crucero diseñada por Karl Lagerfeld para Chanel recupera el primer viaje de Mademoiselle a Venecia, los colores, las formas que descubrió a su llegada. También la línea de maquillaje que la firma francesa lanza al mercado en 2010 juega con las mismas referencias.
Fdo. Daniel Borrás
Carta de amor #1
Yo compartía con una mujer de lunar junto a la boca. Se tapaba, justo después, con media sábana hasta el pecho y las rodillas sobre el colchón mientras se fumaba un cigarro. Sólo silueta frente a una ventana casi cerrada, de cuadraditos de luz creando fondo neutro. Imagen perfecta de Irving Penn que no retrató; un mechón de pelo recogido tapando el punto en el que se unen su cuello y su clavícula.
Carta de amor #2
El blanco y negro asesino que nos dejó de recuerdo y legado Penn (1917-2009). El hombre que enseñó a la moda a ser otra cosa y que aprendió de ella que la creación es (a veces) consumo. “Fotografiar un pastel también puede ser arte”, dijo. Arte primigenio: En octubre de 1943 Alexander Liberman, director creativo de Vogue, le pidió una portada. Él arregló un bodegón con un bolso de piel y tela marrón, un pañuelo gris, una lámina con cítricos y una nota colgada en una pared en que se anunciaban los contenidos del mes: zapatos y accesorios. Pidió la cámara prestada.
En la otra punta de la espiral, las fotografías que realizó para el Lacroix pre-crisis en abril de 2008. 65 años de diferencia para el mismo resultado. El que copió Avedon, en el que se inspiró Leibovitz. Si más es más y menos es mucho menos, el maestro marcó una línea que se encuentra incluso por debajo. La realidad siempre es mínima.

“Querer lo que los demás no quieren”
Y eso hizo. Capaz de pasar del culo de Kate Moss al retrato de Picasso y Colette siguiendo idéntico ritual, el niño era para él igual que la mujer perfecta; el indígena similar al ciudadano de Nueva York. Capaz, también, de intercambiar sudores y fotos con Lisa Fonssagrives, bella modelo y artista. Respeto.
Conclusión compartida
Caló hondo en el mundo de la moda (”probablemente fue más famoso por fotografiar las modelos del ambiente parisino”, dice el obituario del New York Times). Como calan algunas mujeres. El amor (que crees) real no tiene que ser largo ni perfecto. Siempre será el que no te hubiera importado que nunca acabara. Del que te sientes orgulloso, como colocar una sóla fotografía sobre el lecho.
92 años en tu caso, maestro; ya no recuerdo ni cuántos meses, querida. Sólo que olías a Shiseido.

Irving Penn falleció el pasado día 8 de octubre en su casa de Manhattan. Hay multitud de libros que resumen su extensa carrera.
Fdo. Daniel Borrás
La vida es rara, el trabajo también
“Estoy acostumbrado a pintar toreros; conseguir ser chic no me preocupa”. Eduardo García Benito, señor de los antes, no le tenía miedo a los retos ni al trabajo. A la vida parisina puede que sí (“y qué voy a hacer yo allí, si a mí lo que me gusta es jugar al dominó y comer cocido”), pero nunca a medirse. Messi sale al campo, no lo olviden, consciente de que es mejor que los demás.
Así, un joven de Valladolid pasó de becario al mejor de su tiempo. Pronto comenzó a encontrar trabajos en revistas tanto en París (Femina y La Gazette du Bon Ton) como en Nueva York (Vogue y Vanity Fair). Y cocido no, pero ginebra mucha. Bebió junto a la vanguardia enmarcada en la revolución artística del siglo XX. Picasso, Matisse, Manet, Gauguin, Cocteau… ahí puso el listón. Y consiguió ilustrar la moda de toda una época con su geometría Art Déco, sus ecos a la Bauhaus, su escaso realismo.
Condé Nast, artífice de las biblias del estilo de vida, nunca tuvo claro que la ilustración de moda fuera suficiente; los artistas se esforzaban más en parecer artistas que en reflejar el vestido. El arte encajaba en Vogue si éste lo hacía con su universo intangible. Muchas dudas. Pero ninguna con Benito (puede que no encuentres el García en los anexos de los libros).
Ocupó la mayor parte de las portadas entre 1910 y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pintó a Monsieur y Madame Poiret porque así se lo pidieron. Gloria Swanson también. Trazó un vestido negro de satén con lazos con flecos de color verde a la altura de las caderas, Le Bassin D’argent. Se reflejó en Modigliani.
Y es que Nast siempre dijo: “Coja a 14 personas singulares, con un espíritu realmente especial; luego a otras siete normales para completar la lista. Con el tiempo, estos últimos se empaparán de las bondades de los primeros”. Así elegía él a sus colaboradores. Miren sus revistas, sólo eso.

Ya nadie hace lo mismo. De La Gazette du Bon Ton a Jordi Labanda hay un buen trecho. Es cierto que después de los 80 la visión street de los diseñadores de moda volvió a revitalizar la ilustración; había más concepto que material, los dibujos volvían a tener sentido aun perdiendo descripción. Pero no es igual. La vida cambia, pero vivir bien sigue siendo la mejor venganza. O traduciendo: hay cosas que sólo tienen un camino.
“No se puede decir que Eduardo García sea un artista desconocido para nosotros. Pero sí es cierto que el alcance y la relevancia de su obra no hace otra cosa que llenarnos de admiración y respeto”, dice el alcalde de Valladolid, Javier León de la Riva. La realidad, injusta, prefiere dice que casi nadie le ha hecho caso hasta ahora.
En Nueva York, vaya, el Congreso de Estados Unidos aprobó a principios de los 70 una moción felicitándole por la labor cultural que realizó en aquel país. En su tierra, rechazaron una propuesta de su puño y letra poco antes de morir: Un museo de arte contemporáneo en el que él abriría la lata con la cesión de más de 400 obras.
Arrepentidos, los que mandan exponen ahora, por primera vez, gran parte de su trabajo para las revistas de moda y otras propuestas como recreaciones gráficas de La Odisea o El Buscón. La fe, dicen, aparece en el punto exacto donde termina el orgullo. A Benito, torero y hedonista, probablemente le hubieran sobrado cojones para decir que, ahora, no. Pero la muestra, para el resto de los mortales, es un bendito error.

Parte de la obra de Eduardo García Benito (200 cuadros e ilustraciones, sobre todo de su etapa americana), se expone hasta el próximo 1 de noviembre en la Sala de Exposiciones del Museo de la Pasión de Valladolid.
Fdo. Daniel Borrás
La moda, como el pop, sólo es una broma. “Una broma importante”, matizaría Springsteen. Pero si todos conocen al Boss pocos, la verdad, conocen a Marc Jacobs. Una cosa es trascendencia; otra importancia. Todo en su justa medida: Un tema de conversación antes que uno de discusión, pero también un objeto de estudio por encima de una frivolidad. Ay, la moda. La de esfuerzos gastados en seguirla y las pocas ganas invertidas en conocerla…
1. El primer perfume
La forma de llevar un Armani sin pagar el precio (ni económico, ni de riesgo, a veces) de un Armani. La moda democratizada de verdad, la gallina de los huevos de oro de los modistos venidos a menos. El primer perfume de diseñador no fue el Nº5. Fue muchas cosas, pero no el primero. 10 años antes que Chanel y 15 antes del My Sin de Lanvin, Paul Poiret ideó en 1911 Rosine, frangancia visionaria. Como un Prometeo desencadenado, Poiret entendía su trabajo de forma global: Diseñar una vida entera, no un traje. Poiret fue como Elvis, existió antes que los Beatles; acabó con el corsé antes que Dior, redefinió el negocio. El perfume, nombrado como su hija (le creó una empresa propia incluso, que aguantó hasta el crack), destrozó el monopolio de los perfumistas franceses. Y creó a un monstruo: Thierry Mugler ya sólo existe como marca de colonias. Cosas del mercado.

2. El regreso de la bestia
Y Coco, rica y con un cigarro en la comisura de los labios, se sentó en su sofá a ver como los soldados alemanes hacían cola para comprar su químico y marciano Nº5. Estaba de vuelta de todo y cerró su casa en 1939. Guardaba un silencio despreciativo detrás de su puerta. Era Chanel. Pero con más de 70 años, en 1954, decidió que no todo estaba hecho y, sin necesitarlo, presentó una nueva colección. En un día, hizo más por su dogma que en toda su carrera: El bolso acolchado a modo de bandolera, el zapato salón bicolor, el traje masculino con ribete, la blusa a juego. También la doble C en los botones, los collares de oro, la coleta. Hagan la cuenta; la mayor colección de básicos imperecederos jamás creada. Y todo por no conformarse, vaya.
3. Las maisons muertas
No es cierto que Gucci siempre haya sido la Gucci que conoces. La casa de marroquinería no siempre vendió prét-â-porter en Saint Honoré. Y Lanvin murió y resucitó también; y Balenciaga. En tiempos en los que las firmas forman parte de grandes imperios del lujo, su repercusión o no depende del mercado y de algunos hombres buenos. Tom Ford o Alber Elbaz, por ejemplo. Decarnin lo ha conseguido recientemente con Balmain, antigua maison de los años 50 que utilizó el new look para su provecho y luego desapareció. Con un discurso distinto, ha hipnotizado a todos. Por su culpa, vestirás este invierno como en los ochenta. Como Michael Jackson. Se preparan otros (re)regresos de campanillas: Ya hay colección crucero de Vionnet (palabras mayores para su responsable ahora, Rodolfo Paglialunga, que será juzgado por la osadía; o no) y Elsa Schiaparelli, propiedad de Diego della Valle, espera agazapada tiempos mejores, con Olivier Theyskens en la recámara. Pierre Cardin, quizás, pueda ser el siguiente pasto de ricos con tiempo libre.

4. El otro español
Cristóbal Balenciaga es el gran diseñador español; por encima de otros muchos y por encima de las escasas menciones y homenajes desde su propia tierra. Pero antes que él otro nombre la lió lo suficiente como para aparecer, aun escondido, en los manuales. Mariano Fortuny nació en Granada en 1871 y prontó se marchó a Venecia para hacer lo que le vino en gana: Pintura, escultura, decorados para teatro… y prendas textiles. Ideó un vestido tubo al que llamó Delphos y, sin quererlo, sentó las bases de la arquitectura de la moda del XIX. Una túnica que portarían Isadora Duncan, Eleanora Duse o Cléo de Mérode y que, según el periodista Françoise Baudot, sobrepasa cualquier barrera. “Hablar de moda, refiriéndose a obras nacidas de un pensamiento en el que el simbolismo, la memoria, la visión idealizada del porvenir se unen al sentido plástico, parece realmente irrisorio”. Más tarde Miguel Adrover, otro español desconocido y esquivo, tomaría el relevo de los dos grandes. Bueno, añadan a Manolo Blahnik, venga.
5. El ingeniero y el ciclista
La moda es tan ambigua y extraña que no parece la vocación de nadie. Quizás de alguna escaparatista loca, pero lo cierto es que su carácter de negocio (no, probablemente no sea arte, Baudot al margen) la convierte en punto de encuentro inverosímil. Courrèges, por ejemplo, era Ingeniero de Caminos. Su visión del mundo estaba por encima de las posibilidades de su materia y así creó a la mujer mutante; co-inventó la minifalda junto a Quant y la calle; realizó una colección totalmente blanca; indagó en el futurismo. O retrofuturismo: Creyó vivir en el 2000 treinta años antes y quedó obsoleto muy pronto. Pero ahí queda, para la historia. Tampoco Paul Smith se levantó con la aguja en la mano. Ciclista de profesión, una lesión le obligó a buscarse la vida en otros campos. Y eligió la ropa para imprimir sus rayas de colores. Le fue bien, claro. La belleza es algo que todos buscan, matemáticos y bohemios borrachos. La moda, aunque sólo sea porque siempre intenta rodearse de ella, es un buen camino.
Fdo. Daniel Borrás
Tom Ford conquistó el mundo (de la moda). Ahora va a por el resto. Relanzó Gucci desde su llegada en 1994; se pasó por Yves Saint Laurent para hacer lo mismo; abandonó todo para lanzar su propia firma cuando le dio la gana. Tiene biografía para leer durante una buena tarde.
Es un paso más allá de todo. Donde Yves veía sensualidad, el vio sexo. Originario de Santa Fe (Texas), inventó el porno chic. Busca en manuales de moda o intenta recordar: la chica con el vello púbico en forma de G es suya. El maromo desnudo que vende perfume enseñando algo más que el perfume también. Después, metió unos cuantos frascos entre las piernas de algunas amigas. Escándalo, claro.
Más tranquilo (y rico) continúa abriendo tiendas de moda masculina exclusivas. El cliente elige el forro, el botón y entre 14 esencias privadas. Y empezando siempre de cero con la intención de conquistar lo que todavía no tiene.
Estos días presenta en Venecia su primera película como director, A single man. No ganará, pero ahí está. Sorprenderá a la gente, cuentan; será mejor de lo que todos esperan. Más seria. Adaptación de la novela homónima de Christopher Isherwood en la que cuenta un día en la vida de un profesor homosexual inglés que tras la repentina muerte de su pareja escapa a California, es la perfecta pintura de su universo creativo.

El hombre (que no está) solo
A su diestra un español, Eduard Grau, que se convirtió en director de fotografía y ganador de la lotería al mismo tiempo. “En la cola de un cine del festival de Edinburgo conocí a una chica a la que le pasé una bobina. Luego ella me recomendó a Ford y tuve suerte”.O no. Tom vio esa bobina de dos minutos tres veces. Y decidió que era él.
El que fuera director creativo de Gucci ejerce en su silla de director como tal. Con los objetivos claros. Con la cinta grabada antes de empezar. “Tom tenía ya muchos referentes de revistas y fotos de los 60 pero siempre mezcladas con otras contemporáneas, quería que fuera una peli de época pero con un look muy moderno”.
Grau habla siempre de Tom como Tom, a secas. Es un tipo amable, dice, de trato humano y simpatía única. “Pero sabe lo que quiere, tiene muchos conocimientos de arte, decoración, moda… donde no llegaba su experiencia en cine aplicaba su gusto personal”.
Visualmente, las primeras imágenes del film muestran un escenario y un color apabullantes. La historia importa, en principio, tan poco como el color de una cremallera de un pantalón que sienta bien. Pero con matices, claro. “Es un genio creativo, al que le gusta controlar cada uno de los aspectos artísticos de su obra. Busca obsesivamente la perfección y la belleza es siempre su meta. Trabaja muchísimo, durmiendo poco y mejorando continuamente las ya de por sí buenas ideas que acumula”.

También es inteligente dosificar tus poderes. La encargada del vestuario, sorprendentemente, es Arianne Phillips, (mediáticamente) conocida cómo estilista de Madonna y nominada al Oscar por Walk the line. “Pero Tom, sin embargo, estaba siempre supervisando y los trajes que lleva Colin Firth son diseño suyo basado en la época. Para el vestuario de Julianne Moore hicieron muchas pruebas y al final se decidieron por un vestido muy sobrio y muy elegante”.
Elegancia para el hombre que reinventó la elegancia. Si hoy está legitimado llevar la camisa abierta hasta la mitad fue gracias a él. No lo olvides. Él intenta también justificar lo que siempre fue su trabajo. No es ni un sastre, ni un empresario, ni un director de cine. Es un creador. Siempre rodeado de excelencia. Siempre en el punto de partida.

+A Single Man se presenta del 2 al 12 de septiembre en la 66 Mostra de Venecia, con Colin Firth y Julianne Moore como protagonistas.
+Eduard Grau es uno de los jóvenes talentos nacionales más prometedores. Entra en www.edugrau.com y sorpréndete; es el responsable de un montón de imágenes que seguro has visto ya.
Fdo. Daniel Borrás