Marilyn: de la ambición a la miseria

Las mujeres que huelen a alcohol por las noches. Así suave. Sabes el olor del que hablo: ese que sube desde el suelo de los bares cuando cierran. Pero más elegante, a veces. Mezclado con Fracas de Robert Piguet si hay suerte. Todo junto. El olor de la miseria, vaya: el de la cercanía, el desnudo emocional, la entrega. El contacto a dos centímetros.

Es el olor de las noches podridas de encaje, de los tirantes de licra bajo la cama, de las intenciones tan largas como su espalda transparente. Momentos en los que ella sale del baño con el pelo a medio hacer, en los que deja entrever ese pliegue de su barriga cuando se monta encima. Confidencias tumbados de lado con tu dedo trazando el dibujo imaginario que uniría sus pecas. Las varices, al aire.

Confesar que las camisetas de Rick Owens no te sirven porque prefieres el Stillton al gimnasio, que dejaste escrito nombres de mujer entre las hojas de tus libros viejos… y ninguna de ellas llegó a saberlo nunca. Que ahora amas un 25% menos. Que no quisieras quererla. Y entre mantas y sofá descubrirte cantando una de Mecano; “el cuerpo de esa chica que empezó a temblar”.

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La historia de Marilyn y sus últimas fotos, el one hit wonder de Bert Stern, ya te la sabes. Las citas en el hotel Bel-Air; su cena de albóndigas con guacamole; las pocas imágenes que se atrevió a publicar Vogue; 2.571 disparos de Hasselblad abrasados con fogonazos de magnesio. Nada que comentar, sólo ver: las fotografías pueden disfrutarse en España hasta el próximo marzo en el hotel Valbusenda, en Toro. Fueron las últimas. Y aunque ya hay hasta un remake con Lindsay Lohan (glups), merece la pena conocer la miseria de primera mano. El maquillaje a grumos, el vello que nace justo debajo de su oreja, el orgullo de la cicatriz enorme.

“En mi impulso de aparecer desnuda y en mis sueños sobre ello, no había ni vergüenza, ni remordimientos, tal vez odiaba la cicatriz de la operación, pero pensar que la gente va a mirarme me hace sentirme menos sola”

Stern se subió a una mesa y luego a una silla y disparó a la Monroe mientras ella retozaba en la cama. No quería ropa. La ropa le daba ya igual. Ni siquiera pidió ver las fotos y dar su beneplácito. Pedía Dom Pérignon. La misma sensación que ese olor a alcohol por las noches: cuando todo da lo mismo, cuando no queda venganza alguna por cumplir. Cotidianidad. Un cuerpo a trozos mostrado en el anochecer en el que nada importa. La verdad para crudófilos, sin matices. Los matices son sólo para las cosas de verdad. Para el amor y eso.

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