Va sobre gin-tonic

¿Por qué bebemos gin-tonic?

Porque creo que a veces lo olvidamos. A ver, todos con su Moleskine y su lápiz ¿por qué bebemos gin-tonics?

Hablemos del origen. Me refiero, claro, al origen de lo que hoy conocemos por gin-tonic, no a la verdadera historia que ya todos sabemos, la cantinela con la que nos abrasan las notas de prensa: la India, el paludismo y las gotitas de gin en la soda del joyero. Malditos ingleses.

¿Por qué bebemos gin-tonic?
Bebemos porque nos divierte, nos suda la polla la propiedades de la quinina de las narices. Bebemos porque todo es un coñazo, porque nos acerca a nuestros amigos -están tan lejos a veces- y nos encabrona aún más con un hoy que no reconocemos. Ese hoy en el que no sabemos por qué votamos, ni por qué luchamos ni para qué nos llama. No sabemos por qué peleamos. Nosotros, que sólo servíamos tomar castillos y rescatar dondellas. Así que sólo nos queda lo que ven, pedir otra copa. Otro gin-tonic.

¿Hacia dónde deambula el mundo del gin?

Durante estos últimos años se ha discutido mucho de ginebras, tónicas, “GT” y miles de aditivos añadidos en forma de pepino, enebro, manzana, regaliz, canela, frambuesas y tantas otras afrentas. El tema del gin-tonic había llegado a un punto absurdo y excesivamente complicado. Unas añadiduras externas que en ocasiones han dado como resultado una bebida alterada, sin ningún origen ni rastro del fin con el cual estaba en realidad destinado: la ligera seducción, la acelerada reflexión y esa sugerencia digestiva y tonificante. Un cocktail que lleva vistos cuatro siglos distintos y que desde entonces no había sido necesaria modificar su receta original: Ginebra, tónica, hielo y limón. Sobre esto, existe un abismo de mejora, no busquemos carreteras perdidas, no indaguemos tratando de encontrar un innecesario Detour. Cítricos más frescos y nativos, nuevas ginebras, novedades y mejoras con respecto a las tónicas existentes en el mercado, perfeccionamiento de los hielos o de las copas donde lo vamos a disfrutar. Y poco más. O mucho más, depende por donde se mire.

Hace pocas semanas, me contaba mi amigo y famigliar Ángel Gil que el tema del gin-tonic necesitaba un punto de inflexión. Esta es su teoría: “Todo pasa por una evolución similar a los movimientos artísticos. Una fase inicial más extensa de clasicismo, desde la creación de la receta original y con escasas modificaciones. Cuando la cosa comienza a popularizarse surgen los manieristas, que manteniendo la esencia primitiva, introducen elementos que la enriquecen. Siempre la etapa más interesante. Sin embargo la cosa se desmadra y se entra de lleno en el barroco, se recarga la esencia, y se deriva indefectiblemente en el posmodernismo -confusión de lenguas-, el terreno abonado para el esnobismo, que lacera cual látigo desde la que se considera élite hasta la clase media ávida de encontrar puntos de conexión con este esnobismo elitista”.

De acuerdo: pleno. Detalles que llevaban tiempo en mi juicio y que ahora atendía con pausa y paciencia. La historia nos lo ha brindado a lo largo de tantos años: regalado, imaginado. Ahora busquemos de nuevo a Da Vinci en el Renacimiento.

Nos decía Nietzsche que “la sencillez y la naturalidad son el supremo y último fin de la cultura”. Sentencia y reflexión. Ahondando en nuestra idea, Oscar Wilde también contaba con una erudita opinión acerca de esta indagada espontaneidad: “los placeres simples son el último refugio de los hombres complicados”. Mi mente pasea con Humphrey Bogart (“General, vigile a su hija: ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo aún estaba de pie”). Hay nieblas. Y sombras.

Se ha exagerado, enredado desde un punto físico, mental e incluso metafísico. Este cocktail ha sido siempre tónico de victoria, un refrescante encuentro de burbujas y placer, un aperitivo que despertaba la alegría en mente y deglución. Parece claro que las cosas merecen volver a su lugar. Yo no soy barman ni cocktelero, sencillamente cuando estoy en casa y me apetece beberme un gin-tonic, trato de que éste sea lo más fresco posible y cumpla la función para la cual fue inventado y desarrollado como tal: un aperitivo idóneo para abrir apetitos inclusive ocultos, o un digestivo capaz de ordenar el organismo para batallas posteriores. Y rápido.

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Escrito por Jesús Terrés, editor de ArterEgo (la introducción) y Fernando Angulo, alma de la Famiglia, distribuidor de vinos, maestro y amigo (¿Hacia dónde deambula el mundo del gin?).

7 Comentarios to “Va sobre gin-tonic”

  1. Javier Aznar dice:

    Brillante. Alguien tenía que poner los conceptos, las ideas y la cáscara de limón en su sitio.

    Y magistral la teoría de los movimientos artísticos aplicada al gin&tonic. Ilustrativa y elegante.

    No perdamos la esencia del gin&tonic, ese maravilloso artilugio que, como decía Churchill, “ha salvado más vidas y mentes de gente inglesa que todos los doctores del Imperio”

  2. ArterEgo dice:

    En la imagen, un gin-tonic perfecto con La Concha de fondo.

  3. [...] crudófilo es pedir la carne -casi- cruda, el pescado poco hecho y el gin-tonic sin rodaja de limón. Sólo corteza. Ser crudófilo es preferir la chicha a la salsa, la verdad a [...]

  4. Martin dice:

    que me decis de las dosis? recomendais las mismas que aqui?
    http://www.gintonicmadrid.com/2011/06/8-maneras-de-destrozar-un-buen-gintonic/

  5. [...] en una ciudad repugnante como Barcelona, donde campan impunes trileros y gurulillos de barrio y el gin-tonic hace [...]

  6. Excelente artículo. Estoy de acuerdo que la moda de los gin tonics ya va demasiado lejos hasta un punto dónde ni la ginebra sabe a ginebra, ni la tónica a tónica y encima se le mete a todo tipo de ‘toppings’ adicionales. Qué pasó con el clásico gin tonic con Schweppes?
    Por cierto, yo también guardo las botellas de ginebras en el congelador, evita que los hielos se derritan tan pronto y el gin tonic es mucho más refrescante.
    Un saludo,
    James

  7. pili dice:

    Que quieres que te diga yo prefiero un entrecot a la pimienta que un bistec a la plancha.

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