John Waters, el hombre más sucio del mundo

Las películas prometen más de lo que cumplen. Por eso, acercarse por primera vez a Pink Flamingos, entendiéndola como ejercicio de mal gusto, es decepcionante: comer mierda de perro es, hablando de inmundicia, el recurso más obvio posible. Y el filme, realmente, parece una broma privada grabada con un móvil circa 1972. Nada es lo que parece, pues, en la obra de John Waters, icono de la contracultura americana, director de culto, creador que convirtió la belleza en suciedad y viceversa. De Pink Flamingos, de toda su filmografía, hay que quedarse con la ironía: la crítica al modelo de familia convencional, la confusión sexual, una travesti gordísima chupando los cubiertos en la casa de sus enemigos. Cuestionarse todo. Y si esperaban que la mano no fuera distinta de lo que crea, nuevo error. Waters, al otro lado del teléfono, suena amable, simpático, juguetón. “¿Cómo eres?”, pregunta, “¿qué llevas puesto?”. Bromas entre un catálogo de referencias kitsch.

-Estás en Madrid para dar una masterclass (en el marco del Festival Rizoma) y presentar en España tu monólogo, This Filthy World. ¿Forma usted parte de él?

-Bueno, supongo que siempre me he sentido atraído por lo cutre. Pero con una sonrisa; ahora ya con una sonrisa. Cuando eres joven parece buena idea estar enfadado siempre, ser contestatario. Es mejor decir que todo es asqueroso… asquerosamente gracioso (ríe).

Durante su intervención, Waters animó a los estudiantes a su modo: “Todos somos personas inseguras, los artistas también lo son. Pero es mucho más aburrido ser convencional”. Y tanto: En Female Trouble(1974), Divine se multiplica en dos personajes, masculino y femenino, y uno acaba violando a otro, en el mismo plano; en Serial Mom (1994), Kathleen Turner es una mamá asesina. ¿Alguna barbaridad nueva en la cartera? “Tengo un proyecto, Fruitcake, que está en busca de una productora”. De momento, su último trabajo es A dirty shame (2004), con adictos al sexo, tetas gigantes y un tono ligeramente menos transgresor que en sus inicios.

“Me han dicho de todo. Prefiero esperar, dejar que el tiempo diga si mi trabajo es bueno o malo”, justifica. Pero su influencia es evidente: Pedro Almodóvar, por ejemplo, ha reconocido en varias ocasiones que es uno de sus directores de referencia. Waters tiene varios nombres fetiche, como Lana Turner, Richard Prince o Larry Clark. Gusta, de hecho, de “redirigir” películas, troceándolas y dándoles nueva vida a través de imágenes que saca de los fotogramas originales. Otra vertiente artística más que sumar al listado.

“Normalmente, todas las películas tienen por lo menos un segundo que puede llegar a ser memorable”, escribió en John Waters Director’s Cut (1997). En una de esas ‘nuevas’ películas regrabó el asesinato de JFK… pero con Divine haciendo de Jackie (Zapruder, 1995). Le resultaba más agradable así. Waters, incluso, apareció en un capítulo de los Simpsons, donde se interpretó a sí mismo como un cotilla dueño de una tienda de souvenirs horteras. El capítulo, cerrando el círculo, tiene mucho de su cine: juega con las dificultades que todavía sufren los homosexuales y les da la vuelta, cambiando los papeles, riéndose del supuesto decálogo de la masculinidad. ¿La serie es una continuación natural de tu trabajo, quizás? “No lo sé. Pero a mí me divierte mucho”. Al final, de eso va la cosa. La afectación es cosa de otros.

Recomendamos: Anagrama acaba de reeditar Majareta, libro de Waters traducido al español donde repasa algunas de sus obsesiones. Su filmografía, fácilmente accesible, está por aquí.

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