Boxeo, el ¿deporte? del miedo

Dos hombres pegándose son sólo eso, dos hombres pegándose. El boxeo no es un deporte. No podría serlo. Pero si lo fuera, vaya, sería el más perfecto de todos: Uno contra uno, con tus puños y tu mente como único elemento. Igualdad. Honor. Competición, espectáculo y elemento cultural tan antiguo como el hombre y sus pulsiones. No hay viento en contra, ni máquinas más caras que otras, ni estrategias extrañas.

Si no hubiera tenido que comer, jamás habría subido a un ring a pegarme”.

Cita a modo de legado familiar (no busquen la reseña en ningún sitio, viene de casa) que define el porqué de las narices rotas. El boxeo es necesidad, jóvenes en la calle. Y puestos a buscar escenarios cinematográficos, también lumpen, chicas en bikini, Sinatra en primera fila y mucho Dry Martini. Luz de excesos sobre el ring, sombras sobre la (imposible) naturaleza humana.

Pero es, sobre todo, la práctica del miedo. El que pierde el púgil a lo largo de su vida cuando ha de enfrentarse a problemas; nadie que se pega tiene miedo a pegarse otra vez. El que tiene la sociedad (y qué cojones será eso de la sociedad) al detestar lo que no comprende, lo pretendidamente correcto, la plástica que no alcanzan a entender. Y, sobre todo, el que tienen todos los que suben a un cuadrilátero cuando exponen su combaten, su título… y su orgullo.

Aquí no hay hombres que cuelgan las pelotas en el perchero antes de salir de casa, junto a la puerta, con el sombrero y el paraguas. Aquí nadie quiere perder, ni caer antes que su rival, ni tirar la toalla. Dato confirmado: Durante años, en el contestador automático de Frazier, el mensaje que podía escucharse era un escueto (y orgullosísimo, chulesco) “yo fui el hombre que lo hizo”. Porque realmente lo hizo.

Guantes del color del albero

En España, el boxeo es una madrugada sin dormir esperando ver caer a Poli Díaz. O, como mucho, Castillejo participando en un reality. Poco más. Relegado a un segundo plano, ni funciona como deporte al uso ni la gente ve en su violencia el confeti del fútbol americano o el maquillaje del wrestling.

“A nadie le interesa ya el boxeo”, dice Eduardo Arroyo, pintor, escritor, aficionado loco. Por suerte. Escribió las biografías de Panamá Al Brown y Bantam; retrató casi hasta la obsesión los rostros deformados de Arthur Cravan (sobrino de Oscar Wilde, por cierto) y Jack Johnson. Arroyo, en solitario, saliendo en defensa del arte solitario.

Estos días recoge sus pinturas, los textos y una nutrida colección de piezas asociadas al mundo de la lucha. Con referencias de escándalo, para sorpresa de detractores y sesudos: Páginas manuscritas donde Cocteau loa a Panamá, retratos fotográficos de Ernest Hemingway con Kid Turnero, un libro de Gómez de la Serna sobre Antonio Ruiz.

Arte cruel y elemento de la cultura popular moderna, el boxeo no es trivial ni chusco ni simple. Sirva un ejemplo y recomendación final: La mejor crónica (deportiva, periodística, de todo tipo) que servidor ha leídojamás cuenta cómo José Legrá se alzó con el título. Firmada por Manolo Alcántara, consigue lo que todos (sin miedo, con el ego ligero) los que escriben intentan alguna vez. Convertirse, casi, en literatura.

La literatura del miedo. Del gancho en la mandíbula. De la única competición real. Estética como pocas cosas en la vida; honesta como jamás creerías.

Un directo de izquierda y un crochet corto y exacto con la derecha son suficientes”

Apuntes y recomendaciones

La exposición Eduardo Arroyo, boxeo y literatura, puede verse en em MuVIM de Valencia hasta el próximo 14 de febrero.

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