Magic Trip: un viaje en ácido de costa a costa

Pranksters. Bromistas. Cruzando Norteamérica en un viejo autobús escolar pintado de colores, en el verano de 1964. De eso hace, veamos… hace cuarenta y siete años. Es el siglo pasado. ¡Es el milenio pasado! Mucho tiempo, ¿no es cierto? Pues pongámonos en situación: los Rolling Stones acaban de publicar su primer LP, Walt Disney triunfa con la película Mary Poppins – 5 Oscars – y en la ciudad de Nueva York, Kittie Genovese es violada y apuñalada mientras treinta y ocho de sus vecinos observan la escena desde sus ventanas… sin hacer nada. En algún lugar frío y oscuro, el virus VIH aguarda su momento y aún faltan unos cuantos años para que el asunto de Vietnam se ponga realmente feo. Los tanques soviéticos todavía no han entrado en las calles de Praga, y en cuanto a nosotros… bueno, nosotros flotamos en la suave inocencia de quienes todavía tardarán algún tiempo en nacer.

Sí, no cabe duda de que en Norteamérica las cosas están cambiando y muchos piensan que a mejor. Al fin y al cabo, ¡es la Era de Acuario!

Pero en el sesenta y cuatro, en California, el movimiento contracultural acaba de nacer y de la misma cuna de aquella revolución – Haight Ashbury, San Francisco – surge una figura carismática: Ken Kesey, el aclamado autor de Alguien voló sobre el nido del cuco. En torno a Kesey se reúne un grupo de seguidores que no tardan en autobautizarse como los Merry Pranksters, los Alegres Bromistas. Juntos se proponen ‘expandir su mente’ mediante las recién descubiertas drogas psicodélicas, tan nuevas que de momento ni siquiera son ilegales.

Buena parte del atractivo de Kesey radica en el hecho de que mientras que muchos de los que se hallan inmersos en la contracultura solo ‘juegan a ser rebeldes’, él lo es de verdad. Kesey rechaza la moral convencional y si para ello debe ponerse fuera de la ley, pues que así sea. Durante algún tiempo juega a la Pimpinela Escarlata con los federales y entra y sale de la cárcel repetidamente, aunque siempre por cargos menores.

En el verano del 64, el nuevo libro de Kesey, Sometimes a Great Notion, va a hacer su presentación en la Costa Este y los Alegres Bromistas deciden irse hasta allí en un viejo autobús escolar, que han acondicionado lo justo para el viaje. Sigue siendo tan incomodo que nadie puede dormir demasiado, pero ¿qué importa eso? Nadie piensa en dormir cuando están pasando cosas todo el tiempo. Además llevan, para entretenerse, una buena provisión de marihuana, speed, barbitúricos y una nevera llena de LSD mezclado con zumo de naranja que Kesey administra en su calidad de líder Bromista.

El viaje al Este resulta no tanto un recorrido iniciático, como una experiencia de psicoterapia de grupo en la que todos acaban sintonizando unos con otros y con el Universo. O esa es la sensación que ellos tienen. Por el camino lo graban y lo filman todo; Kesey planea hacer una película, aunque no tiene guión, ni nada que se le parezca. La idea es dejar que la cosa fluya de forma natural y recoger toda esa espontaneidad en el celuloide.

Cuando llegan a Nueva York se pasean por las calles asombrando a los viandantes con su autobús pintado de colores fosforescentes, sus ropas estrafalarias y la música rock que emiten a todo volumen. Allí, Kesey se encuentra con los líderes de la generación beatJack Kerouak y Allen Ginsberg y todo el grupo hace una visita a otra comunidad de exploradores del ácido, la que dirige Timothy Leary. Pero los Bromistas se llevan una decepción; los Learitas no son como ellos. Su rollo va de calma y tranquilidad, mientras que el grupo de los Bromistas hierve de actividad y desmadre.

Así que ponen rumbo de vuelta a la soleada California y por el camino aprovechan para hacer todas las locuras que se les ocurren, desde meterse con el autobús en medio de una comitiva fúnebre hasta tomarle el pelo a los policías de carretera que cometen el error de pararles.

De este viaje, del antes y del después, salió un libro, Ponche de ácido lisérgico, escrito por Tom Wolfe, que contribuyó a elevar a Kesey y a los Merry Pranksters a la categoría de mitos de una época. Pero también quedaron para la posteridad rollos y rollos y más rollos de película casera de 16 milímetros que se han pasado casi medio siglo acumulando polvo en un viejo granero de la familia Kesey, en Oregón.

Los directores Alex Gibney y Alison Elwood han revisado, editado y montado las casi cien horas de filmación y grabaciones sonoras hasta reducirlas a dos y, por fin, el pasado mes de Agosto han estrenado un documental, Magic Trip, que resume los momentos más señalados de este viaje alucinante.

A nosotros, ahora – a unas cuantas crisis del Apocalipsis – las piruetas despreocupadas de los Bromistas se nos aparecen como un poco… marcianas. Estamos conectados, solo que nuestra conexión es distinta. Vamos en otra onda y por eso no vemos las cosas de la misma manera y nos cuesta entenderlos. Después de todo, como solía decir Kesey, “estás en el autobús o estás fuera del autobús”. You´re on or you´re off. Así de simple.

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