NYC: Lobsters & Oysters

Porque no sólo de burguers y hot dogs vive el hombre

Para empezar, a mí Nueva York no me sorprende.

Quiero decir, tiene aspectos que me llaman la atención, pero sin llegar a la categoría de la boca abierta, los ojos de pulpo a la gallega y la expresión del que no ha visto nunca un castillo de fuegos artificiales, con el correspondiente y previsible “¡Miraaa!! ¡Jo, tía! Oooohhh!!!” …

No, ese no es mi caso. Igual soy un engreído arrogante con fobia social, igual es debido a la globalización, o tal vez es la suma de ambos factores: soy un engreído arrogante con fobia social globalizado. Ahí no podemos hacer nada, aún no se han descubierto las pastillas que hagan crecer la hormona del aborregamiento gregario.

Tras esta introducción –y si todavía, amable lector, continúas cómodo en estas líneas– tengo, afortunadamente, muy buenos recuerdos de mi última visita a la ciudad del Hudson, y es que, siguiendo la máxima de Epicuro, “quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día”. Y no es que me preocupe hacerme viejo  –contra eso no hay nada que hacer; por mucho que te operes, las arrugas no pueden esconderse y se acumulan en las blandas y mantecosas intimidades–; no, lo que me mueve en este momento es el deseo de compartir mesa y mantel con todos vosotros, una mesa lejana y un mantel virtual… así que vamos a la mesa.

Por ejemplo: en ningún sitio es más fácil comer bogavante que en Nueva York. Al vapor, a la plancha, a la cazuela, en rollitos, bocadillo, burguer, crudo…

Eso sí, para el norteamericano el bogavante es “lobster” (que en muchas guías se traduce como “langosta”). “Lobster” es el que tiene las pinzas grandes, rellenas de sabrosa, nívea y coralina carne. Si queréis langosta, sin pinzas, hay que pedir “spiny lobster”.

lobsters

Y aún hay más… Vas y dices “Venga, vamos a comer unos langostinos”, y resulta que le pides al maître “langoustines” porque lo has visto en la carta. Pues resulta que te traerán cigalas, y es que en USA, “cigala” se dice “langoustine”, mientras que nuestro langostino es conocido como “prawn”. Una simple gamba es “shrimp”…

Y tras esta pequeña clase de denominaciones marisqueras norteamericanas, os cuento brevemente algunas de las experiencias que tuvimos en el terreno “lobster”…

Nada más aterrizar y tras dejar los trastos en el hotel, nos atrajo el aspecto de la Trattoria Belvedere, en Lexington Avenue. Entramos (evidentemente no habíamos reservado, y el sitio estaba a parir panteras), pero allí la hostelería no es como la que estamos acostumbrados a conocer. Allí, el cliente es el que paga y no el que recibe un favor, generalmente hecho a desgana, por parte del personal de sala. Por tanto, nos colocaron en la barra y a los 5 minutos teníamos una mesita para dos de lo más coqueta.

Espectacular cena regada con un tinto de la Toscana… y empezamos ya con lobster: fuera de carta tenían unos “lobster ravioli” de Premio Nobel de Hedonismo. Exquisitos!

Que otro día vamos paseando por el SoHo y nos apetece marisquito… No problem. Frente a la MOMA Design Shop está Balthazar, un clásico restaurante neoyorquino especializado en marisco… Oysters(ostras) y bogavante a go-go. Impresionante la fuente de hielo de tres pisos con todo tipo de marisco de concha y crustáceos (buena ocasión para los que quieran practicar el léxico marisqueril norteamericano). Grandísima y completa carta de vinos y champagnes franceses. Un Pouilly-Fuissé entra muy bien con el bogavante al vapor y media docena de ostras (valga como recomendación).

– Pues esta noche me comería yo un sashimi y unos maki… -dijo Natalia.

Y allá que fuimos, al Umi Sushi, en Lexington Avenue. De verdad que no llevabamos intención de comer bogavante, pero he aquí que el plato del día, con el sugerente nombre de “I Love Lucy”, era un suculento bogavante, envuelto en papel de soja con sésamo crujiente… Así que, además del elaborado surtido de sashimi (cortado y preparado frente al comensal), y una degustación de maki, nos dejamos caer entre pecho y espalda el “I Love Lucy” este… con gran satisfacción de ambos. Una botellita de Merlot californiano hizo muy bien su papel, y rematamos con sake caliente a la manera tradicional nipona. “Kampai!”

Sarabeth’s es un lugar de encuentro de los neoyorquinos (tiene varios establecimientos en la ciudad), especialmente concurrido los fines de semana para el “brunch”. Y una vez más nos topamos de hoz y coz con el entrañable amigo “lobster”, hoy  en forma de “lobster roll” (sándwich de ensalada de bogavante con pan alargado)… A destacar también, en Sarabeth’s y en general en cualquier restaurante, bar, café, etc. de Estados Unidos, la “soup of the day” (sopa del día). Inmejorable, preparada con amor e ingredientes naturales, cuidada al máximo… El polo opuesto del “consomé” al que nos tienen acostumbrados por estos pagos ciertos restauradores poco amantes de su vocación.

¿Y qué decir de “The Lobster House” en Chelsea Spicy Market, en el remozado Meatpack District? Una superficie inmensa dedicada a los adoradores del marisco y pescado fresco. Las piezas de bogavante (enormes bogavantes de Maine) se venden, ya cocidas, al peso, y puedes degustarlas directamente allí, o salir a una de las zonas de estar del Chelsea Spicy Market, y complementar la comida con un buen vino de las dos o tres tiendas y bodegas especializadas que comparten este espacio rescatado a un antiguo mercado.

Pero bueno… ¿esto no iba de oysters (ostras) también?

Sí, queridos lectores, tenéis toda la razón… NYC es igualmente la ciudad de las ostras. Las tenéis por doquier, cual si fueran patatas bravas. En locales como “The Crab House” y otros podéis encontrar la hora feliz, con precios de 1 dólar por ostra, o lo que es lo mismo, 3,5 euros media docena de ostras.

La ciudad está salpicada de “Oyster Bars” y lugares para degustar estos y otros moluscos; espacios como “Caviar Russe” ofrecen un menú degustación de ostras, bogavante (síntesis de la ciudad), gambas (recordad que son “shrimp”), buey de mar y almejas + tu porción de auténtico caviar ruso por poco más de 100 dólares por persona.

Otro día os contaremos experiencias y visitas a más lugares de culto gastronómico neoyorquino, como el restaurante de Alain Ducasse, o el Blue Smoke y sus BBQ ribs de ensueño…

Tal vez, para finalizar, tengo que cambiar la primera frase de este artículo, y en lugar de “A mí Nueva York no me sorprende”, tengo que escribir “A mí Nueva York no me sorprende. Pero me da hambre. Y como muy bien”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *