Peggy, la amante del arte

Peggy fue lista: llegó a Venecia, vio que era un buen lugar para echar el ancla, y se quedó.

Peggy ‘era’ lista. Nadie en sus memorias se retrata como inepto, pero en el trasfondo de Confesiones de una adicta al arte queda claro su intuición para estar donde y cuando había que estar. Y su suerte, la que se labra uno mismo.

No es difícil quedar fascinado por la figura de la ‘última dogaresa’ cuando se visita el palazzo Venier dei Leoni, su residencia veneciana convertida en sede de la Peggy Guggenheim collection. Allí, la huella de perros, amantes, maridos, hijos y la élite cultural del siglo XX se ve y se presiente.

Peggy se prendó del arte moderno gracias a las enseñanzas de sus amigos Marcel Duchamp, Ernest Max, Samuel Beckett... Y logró una excelente colección, que tras ser expuesta en la Bienal de Venecia de1946, se asentó en 1949 en el palacete a orillas del Gran Canal del que por expreso deseo de su dueña y señora, no puede ser sacada.

No indicó nada sobre lo contrario, sobre que obras ajenas a su colección se muestren en sus dependencias, y en el calendario de la programación del museo se cuentan actualmente tres exposiciones temporales. Entre ellas, la que conmemora el centenario de la publicación del manifiesto futurista, Master pieces of futurism at the Peggy Guggenheim collection. Una efeméride de la que se ha hecho eco toda la Italia cultural dada la nacionalidad de los firmantes y de los representantes del movimiento.

Desde la terraza trasera del palazzoesa en la que en tantas ocasiones Peggy fue fotografiada tomando el sol con o sin sus perros, con sus estrambóticas gafas o en bañador, las vistas no tienen desperdicio: la Venecia más palaciega, la más turística, la más cercana a la plaza de San Marcos. Entre ellos, el palacete donde se ubica el hotel Westin Regina, que desde sus fogones se ha sumado a la mencionada  celebración con la creación de un menú futurista, a base se productos locales –crustáceos y moluscos de la Laguna, risotto…– rematado con una reproducción en tarta de la obraDinamismo di un ciclista de Umberto Boccioni cuyo original forma parte de la exposición.

Giuseppe de Martino, director del hotel, y Elisa Puleo, nos hacen partícipes de este maridaje. Y la noche antes de cruzar el Gran Canal, cenamos en la terraza del Westin, con vistas a santa Maríadella Salute.

Peggy y las vanguardias

A la sobrina de Solomon Guggenheim, de quien se alejaba en cuestión de gustos artísticos, no le pasó desapercibida la obra de las vanguardias. Al contrario, le interesaron tanto algunas piezas, que en sus memorias enumera como una de las siete tragedias de su vida de coleccionista el hecho de tener que deshacerse de un DelaunayDisks (1912), que le compró al propio pintor, y que terminó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Sí permaneció en la colección, del mismo autor y del mismo año Ventanas abiertas simultáneamente, 1ª parte, 3er motivo, una de las 24 obras pictóricas, junto a las cuatro esculturas y cinco dibujos que conforman la muestra.

Pollock

Intenso, colorista… para que negarlo: tanta abstracción a la hora del aperitivo puede llegar a saturar.Y decidimos dar a la visita un nuevo planteamiento, que resultó mucho más atractivo, consistente en recorrer la casa de Peggy y detenernos sólo en los cuadros que nos interesaran. De este modo nos sentimos visitantes de excepción, voyeaurs de los secretos de esta mecenas del arte del siglo XX, de lo acontecido en esas estancias: Visitas inesperadas a las que era incapaz de dar con la puerta en las narices; artistas del pincel, de la palabra, de la imagen… se alojaron en ellas y dejaron su impronta.

Como el cuadro de Pollock que, apoyados en el sofá de la sala de estar, nos detuvimos a contemplar largo rato tratando de interpretar alguno de los trazos, indescriptibles.

Dicen que la chispa para que Peggy centrara su interés en el atormentado pintor de la escuela abstracta de Nueva York la encendió Mondrian. Sea como fuere, lo cierto es que sin su confianza y apoyo, Pollock probablemente no hubiera pasado a la historia de la pintura contemporánea: ella expuso sus obras en Art of this century –la galería que abrió en Nueva York cuando regresó a su ciudad natal al estallar la Guerra en Europa–, promocionó sus cuadros allá donde fue, y le pasó una manutención mensual a Pollock durante años. No fue su amante, no se equivoquen. Al menos, ninguno de los dos lo reconoció –y Peggy no tuvo problemas en reconocer sus amoríos. Pero fue su máximo apoyo profesional junto a la señora de Pollock, Lee Krasner.

Y es que, como señala Pierre Cabanne en el libro The great collectors, Peggy permanece en la herencia, si puede llamarse así, que han dejado en sus paredes sus sucesivos amores; porque los hombres que amó no fueron corrientes, y las pinturas, esculturas y otros tesoros que hay en los corredores y en las salas de su palacio reclaman, desde su propio lugar en la historia de la vida de Peggy, momentos de felicidad, deseo, curiosidad o expectación.”

Lo dicho, que Marguerite Guggenheim, Peggy, supo extraer lo mejor a la vida. Y en el núcleo de la suya situó el arte de su tiempo y a los artistas.

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