Stieglitz y O’Keeffe, amor entre haluros de plata

Es difícil hablar de amor sin parecer un auténtico gilipollas

No obstante, vamos con ello.
Amor, dicen los neurólogos, es eso que se cuece en nuestro cerebro cuando bailan varias sustancias juguetonas: la serotonina, la oxitocina y especialmente la feniletilamina, que actúa sobre el sistema límbico y provoca las sensaciones comunes en el enamoramiento -apego, cariño- y la dopamina culpable del placer -meter, sacar, ya saben-. La dopamina, por cierto, es una hormona que también producimos cuando ingerimos chocolate o queso. Chúpate esa, Osho.

Amor, dicen, es el cuento que nos tragamos después de los Reyes Magos y antes del relicario -cuando, supongo, cualquier cuento nos sirva-, el juego de marionetas con el que disfrazamos el sinsentido de los días grises y las cajas vacías. El traje nuevo del emperador que planchamos cada noche de luna llena y medias verdades. Esas que no queremos ver.

Y sin embargo

Y sin embargo que difícil es no sentir calambre donde dicen que sólo hay notas. Qué dificil, creer que los días en la cabaña de Robert Kincaid y Francesca son sólo pedazos de plástico en 35mm, fotogramas enlatados en algún lugar tras la sala. Difícil imaginar que, en realidad, en la copa sólo hay polifenoles y uvas fermentadas en barricas de roble.
Putas en la óperarepiclanteschelos olvidados, píldoras azulespríncipesprincesasfe y mentiras. Son tantos los momentos, que cuesta ver los hilos del titiritero…

Una de esas historias es la de Alfred Stieglitz y Georgia O’Keeffe. Fotógrafo. Artista. Amantes.
Stieglitz es, probablemente, lo más parecido a Picasso que ha tenido la fotografía, creador de la ’291 gallery’, desde donde introdujo a los contemporáneos europeos -Rodin, Cezanne o Matisse- en el asfalto neoyorkino. En la ’291′ conoció a O’Keeffe -pintora cercana a la abstracción- dejó a su mujer y se casaron en el año 1924 de nuestro señor.

 

Desde ese momento,  Stieglitz abandonó los barcos y la naturaleza -temas habituales en su obra- para fotografiar sólo a Georgia. Sus manos. Sus pies. Su cuerpo. Sus ojos. Sus muñecas, el perfil de su cuello, las sombras en su nuca. Decenas. Cientos. Miles de instantáneas a lo largo de los años, hasta la enfermedad y el fin.

Cuesta, ¿verdad?

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