Moda y decadencia

Nacer, crecer, madurar y morir. Véase la receta más conformista y aburrida que adoptar frente a la vida. A las puertas del ocaso, más vale recurrir al zigzag y dibujar sutiles vaivenes en esa fina línea que recrea nuestro paso. Porque en tiempo de decadencia, es preferible respirar hondo y coger fuerzas de nuevo, aunque se convierta en rutina de cada par de años.

Las firmas de moda, cual ser vivo, acaban respirando por los poros de sus directivos, aquellos que muchas veces meten la pata hasta bien entrado el fondo. El mundo es exigente. Tremenda e involuntariamente exigente. Inventar el corte al bies no te asegura una referencia como tal en la nueva y democrática enciclopedia del siglo XXI, Wikipedia. Pena de Madeleine Vionnet, toda una visionaria que no hizo más que machacar su mente, allá por 1912, para, entre otras cosas, llegar a la conclusión de la garantía de imagen que supone para una diseñadora colocar su etiqueta sellada en cada una de sus creaciones. Todos se beneficiaron pero nadie se lo agradeció. Tras la segunda guerra mundial su maison, Vionnet, cerró las puertas, y el resto sólo recordó a su coetánea Coco.

Decadencia, declive, deterioro. Según los publicitarios y estudiosos de producto, la etapa de decadencia forma parte de la fase biológica del mercado. Cuán denso suena, pero parece acertada la objeción. Rápido descenso de la demanda. Disminución de ventas y, por tanto, de beneficios. No se hacen acciones de comunicación y se va dejando morir el producto poco a poco sin darle ningún apoyo. Y el ambiente se volvió taciturno. Dejar morir el producto, la firma, el olor a viejo atelier, por un descenso de ventas. Cuánto poder tenemos los consumidores a veces. La sociedad devastada que vivió en sus carnes los efectos de la segunda contienda mundial no consideraron comprar un Vionnet para salvar la maison. Eso no importaba. Y ahora, que todo está –relativamente- calmado, resurge de sus propias cenizas la firma francesa. En 2006 Vionnet volvió a la vida, y publicaciones de todo el mundo se hicieron eco de la noticia, así como aprovecharon el tirón de las retrospectivas. Si bien ya no es lo que era, o lo que hoy apreciamos que debería ser por la grandeza creativa de su fundadora, Vionnet cuenta con la dirección creativa del italiano Rodolfo Paglialunga. Ardua responsabilidad la suya.

Pero Vionnet no es, ni será, el único gran ejemplo de firmas grandiosas que han rozado las asperezas de la decadencia y el cuasi-olvido. Rochas debe su supervivencia hasta finales de los 90 a la devoción de señoras y señoritas por sus perfumes, porque de los abrigos tres cuartos y vestidos de corte sirena que dibujó su fundador, Marcel Rochas, pocas se acordaban. La firma supo escoger a su Fénix particular, Olivier Theyskens, que en su primera colección para la firma francesa, fechada en 2003, obtuvo una crítica más que favorable, sentenciando así la ansiada renovación de la maison. Hoy el cometido es de Marco Zanini, quien sella sus líneas bajo las premisas de la discreción y la elegancia.

Y es que el olfato para escoger la varita con la que resucitar una firma de moda en decaimiento es esencial. La pieza del juego. Si no, que se lo comenten a los del último piso de Gucci, que deben el esplendor de la firma al sorprendente y lascivo Tom Ford. Elevado él a la categoría de Jesucristo pues suyo fue el milagro de levantar en diez años la legendaria marca italiana. En los 90 sólo se habló de Gucci y de Ford. Dos términos ligados, y por ello el mundo conmocionó cuando acabó esta infalible unión.

Pero la decadencia también conoce de grandes hundimientos. Y es cuando ocurre eso de llover sobre mojado. Una mala elección guiada por la necesidad de éxito –o prensa fácil- a corto plazo puede causar daños colaterales de difícil digestión. Que se lo pregunten a los que criticaron la penúltima colección de Ungaro. A gusto se despacharon contra la desafortunada intervención de la trasnochada Lindsay Lohan en el equipo creativo. La española Estrella Archs recibió la llamada de socorro para salvar lo que había hecho –o deshecho- Lohan. Del todo desechable, para seguir con la broma.

He aquí la muestra de que el resurgir una firma de moda en decadencia es tarea dura, más de lo previsto. Todos te criticarán porque lo grande ya lo hizo Ford y como él pocos habrán. Mientras, Pierre Cardin pide una remodelación a gritos. Su salto del experimentalismo en moda jugando con las formas geométricas a la histriónica diversificación de su marca que acoge desde colchones hasta billeteros es intolerable para muchos. Por otra parte, Decarnin (Balmain) tiene las horas contadas. El exceso le ha pasado factura, y del amor al odio hay menos de un paso. ¿Últimas palabras? Sarah, bienvenida a la línea alta del organigrama de McQueen. Estás en el punto de mira.

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