El pisacalles

Fui el otro día por una calle que, como un cartel indicaba (erecto allí por las obras en curso), estaba siendo humanizada. Pensé en el Golem de Wegener y en un Gargantúa al estilo japonés, agigantado, indestructible, de hormigón armado y piel cutre. Escalofrío. La ciudad como replicante del ciudadano: vacía, lisa, un purgatorio cartesiano; desierto de sal, derritiéndose amarilla. El que diga que París no es un personaje de Los cuatrocientos golpes de François Truffaut es un mentiroso. O un obtuso o un mentiroso. La sinfonía de la ciudad se nos muestra plena y dulce como un diálogo sordo. Ahí están los coches, que Antoine Doinel sabotea. Sabotea hasta el amanecer. Decía Walter Benjamin que el flâneur sabotea el tráfico. Y también decía que en la figura delflâneur puede decirse que retorna el ocioso escogido por  Sócrates en el mercado ateniense como interlocutor. Sólo que ahora no hay ya ningún Sócrates, nadie que le dirija la palabra. Sobre el flâneur puntualiza Marcos Abal, a propósito del París de Baudelaire (porque siempre es él), que ya no es el ocioso que pasea y observa, relajado, las costumbres y los tipos; ahora es el perseguidor del desconocido, en general, porque la ciudad es el refugio de los desconocidos. El crimen. La ciudad como espacio sin intimidad. Y luego vuelve a decir Benjamin: la multitud es el velo que al flâneur sirve para ocultarle la visión de la masa. Y luego nos cuenta SawaAlejandro, cómo iba fundido con la multitud, dejándose llevar involuntariamente, como un miserable cuerpo sin alma, hasta las alturas de Recoletos. Ellos nos dicen más de la ciudad que muchos mapas. Y luego replica Benjamin, que de esto sabe un rato, que hay multitud de nómadas en el seno de la sociedad parisina. Entonces uno piensa en Toyo Ito y su mujer nómada, pero uno piensa también en la arquitectura de límites difusos y una cita grabada en ella: la interfaz ha pasado a formar parte del cuerpo. Cuando trabajo con el ordenador tengo la sensación de meter los pies en el agua. Porque quizá los pasajes sean ahora líquidos. Delante del ordenador se nos presenta una serie de torrentes de estímulos erráticos, un poco al modo de Warburg, y nosotros, barca sin remos, vamos divisando entre las nubes bajas y la neblina. He llegado a la conclusión de que hasta para pasear sentados hacen falta manos de artista y calzado fino. Pero no es Venecia por donde vamos a la deriva, como boyas. No nos engañemos. De todos modos, siempre habrá Nemos sonámbulos en las calles moviéndose desencajados entre aceras a golpe de beat. Las construccionesmás características a lo largo del siglo diecinueve –las estaciones del ferrocarril, los pabellones de las exposiciones, así como los grandes almacenes […]– tienen como objeto, en su conjunto, diversas necesidades colectivas. Pero, justo por estas construcciones –«mal vistas, cotidianas», dice Giedion–, es por las que se siente especialmente atraído el flâneur. Y es que en ellas está ya prevista la nueva entrada de las grandes masas en el escenario de la historia. Sí, está llegando a ser repelente, el señorito Walter Benjamin. Llamémosles, qué se yo, centros comerciales, o aeropuertos. Y dice Jarmusch, por boca deAllie C. Parker, que es una especie de turista; un turista que está permanentemente de vacaciones. Yo he crecido, en buena parte, gracias al ocio, intercala Baudelaire en el damero de arriba. Pero Robert Walser nos habla no sólo de crecer, si no de ser estéril sin el cansancio del paseo, siéndole su gran método de trabajo, el ser ocioso. La más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizás un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas palabras (cree Walser que) hay que estudiar y contemplar con supremo cariño y atención. Cuesta poco imaginarse a alguno de estos hombres peinándose bajo la lluvia. Son aquéllos, los que saben que no sirve para nada, pues al mismo tiempo que se peinan son despeinados, como modernos Prometeos de tres segundos que, en vez de temer el agónico y cruel dolor inherente al castigo, son pequeños masoquistas risueños. Beatiful losers. Asteriones, que se preocupan por los patios interiores, vórtices caprichosos que van pariendo laberinto, como Cèline, y por los techos.

Lo sé, se me mezclan nombres, imágenes, paseantes y profesionales del paseo, y caminantes, y tiempos, y otras tantas y más cosas. Faltan muchos paseos por escribir; hasta le faltaron un par a Rousseau, en su libro de las ensoñaciones. Pero qué más me da, si se nos mezclan churras con merinas, ¿o no se nos mezclan continuamente churras y merinas a cada paso que vamos dando?

Decía Montherlant algo así como que el que recorre las calles de una ciudad solitario, usando el anonimato a modo de bufanda (y velo), es un diablo que hace diabluras. Baroja lo hizo en París, saltando de las vísceras industriales a la casquería extrarradial, la plastilina de la ciudad, mezclándose con apaches y filetes de madera y caucho. Se inventó un París: Baroja demiurgo.

Y ,al final, caminan y caminarán los paseantes, barojianos y no tanto, sin más destino que el de incrustarse en sí mismos al quebrar un chaflán, por ciudades humanizadas, por ciudades sin alma, o por las ciudades que se le antoje a cada uno, siguiendo mapas, sacados de recortes. O de libros de anatomía, por poner un ejemplo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *